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Opinión

La vida es un minuto hasta para los longevos

La vida no son las experiencias que vivimos sino cómo las tomamos y cómo las recordamos para contarlas

Una joven descansa en un banco de la Vuelta del Castillo y consulta el móvil.

Una joven descansa en un banco de la Vuelta del Castillo y consulta el móvil.

02/05/2017 a las 06:00
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La vida es un minuto que pasa deprisa incluso si alcanzas los 100 años. Lo dijo el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer y antes que él lo suscribieron a su manera otras mentes grandes. El griego Simónides lo sustanciaba de una forma peculiar: “Somos un soplo entre dos nadas” y Santa Teresa de Ávila, que probablemente conocía la reflexión del pensador griego, vino a insuflar aire cristiano a la conclusión filosófica.

Para ella, “la vida es un instante entre dos eternidades”. En cualquiera de las tres interpretaciones, la existencia se convierte en el objeto de análisis. Con una particularidad. A Niemeyer le preocupaba vivir largo. Quería ser longevo. Murió en 2012 a punto de tocar los 105 años y puede decirse que exprimió el jugo a su limón vital. Se casó por segunda vez a los 99 años y hasta su última hospitalización no renunció a los pequeños placeres como la copa de vino a diario en la comida.

Él sabía que la llave de la inmortalidad no es la dieta mediterránea como predican afanosamente los científicos y los nutricionistas. Comer tomates y verduras bien regados con aceite de oliva virgen ayuda, qué duda cabe, pero conocía seguramente que el alimento que alarga la vida está en la mente, en la capacidad de mantener despierta la curiosidad intelectual y de gestionar con optimismo los problemas.

Mujeres biológicamente superiores

Viene bien vivir en un lugar desarrollado y con un buen sistema sanitario. Por estas circunstancias en España en general y en Navarra en particular prolongamos nuestro paso por el mundo por encima de las medias europeas y mundiales. En Navarra, las mujeres alcanzan los 86,9 años. Se publicaba esta semana. Y 81,2 los hombres. Ellas viven más y sospecho que tampoco es por comer verdura. Son biológicamente superiores. Y probablemente más implicadas. Más activas intelectualmente, leen más, se comprometen más con el entorno, con los familiares y con los amigos. Esas son algunas de las claves. Niemeyer añadía otra. Él aseguraba que un truco para estirar la vida es no discutir. Admitía que aprendió tarde que los años dan serenidad y si hubo un tiempo en el que se partía la cara argumentativamente contra quienes criticaban su arquitectura, la vida le hizo comprender que lo único que hacían sus detractores cuando se metían en broncas dialécticas con él era defender su trabajo. Ahí está otra clave. ¿Cómo gestionamos las circunstancias? La vida no son las experiencias que vivimos sino cómo las tomamos y cómo las recordamos para contarlas. Las cosas que nos ocurren podemos, o interiorizarlas o dejarlas pasar. Si dejamos que nos afecten, bien porque nos entusiasman, porque nos duelen, nos emocionan o nos sobresaltan, nos corresponde a nosotros elegir cómo las hacemos nuestras. Cuando las contamos las estamos recreando y al hacerlo descubrimos el enfoque que estamos dando a las historias vividas.

Podemos relatar en positivo, en negativo, incluso en un pesimismo agonizante. Ese instante, el momento mágico en el que decidimos grabar para siempre si ese suceso fue relevante y cómo nos influyó va a quedarse dentro. Nos va a marcar. Ahí podemos estirar o acortar la vida. Depende de nosotros. Isabel Allende en una entrevista recomendaba memoria selectiva para recordar sólo lo bueno y ser feliz. Y el escritor inglés Chesterton sugería hasta razones morales para ser positivo. “El optimista cree en los demás, el pesimista sólo en sí mismo”, remataba.

Niemeyer volvió a casarse rozando los cien años. Su salud parecía a prueba de obuses. No renunció a los cigarrillos hasta que su médico le obligó poco antes de su muerte. Y su pócima de la longevidad él mismo la sustanciaba en ser amable, intentar ser justo, recordar la vida buena vivida y hacer proyectos.

Con esos requisitos cuando le preguntaron cómo podía estar tan activo a los cien años él respondió: “No tengo cien, tengo 60 años porque hago todo lo que hacía a los 60”. Miedo me da. Empiezo a sentirme como un adolescente. ¡Gracias Niemeyer!


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