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Corruptores corruptos

Víctor Manuel Arbeloa.

Víctor Manuel Arbeloa.

28/04/2017 a las 06:00
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  • Víctor Manuel Arbeloa

Un corruptor es siempre un corrupto, que corrompe o quiere corromper a otros. ¿Cuántos corruptores, con nombre y apellido, conoce el lector? ¿Quién nos ha dado hasta ahora cuenta de ellos? ¿Quién los ha visto, hasta bien poco, dar con sus huesos en una cárcel?

Corrupción quiere decir putridez de lo maduro; de-gradación, des-naturalización de lo que algo es. Y hablando de seres humanos, es sobre todo des-humanización.

Tenemos con todo un concepto pobre y estrecho de corrupción, casi siempre ligada a la llamada corrupción económica. Pero la corrupción va mucho más lejos y más dentro, y suele comenzar, como en el refrán sobre el pescado podrido, por la cabeza.

Corrupción es, por ejemplo, la inoculación del odio étnico-tribal, político, religioso, social…, que lleva a la mentira, la calumnia, la amenaza, la agresión, la destrucción de seres humanos. Son miles los corruptores, que desde muy diversas plataformas se encargan, cada día y cada uno a su manera, de tan abominable menester.

Corrupción es también la que, naciendo del egoísmo, la soberbia o la envidia de unos, deshumaniza por mil medios la vida de otros, comprando y vendiendo sus entendimientos, voluntades y sentimientos, su alma -como suele decirse-, por un plato de lentejas, por un puesto en la vida, por una traición al amigo o al amante, o por cualquier otro sucio beneficio que proponga o exija el corruptor en liza, en cualquier lance de placer, fama o/y poder.

Abunda este tipo de corrupción, intelectual/moral, en la vida privada y pública, política o no, y suele preceder a cualquier corrupción económica mayor, cuando no la acompaña, inseparable. Personas, que hayan abandonado toda moral humanista cristiana, humanista marxista o humanista liberal, suelen quedar a la intemperie, a merced de los instintos más primitivos, o agitados por los vaivenes de la dictadura de la moda.

No cabe duda que detrás de un corrupto hay siempre, al menos, un corruptor, que suele ser gente de dinero y de poder, los medios ordinarios más eficaces de corrupción.

Acabamos de verlo. Llevamos muchos años viéndolo, en muchas partes del mundo, en casi toda España, y en casi todas las instituciones, de la más alta a la más baja. Unos pocos lo tienen casi todo y quieren tener más. Tener, no ser; en todo caso, estar u ocupar. Dominar, no ayudar o cooperar, y, menos aún, servir. Otros tienen mucho menos, pero quieren tener como los que más tienen, o acercarse, en todo caso, a ellos. Pronto aprenden unos y otros los medios de conseguir lo que pretenden. Y aquí, lo reconozco, hay muchas combinaciones. Complicado es a veces distinguir el corruptor del corrupto, corruptos ambos.

Los ricos y poderosos juegan con ventaja. Tienen a sus pies una masa a su servicio, genuflecta de obsecuencia y sumisión. En un partido político o sindicato tienen, además, el patriotismo partidista como coraza o escudo, que sustituye a cualquier mérito, capacidad o prestigio. Y es bien sabido que a una parte de socios o miembros de partidos y sindicatos, profesiones o asociaciones, no les parece mal cualquier corrupción o corruptela, blanca o negra, con tal que sea autóctona, familiar, se haga en nombre o al servicio de la entidad gloriosa -más gloriosa cuantos más años tenga-, que los acoge, protege, defiende, prestigia, ennoblece, les da su propia identidad. ¿Quién se atrevería a actuar y hasta pensar contra su propia madre, y aun contra uno mismo?

De ahí que algunos personajes, y algunos súbditos también, no se enteren de nada, no vean ni oigan nada, y menos denuncien nada.

Aquí tengo que admitir la dificultad de mantener la responsabilidad total en toda función pública, y más si es ejecutiva. ¿Quién no se equivocó a la hora de nombrar -“in eligendo”- las personas adecuadas? ¿Quién no tuvo descuidos “in vigilando”? ¿Quién firmó o votó siempre sabiendo perfectamente lo que hacía? Pero en tales casos, si el perjuicio es grave o la omisión notoria, no hay otro remedio que retirarse y pagar, por muy injusto personalmente que sea, las consecuencias. Así lo han hecho siempre los mejores.

“Post-data” para navarristas, españolistas y europeístas.- El mero cultivo de la triple identidad, y hasta de la de mundialistas y universalistas, no basta para ganar elecciones, pero tampoco para conseguir una vida buena o virtuosa sin más. Son necesarios comportamientos éticos y morales poco menos que ejemplares, sobre todo en la clase dirigente. Y una actividad constante y positiva con el pueblo, entre el pueblo y para el pueblo en todo tiempo y lugar, y huyendo de toda corrupción y corruptela, con tolerancia cero, como ahora se dice, ante cualquier tipo de tropelías o de irregularidades.

Víctor Manuel Arbeloa es escritor,

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