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Opinión
FAMILIA

El ron que mató a Laura

Sonsoles Echavarren

Sonsoles Echavarren.

Actualizada 30/06/2017 a las 10:24

Laura tenía 12 años y murió en un carro de supermercado. Era el viernes 28 de octubre del año pasado y la niña, porque eso era, una niña, salió con sus amigos del instituto a hacer 'botellón. Pusieron 5 euros por cabeza, probablemente de su paga semanal, compraron botellas de ron y vodka en un 'chino' y se sentaron a beber 'a morro' en un descampado. La 'fiesta', entre matorrales y escombros, empezó a las seis de la tarde. Al rato, Laura se enfadó con un amigo y empezó a beber sin control, trago a trago, una botella entera de ron y algo de vodka. A las diez y media se desplomó entre los arbustos. Tras las burlas iniciales de sus compañeros, con insultos de 'borracha, borracha', por fin se dieron cuenta de que la niña no respondía. Y como no podían cargar con ella en brazos, pues era muy alta y corpulenta, la montaron en un carro de un supermercado próximo y la empujaron hasta el centro de salud, al que entró en parada cardiorespiratoria. Desde allí, muy grave, la trasladaron en ambulancia al hospital, donde pasó cuatro días en coma y finalmente murió. La había matado un 'atracón de alcohol' (beber mucho en pocas horas). Fin de la historia. Seguramente todos conoceréis el relato de los hechos. Sucedió en San Martín de la Vega, un municipio de 19.000 habitantes a 35 kilómetros al sur de Madrid. Pero podía haber pasado en cualquier lugar, en cualquiera de nuestras familias. Y Laura podía haber sido nuestra hija. Todavía sobrecogida por la información, quise indagar qué ocurría en Navarra. Y los datos del servicio de urgencias pediátricas del hospital Virgen del Camino confirmaron mis peores sospechas: los menores de 15 años atendidos por intoxicaciones etílicas se habían casi triplicado desde 2001. Así titulé una información publicada en este periódico el 19 de noviembre, por la que el viernes pasado me dieron un premio de la Academia de las Ciencias y la Artes de Televisión, el galardón Concha García Campoy en la modalidad de prensa escrita. Y no puedo estar más agradecida. No solo por el premio, que claro está, ilusiona y mucho; sino por haber reconocido este tema que se está convirtiendo en una lacra, que asusta y debemos prevenir desde que nuestros hijos aún son pequeños.

 

La idea, como otras muchas, se fraguó en el patio del colegio. Mi amiga Miriam, con la que comparto las tardes entre bocadillos de chorizo y batidos de fresa de 'La patrulla canina', me puso sobre la pista. Madre de tres hijos, dos de ellos adolescentes, y en 'su otra vida' pediatra de urgencias, dio fe de que cada vez son más los menores que llegan borrachos, solos y en ambulancia los fines de semana a las puertas del hospital. Así que al día siguiente, ya como periodista y médico, quedamos en el hospital y Miriam Palacios López me ofreció una exhaustiva información que había elaborado para un congreso. Que entre 2001 y 2006 eran 56 los adolescentes atendidos por intoxicaciones etílicas; y que entre 2012 y 2016 la cifra había ascendido a 126. Que el 52% de los intoxicados son chicas. Que la mayoría tienen 13 y 14 años pero que también hay algunos preadolescentes de 11, 12 y 13. Que, sobre todo, beben vodka, whisky, ron y pacharán. Cada vez me iba asustando más con los datos que me ofrecía. “El alcohol les deja muy desprotegidos. A veces, no sabemos si pueden tener algo más: una hemorragia cerebral por un golpe en la cabeza al haberse caído o una intoxicación por el consumo de drogas (cannabis...)”, apuntaba la pediatra. Y recordaba que los daños que provoca el alcohol en el cerebro de un adolescente (el órgano no termina de desarrollarse hasta los 20-22 años) son irreversibles. “Hay un peor desarrollo intelectual, porque se dañan las neuronas, y mayor riesgo de depresión”.

 

Quise completar la información con una visión más global y me puse en contacto con el que era entonces presidente de la Asociación Navarra de Pediatría, Raimon Pelach Paniker, recientemente jubilado. Pediatra del centro de salud de Barañáin desde hace décadas, me explicó que médicos y enfermeras abordan cuestiones sobre alcohol, drogas y sexo en la consulta durante la revisión de los 14 años. “Son preguntas que los adolescentes no se esperan. Les decimos a los padres que salgan para que los chavales nos hablen. Aunque muchas veces, nos mienten.... Hay que saber preguntar con mano izquierda”, insistía. Y hablaba sobre la importancia de una buena educación psicosocial. “Hay que recuperar la jerarquía y los padres deben ser un referente para sus hijos. Necesitan seguridad y para eso, los padres deben decirles lo que tienen que hacer”.

 

En esta misma línea contestó a mis preguntas la pedagoga especializada en educación emocional Leticia Garcés Larrea, del colectivo 'Padres formados'. “Si el agua no me hace daño, ¿por qué el alcohol me va a llevar al hospital? Es la pregunta que se hacen muchos adolescentes porque sus padres nunca les han hablado de los riesgos que conlleva para la salud el abuso de bebidas alcohólicas y porque, en su casa, ven que se bebe cerveza y vino con frecuencia”. La experta apuntó que lo principal es capacitar a nuestros hijos para que sepan “resistir” la “presión grupal”, ya que muchos adolescentes beben “para no ser excluidos del grupo”. Así, insistió en la que importancia de que los padres hablen con sus hijos sobre el consumo de alcohol antes de que cumplan los 12 años, que lleguen a la adolescencia con una “autoestima equilibrada” para saber decir no. Y rechazó los castigos que imponen algunos padres, lo que, a su juicio, dificulta que los amigos de un adolescente que ha bebido reaccionen. “La sanción se convierte en un muro difícil de derribar en un momento en el que, si no se actúa a tiempo, podemos perder una vida”.

 

Así que, vaya desde aquí mi agradecimiento a estos tres expertos; Miriam Palacios López, Raimon Pelach Pankiker y Leticia Garcés Larrea. Gracias por compartir conmigo y con los lectores vuestro conocimiento y tiempo. Y gracias porque, quizá, esas páginas hicieron reflexionar a muchos padres e, incluso, alguno entabló una conversación con sus hijos. Con que fuera uno ya es suficiente. Los periodistas sin las fuentes no somos nadie. Y solo gracias a ellos, a vosotros, podemos contar historias y compartirlas con los lectores, a quienes nos debemos. El premio me ha hecho recordar, justo ocho meses después de su muerte, a la pequeña Laura. Esa niña que se estaba asomando a la vida, y a la que 5 euros, una maldita botella de ron y una forma distorsionada de entender la diversión la llevaron a la muerte. Como contaba el sacerdote salesiano Josan Montull, autor de un texto que se convirtió en viral en noviembre, Laura murió de un coma etílico pero víctima, como otros muchos adolescentes, de un 'coma ético'. “Entre unos y otros hemos desprovisto a nuestros chavales de un armazón ético. Los padres no hacen de padres sino de amigos, los profesores se ven obligados a hacer de padres y los policías tienen que hacer de profesores. Se va fabricando una generación desprovista de referentes”. Y de, añado yo, niños que mueren en un descampado o en un carro de supermercado.


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