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Yo, la piscina de Pitillas

Isabel González

Isabel González

27/05/2017 a las 06:00
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Soy una mujer empática . Otra virtud no tendré. Pero en cuanto veo a otra persona, me pongo en su lugar. Woody Allen ya hizo una película sobre mí. Se titula ‘Zelig’ y trata de un tipo con la asombrosa capacidad de transformarse en quien sea. En cuanto alguien se pone a su lado, Leonard Zelig comienza a hablar como él, se ríe como él, se apodera de su idioma, de su barba, del resto de sus atributos físicos y se convierte en el otro. Una especie de camaleón humano. Ésa soy yo: una camaleona. Por supuesto, Woody Allen cree que su película es pura fantasía emergida de su talento y no voy a sacarle de su error. Mi bonhomía es tan elevada que le permito que sigua así. Feliz e ignorante en su mundo porque la empatía genera bondad. Sí. El empático no sintoniza con los defectos del que tiene enfrente sino con su fragilidad, con sus sueños, con sus problemas. La mejor forma de comprender y por lo tanto, de procurar el bienestar. Lo cierto es que Woody Allen se quedó corto, que no hizo la segunda parte de su película y que yo. Bueno, lo mío es superior. Yo ya voy por la tercera. Era tan fácil comprender a los humanos, somos tan parecidos salvo por el bótox y alguna secuencia tontorrona del ADN, que mi capacidad evolucionó rápidamente hacia el género animal. Oriné con el perro del vecino, lloré con la tortuga de mis sobrinos por la defunción de su compañera de acuario y de inmediato, ya estaba empatizando con los insectos. Al fin y al cabo, compartimos el cincuenta por ciento de nuestro código genético con la mosca de la fruta. ¿No me oyen zumbar en su oído? Por este nivel de fusión andaba cuando un día, al pasar por la gasolinera de Pitillas, comencé a sentir una opresión en mi estómago. Era un recorrido que hacía a menudo, pero la nostalgia se acrecentaba. Una rigidez de poliéster, el fondo plano de un corazón me sobrecogía al contemplar la piscina junto a los surtidores. Se trataba del vaso de una piscina real, pero le habían pintado un mensaje publicitario al fondo y la exponían erguida sobre caballetes como el cadáver de un maleante del far west con un cartel de advertencia colgado al cuello.

Su contemplación empezó a agobiarme de tal modo que dejé de pasar por ahí, aunque no pude olvidarla. Algo de ella ya vivía en mí y la mañana que me enteré de que la habían robado, la alegría estalló en mi interior. Ligera, como si acabaran de arrancarme unas cadenas, me tumbé sobre la cama y supe que acababan de permitirme el reposo, que pronto me llenarían de agua fresca y que los niños se zambullirían gozosos en mí. Sus manos acariciando mis paredes, su risa palmeteándome la estructura. Las burbujas de alegría ascenderían adolescentes con la algarabía de los saltos y pronto, el sol se iba a disgregar en minúsculo soles contra la superficie de mi agua. Mi destino de piscina estaba a punto de cumplirse si no hubiera sido por la Guardia Civil, que me localizó medio instalada en un terreno de Caparroso. Dicen que fui robada por un tractor rojo y por un elevador hidráulico. Robada, dicen. Liberada, digo yo. Qué harán conmigo. ¿Volverán a encadenarme a los caballetes de hierro contra el sol hasta que me quiebre? Lo pienso y no es agua sino lágrimas lo que me llena.

 


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