Diario de Navarra | Facebook Se abrirá en otra página Diario de Navarra | Twitter Se abrirá en otra página Hemeroteca Edición impresa
Mi Club DN ¿Qué es? Suscríbete

La Hemeroteca
Opinión
FAMILIA

El trabajo invisible

Sonsoles Echavarren.

Sonsoles Echavarren.

Actualizada 16/06/2017 a las 12:49

Mientras subo en el ascensor ya oigo los gritos que vienen desde mi casa. Y cuando meto la llave en la cerradura, empiezo a tener un sudor frío por la espalda. Son las cuatro y media de la tarde. Hace un cuarto de hora que he salido de trabajar y llego cargada con el bolso, cuadernos, libros, papeles, el maletín de la comida y alguna bolsa del supermercado. “¡Hola a todos! ¡Ya estoy aquí!”, grito desde el descansillo. Pero nadie viene a recibirme con los brazos abiertos. Al revés, me encuentro al pequeño, de 3 años, que llora desconsolado porque alguno de sus hermanos no quiere jugar con él “al perrito”. Al mayor, de 10, que “echa una partida” al fútbol en la tablet despatarrado en el sofá mientras le recuerda a su hermano que ahora ha cogido él el aparato y no se lo va a dejar. Y al mediano, de 8, muy disgustado porque no le dejan ver Doraemoon en la tele y su máquina de silicona caliente se ha debido de estropear y no puede hacer sus experimentos caseros. “Mami, vamos al parque a por un helado?”, espeta el pequeño. “¿Hoy con quién quedamos?”, continúa el mayor. “Llama a la madre de algún amigo mío”, insiste el mediano. ¡Me encantan las tardes de junio sin clase! ¡Cuánto vamos a disfrutar todos juntos!, pienso mientras despido a mi marido que se va entonces a trabajar. ¡Qué suerte!, sigo pensando mientras meto los yogures que he comprado en el frigorífico y mi hijo pequeño no se suelta de mi pierna. Entonces repaso mi organización de 'whatsapp' del día: uno va con la madre de un amigo a la exhibición de natación; otro solo al ensayo de violín y el pequeño conmigo a hacer unos recados. Me acabo de fijar en que se ha acabado la pasta de dientes y recuerdo que tengo que comprar unas sandalias de río para el campamento de mi hijo mayor y una botas “tipo campero” (¡lo más apropiado en esta época del año!) para el festival de fin de curso del pequeño. ¡Socorro! En el calendario de la cocina ya tengo que apuntar los eventos con letra pequeña porque está repleto y mi cabeza parece el buzón casi lleno de un correo electrónico: no caben más mensajes. Y entonces pienso en un artículo que leí el otro día sobre el agotamiento por la carga mental de las mujeres. Y grito para mis adentros mientras preparo dos bocadillos de chorizo y uno de jamón (siempre hay alguno raro): ¡viva el trabajo invisible! El que nadie ve pero que es necesario para que la casa y la familia sigan adelante. Si no, probemos a declararnos en huelga una semana. ¡A ver qué pasaría!

 

Pensamientos estresantes. Muy estresantes. Esos son los que tenemos a diario las madres. “Algún día me voy a olvidar de algo importante. ¿Ya tendrán todos puestas las vacunas?”, me preguntaba mi amiga Maite, madre de cuatro hijos y profesora de francés en un instituto en sus ratos libres, mientras revisaba la cartilla sanitaria. “¡Madre mía! ¡Ya decía yo que algún día se me pasaría algo por alto! Me acaban de llamar del dentista para preguntarme porque no habíamos ido con la niña”, se lamentaba una compañera de trabajo. Y digo yo, ¿por qué no llamaron al padre? ¿O por qué el marido de la otra no tenía la misma preocupación con las vacunas? Pues porque confían en nosotras. Demasiado. Y no se trata de un reparto equitativo de tareas. “Hay que cambiar el verbo 'repartir' (a cada uno lo suyo) por 'compartir' (entre todos)”, me recordaba el profesor de Filosofía Carlos González, autor de 'Educar entre dos', escrito 'al alimón' con su mujer, la pedagoga Pilar Guembe.

