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Opinión
FAMILIA

Terapia de grupo

Actualizada 19/05/2017 a las 10:59

Mi hijo pequeño, de 3 años, ha conseguido, por fin, un columpio libre. “¡Qué bien! ¡Unos minutos de tranquilidad en los que no va salir corriendo!”, pienso mientras lo siento en esa cestilla tipo pañal (gran invento) en la que está bien sujeto y no tiene escapatoria. A unos pocos metros, veo a otras madres, amigas del colegio, y me acerco a saludarlas mientras el niño ya se impulsa solo. Para mí, no hay nada más aburrido que ir a un parque sola con mis hijos. Ya lo he confesado otras veces. Así que encontrar unas caras conocidas, o desconocidas incluso, con las que compartir cuatro frases al vuelo aunque sea sin mirarnos a los ojos es una tabla de salvación. “Estábamos hablando de lo mal que se portan los niños. En casa no recogen nada y obedecen solo cuando les pegas un grito después de haberles dado más de diez veces la misma orden”, se quejaba una de ellas. Me suena. Tema recurrente de conversación en grupillos de madres en el patio del colegio. En el parque, en el trabajo y en la sala de espera del pediatra. Y digo corrillos de madres porque, y salvando algunas excepciones, no suelo encontrarme con muchos hombres que hablen de estos asuntos “domésticos” o “familiares” con sus amigos y colegas. “¡Buf! Estoy agotado. He tenido que poner dos lavadoras antes de venir a trabajar. De camino, he pasado por el supermercado porque nos faltaba leche y, encima, estoy disgustadísimo porque ayer tuve una 'pelotera' con el mayor. ¡Me enfadé muchísimo para conseguir que metiera los platos en el lavavajillas y casi no he podido dormir por el sentimiento de culpa que me quedó”. ¿Os imagináis esta conversación entre dos hombres en la máquina del café? Y no digo que no hagan estas y otras muchas tareas pero... no suelen hablar de ellas. O, por lo menos, no es el tema recurrente entre ellos. Distinto es si se trata de un grupo mayoritariamente femenino en el que aparece algún padre que se suma a la conversación. En fin. Que igual son cosas mías pero a los hechos me remito. En algún lugar leí que las mujeres hablamos casi siempre sobre otras 'personas' (ya sean hijos, madres, maridos, jefes, cuidadoras, suegras, otras amigas que no están presentes...); y los hombres tienden a conversar sobre cosas (trabajo, libros, películas, deporte... y rara vez sobre sus sentimientos).

 

Así que en esas estábamos cuando todas comenzamos a quitarnos la palabra de la boca en esa conversación tan interesante en la que queríamos meter baza. “Pues el mío no se lava nunca los dientes por la noche y tiene que ser mi hija pequeña la que viene a contármelo. Indignada. Yo creo que hay diferencia entre el comportamiento de chicos y chicas”, apuntaba una que tiene la parejita ante la cara de póquer de las demás, que éramos todas madres de hombrecitos (o de 'jo tío' o 'macho, chaval...', como dice mi hijo mayor, que va a cumplir 11 años) “Pues igual... No sé. A mí lo que más rabia me da es que, cuando llego a casa, están embobados con la tablet y ni me saludan. ¡Perezco invisible!”, se lamentaba otra. Con los oídos bien abiertos, escuchaba con ganas de decir que yo lo que no soporto es que dejen los calzoncillos sucios tirados o dentro de las perneras de los pantalones por la vagancia de no separar las prendas. Pero tuve que callarme y salir corriendo porque mi hijo me reclamaba y ya se había aburrido del columpio. ¡Vaya! Parece que la conversación había acabado. Pero no. Tuve la suerte de que a uno de los hijos mayores de mis amigas le hizo mucha gracia el niño, lo llevó de la mano hasta el tobogán y me dijo que iba a vigilarlo. Algo que sus hermanos no hacen ni locos. Será la novedad. “¡Gracias, guapo! ¡Te mereces unas 'chuches'!”, le alabé el esfuerzo.

 

Volví al grupo y la charla había derivado sobre las diferencias entre la infancia de nuestros hijos y la nuestra, hace más de treinta años. “A mí me llevaban mis padres a cenar con sus amigos, no porque hicieran el plan por mí sino por ellos, y yo no protestaba ni se me ocurría ponerme a tirarles del brazo gritando que me aburría. Como mucho me daban un boli y un papel para que dibujase. ¡Y ahora! ¡No están quietos ni cinco minutos!” Y entonces sí que intervine recordándoles una frase que me había dicho mi madre el día anterior. “Hija, con tantas entrevistas que haces a psicólogos y pedagogos, y luego les gritas a los niños. ¡Yo no os gritaba nunca!”, me dijo asombrada. “¡Claro! Pero tú tenías dos niñas obedientes. No es que te obedeciéramos a la primera. ¡Es que ni siquiera tenías que decirnos que nos laváramos los dientes una vez porque íbamos solas al baño todas las noches!” En fin. Nada que ver. Las demás se rieron, nos consolamos mutuamente y llegamos a la conclusión de que “estos tiempos” no tienen nada que ver con los nuestros. “¿Y por qué tanta diferencia?”, nos preguntamos. “Sin duda, por la tecnología”, zanjé. Últimamente estoy muy concienciada con este tema por la teoría (entrevistas y reportajes varios sobre los riesgos de las redes sociales y los móviles en adolescentes) y por la práctica (lo que hacen nuestros hijos en casa, aunque nos esforzamos por restringirles ordenador y tablet y les ponemos horarios). “¡Claro! Nosotras veíamos 'David el gnomo' y 'La vuelta al mundo del Willy Fog' dos medias horas después de comer los sábados y domingos. Y el resto del tiempo jugábamos en la calle o en casa y no nos aburríamos. ¡No como ahora que tienen dibujos y series las veinticuatro horas!”, continuaba el desahogo.

 

Y después de la mejor terapia de grupo, totalmente gratis y al sol de una mañana de domingo, nos marchamos cada una con nuestro rebaño. Mucho más contentas después de habernos desahogado y comprobado que no somos las únicas a las que nos pasan “estas cosas”. Así que, hombres del mundo, os animo a que compartáis vuestras preocupaciones “domésticas” y “familiares” con vuestros amigos o compañeros de trabajo. Que habléis de las lavadoras, de las ofertas del supermercado o de los trucos para que vuestros hijos se aprenden las tablas de multiplicar o hagan su cama a diario. Porque 'Educar es cosa de dos'. Y no es solo el título del último libro de los educadores Carlos Goñi y Pilar Guembe sino una necesidad en la vida. Y aunque ya lo hagáis (educar, quiero decir), no sabéis lo bien que os vais a quedar después de compartir estas cuitas (si es que lo son) con otros padres o madres. No tengáis miedo de hablar de vuestros sentimientos mientras columpiáis a vuestros hijos o compartís un viaje de trabajo. Vuestra salud os lo agradecerá porque la mejor terapia es la de grupo.


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