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Madrastras del siglo XXI

17/01/2017 a las 06:00

"Ser madrastra es lo más difícil que me ha tocado en la vida. Fíjate lo que te digo", me confiesa mi amiga Carolina una tarde fría pero soleada de enero, mientras observamos cómo juegan nuestros hijos pequeños en el patio del colegio y damos algún que otro mordisco furtivo al bocata de jamón. "Es un papel ingrato en el que nunca me había imaginado. ¡Y hasta he llegado a sentir empatía y compasión por las madrastras de los cuentos de hadas! La pobre de Blancanieves, condenada a convivir con ese bellezón que era hija de otra y que, probablemente, le recordaba que antes hubo otra mujer mucho mejor que ella...", se ríe. Pero en el fondo yo sé que no le hace ni pizca de gracia el 'temita de marras'. Carolina estaba casada y tenía dos hijos cuando se separó y volvió a casarse con un divorciado que, a su vez, era padre de otros dos chicos de las mismas edades que los suyos. Y para terminar de rizar el rizo, entre los nuevos cónyuges tuvieron otro niño, el tercero para ambos, y que ha nacido en una familia súper numerosa. En estos tiempos de tanto divorcio y segundas oportunidades es bastante común que algunos niños convivan con su madre, su padre, la mujer de su padre, el marido de su madre o nuevos hermanos por una o ambas partes. En fin. Una situación complicada con muchas fichas que se mueven en el tablero del juego que es la vida de cada día. Carolina sigue a lo suyo mientras me habla sin mirarme y con la vista puesta en un balón desviado que, ¡grandes reflejos!, para con la palma de su mano derecha. ¡Me he librado de un buen golpe! "Pero claro, hay muchos tipos de madrastras -continúa-. No es lo mismo casarte con un viudo que con un separado. Tener hijastros que hijastras. Tener hijos propios o no tenerlos. Que los hijastros sean majos, pesados, limpios o desordenados... ¡Un mundo muy complejo!".

 

¡Y tan complicado! A mí, que no soy madrastra, me cuesta 'lidiar' con mis tres hijos del mismo padre y la misma madre y que, se supone, han recibido una educación similar y viven siempre en la misma casa con idénticas normas. Así que intuyo (aunque no tengo ni idea, claro está) que la del día a día será una convivencia difícil. Hasta hace unos años, como las custodias las concedían generalmente a las madres, las madrastras tenían pocas complicaciones. Dos fines de semana al mes con los hijos del marido (a no ser que fuera viudo) y punto. Pero ahora, con las custodias compartidas, la cosa se complica. "Convives la mitad de tu tiempo con ellos. Casi el mismo que con tus propios hijos. Solo que a los hijastros no los eliges. Te vienen en un 'pack' indisoluble, como los suegros, la ex de tu pareja...", continúa Carolina su explicación ante mi cara de sorpresa. "Tú quieres mucho a tu marido y, por tanto, se supone que debes querer también a sus hijos. Pero no es así. A tus hijastros les quieres según las circunstancias. Son como tus compañeros de trabajo; que pueden caerte muy bien y ser íntimos tuyos o no soportarlos porque te hacen la vida imposible. Sin embargo, a tus hijos los quieres siempre. Matarías por ellos. Es algo animal", se pone trascendente mientras ataca una galleta de chocolate con forma de dinosaurio. Yo la escucho con los ojos como platos mientras apuro el último sorbo del yogur líquido que mi hijo ya no ha querido. "Cuando ya te habías empapado de todos los libros de psicología infantil, escuelas de padres, charlas con otras madres y parece que tienes una idea clara de cómo lo estás haciendo.... Entonces, llegan los hijastros y ¡ya es el acabose! No hay casi bibliografía, es un tema que no se aborda en las escuelas de padres y no es tan habitual en el parque como 'mi niño no me come o es muy movido'. No vas preguntando por ahí; '¿Y tú? ¿Qué tal te llevas con tu hijastro?" La verdad es que no. Doy fe. "Pero cuando te encuentras a una mujer con tu mismo problema, ¡la exprimes hasta el final! ¡Cada vez somos más la legión de madrastras! Tanto que, incluso, podríamos formar nuestra propia asociación", vuelve a reírse.

¿Y dónde queda el papel del padre/padrastro en toda esta historia? Me acuerdo entonces de lo que me contó una vez una compañera de trabajo. Hace más de cuarenta años, su tía se casó con un viudo que tenía una hija y un hijo. Y, al principio, lo pasó bastante mal con la niña porque veía a su madrastra como una 'usurpadora' que además daba besos a su padre y se acostaba en su misma cama. Se lo relato a Carolina y se no se sorprende. "Con los chicos hay menos problemas que con las chicas, que tienen más influencia de Disney. El cerebro masculino es más manejable en las familias complejas. Hay menos celos y menos tonterías. Las conversaciones son de fútbol y no del sentido de la vida", zanja mientras empieza a recoger sus bártulos (mochila de su hijastro, bolsa del almuerzo de su hijo pequeño, gorros y bufandas de los dos...) Mientras avanzamos por el campo de fútbol hacia la salida, me doy cuenta de que el padrastro, en el cine, siempre ha aparecido como alguien que acoge a la madre y al hijo (véase al bondadoso padre de Cenicienta o, sin ir más lejos, el Barón Thyseen, por mencionar algunos). No sé si mi amiga está muy de acuerdo porque, insiste, el padrastro "apenas sale en los cuentos". Y vuelve a la situación actual. "En el 80% de los casos, el protagonismo de la familia está en la madre. Es mucho más habitual que una mujer tenga problemas con la prole de su pareja que a la inversa. Porque, también es más corriente que sea la mujer la que gestione el día a día con sus hijos, sus hijastros, sus padres, sus suegros...". También es cierto que en el 20% de situaciones no ocurre así. ¡Que nadie se ofenda!

 

Ya, de camino a la rampa de salida y por aportar algo propio en la conversación, le cuento la historia de mi amiga Marisa que también está separada y con tres hijas. Las niñas viven con ella salvo dos fines de semana al mes, en los que conviven con su padre, la nueva pareja de este y sus dos hijos varones, a los que las niñas no tragan, por cierto, "porque son unos pesados y dejan todo tirado por la casa". Una historia que empieza en el ex de la mujer de su ex marido, sigue con su exmarido y su actual pareja y termina con Marisa y su nuevo novio (con el que, de momento, no convive pero con el que se plantea tener un nuevo hijo si es que logra quedarse embarazada porque tiene 41 años). "Las madrastras partimos de una mala imagen adquirida en las películas de Disney que, de partida, no es merecida. No dudo de que haya algún caso de madrastras malvadas pero, en general, tratamos bien a nuestros hijastros. ¡Es fundamental ganarse a los niños para que funcione la relación con el padre!", concluye Carolina mientras se monta en el coche. Su hijastro, de 13 años, en el asiento del copiloto. Y su hijo, de 3, con su silla de retención, en el trasero. Con mi pequeño de la mano, me despido y veo, a través de la ventanilla, cómo se asegura de que el mayor se ha atado correctamente el cinturón mientras le revuelve el pelo con cariño. Con que, a pesar de todo lo me ha dicho, doy fe de que las madrastras del siglo XXI quieren a sus hijastros, casi tanto como la exnovicia María a los siete hijos del capitán Von Trapp en Sonrisas y lágrimas. Y, aunque no canten con ellos por los Alpes, no intentan matarlos con manzanas envenenadas. Aunque, ahora que pienso, ¿qué fruta le ha dado al niño para merendar?


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