 

Aunque deleguemos en los hombres también nos estresamos. Porque, ¡claro que ellos también hacen! ¡Lógico! Por supuesto que van a la compra, llevan a los niños al colegio o tienden la ropa en la cuerda. Pero, ¿por qué? Porque se lo decimos nosotras. “Fíjete que hace rato que ha acabado la lavadora”, me oigo a mí misma decir todas las noches desde el sofá, cuando por fin me siento. “Sí, sí, ya voy. Un momento”, escucho. Si no, muchos esperan sentados, a ver si hay suerte y no les damos ninguna orden. Porque, ¡ojo!, dicen que mandamos mucho y, claro, no les da tiempo a retener tanta información. Yo he optado por enviar a mi marido un 'whatsapp' con todo lo que tiene que hacer (horas de recogida de cada niño, horario de extraescolares o si tiene que llevarlos a la peluquería, donde, previamente, yo he cogido hora). No nos hacen ningún favor personal. Es su obligación igual que la nuestra.

 

Pero, ahora entono el 'mea culpa' y creo que parte de este estrés de 'tengo que sacar las pechugas del congelador' (damos un bote cuando estamos ya en la cama) o “qué le compro a mi suegra por su cumpleaños” (el último pensamiento antes de dormir) es nuestra responsabilidad. “No se trata de delegar sino de pasar el testigo y dejar hacer. Si las cosas no se ejecutan como una quiere, hay que morderse la lengua”, apuntaba la terapeuta de pareja Isabelle Nicolás, en el reportaje sobre 'La carga mental: cuando las mujeres se agotan por tener que pensar en todo', publicado en Aleteia. Y eso es precisamente lo que hace una de mis amigas. “Yo no le digo nada (a su marido, se entiende). Él no quería contratar una persona para la limpieza, pues el limpia. No como a mí me gusta pero me aguanto. Él también hace la compra. Y nunca le digo lo que tiene que comprar. Si se le olvida algo, ya volverá al supermercado”. Un buen planteamiento que, sin duda, voy a tratar de imitar. Porque nuestro error es creer que hacemos todo 'muy bien' y los demás, mucho peor.

 

Mientras tanto, la realidad es tozuda y sigo escuchando a amigas que se quejan de que ellas tienen que preparar siempre el equipaje de toda la familia, que salen del trabajo para ir a una reunión con la tutora, corren a recoger la ropa de la cuerda cuando el cielo amenaza tormenta o dejan preparados en el frigorífico todos los purés del bebé (cada uno con su etiqueta del día correspondiente) si se van a un viaje de trabajo. Así que ahora, cojo aire mientras repaso mi agenda, para ver qué me deparará esta tarde con mis churumbeles. Si hoy vamos al parque a jugar con algún amigo, si tengo que comprar un detallito para la niña de una amiga que ha estado ingresada, si se habrá acabado el suavizante o debo hacer acopio de bebidas y bolsas de patatas para la excursión de mañana de mi hijo mediano. Cualquier día de estos me declaro en huelga, me siento en el sofá y no me muevo hasta la mañana siguiente. Ni miro el 'whatsapp' ni el e-mail por si hay avisos importantes de saraos escolares o cumpleaños de última hora. ¡Todo por defender el trabajo invisible!


Comentarios
Te recomendamos que antes de comentar, leas las normas de participación de Diario de Navarra

Lo más...
volver arriba

© DIARIO DE NAVARRA. Queda prohibida toda reproducción sin permiso escrito de la empresa a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, de la Ley de Propiedad Intelectual

Contenido exclusivo DN+
VER EL CONTENIDO COMPLETO
Ya soy DN+
Continuar

Estimado lector,

Tu navegador tiene y eso afecta al correcto funcionamiento de la página web.

Por favor, para diariodenavarra.es

Si quieres navegar sin publicidad y disfrutar de toda nuestra oferta informativa y contenidos exclusivos, tenemos lo que buscas:

SUSCRÍBETE a DN+

Gracias por tu atención.
El equipo de Diario de Navarra