Diario de Navarra | Facebook Se abrirá en otra página Diario de Navarra | Twitter Se abrirá en otra página Hemeroteca Edición impresa
Mi Club DN ¿Qué es? Suscríbete

La Hemeroteca
Opinión
OPINIÓN

'Sobredosis' de hijos

Actualizada 13/01/2017 a las 12:25

Lo sé. No es políticamente correcto y no está bien pregonarlo a los cuatro vientos. Pero lo confieso con todas las letras: estaba deseando volver a la rutina. Y sí, reconocedlo, muchos estáis asintiendo con la cabeza y esbozando una sonrisilla al leer estas líneas. ¿Vosotros también? Bueno, siempre habrá alguno (sobre todo, alguna) que dirá que no, que le da mucha pena, que pobrecitos niños, con lo bien que estaban de vacaciones, en familia... y tal y cual. Pamplinas. Pero a mí, como ya soy socia honorífica del 'club de las malasmadres', no me duelen prendas en declarar que se me estaba acabando la paciencia y que sufría, con toda seguridad en mi propio autodiagnóstico, de lo que se conoce como 'sobredosis de hijos'. Que se manifiesta con ligeros ataques de ansiedad y otros más graves de agotamiento y que suele atacar a los padres (entiéndase padres y madres, claro está) especialmente tras largos periodos de descanso escolar, como al final de verano o los primeros días de enero. Y para esta sobredosis solo hay un antídoto eficaz: la vuelta a la vida nuestra de cada día. El regreso a los madrugones (¡ay! Eso es lo que más pereza me da, aunque con hijos pequeños tampoco se duerme mucho más en vacaciones), a la leche derramada en el desayuno día sí y día también, a las peleas por vestirse y peinarse en tiempo récord, a correr al colegio, al 'tetris' de las extraescolares y los deberes de las tardes y la 'hora feliz' de los baños, las cenas y el ritual de acostarse. Y otra vez, vuelta a empezar. Vamos, lo que seguramente en unas semanas terminaremos aborreciendo (otra vez por sobredosis) pero que ahora, solo con pensarlo, me hace inmensamente feliz. Porque, no nos engañemos, las vacaciones de Navidad han sido un parón muy necesario para todos. Días de disfrutar con los primos y los amigos, de ir al cine, a patinar sobre hielo, a correr la San Silvestre infantil, a escuchar con el abuelo el tradicional concierto de Año Nuevo, a calentarnos las manos en una gélida tarde alrededor de una taza de chocolate caliente (con churros, a ser posible) o a volver a ser niños con la magia de las cabalgatas o la ilusión de los regalos la mañana (muy muy temprano) del 6 de enero. Pero ya está. Suficiente. Se acabó.

 

Un mes y una semana han transcurrido desde que bajé la caja con el árbol, los adornos navideños y las figuritas del Belén del trastero hasta que este domingo otra vez han vuelto a su lugar. Cuando era pequeña siempre me daba mucha pena que terminara la Navidad. Envolver al niño Jesús, al buey y a la mula y a los reyes magos en sus correspondientes papeles de periódico era la señal infalible de que ese tiempo había terminado. Pero ahora más que pena lo que me da es pereza. Una pereza horrible de recoger y barrer porque... ¡ay qué ver! ¡Aunque sean árboles artificiales cuántas hojas se caen por el suelo! En estos cuarenta días (una cuarentena en toda regla) ha habido de todo: maratones de villancicos y festivales escolares, comilonas sin fin aderazadas con cierta intolerencia (que no llega a ser alergia) familiar y pies y manos insensibles que aguantan estoicos los dos grados durante más de una hora de cabalgata a la intemperie (mi objetivo para el próximo año es encontrar algún amigo o conocido con un balcón con vistas al recorrido... Desde aquí lo dejo caer, que nunca se sabe...) Y un clásico que no falla en mi casa ningún día de vacaciones; las preguntas de mis hijos mayores: “¿Hoy a dónde vamos? ¿Hoy con quién quedamos?”, que el pequeño ha traducido en su versión libre de “¿hoy toca cole? (el pobre está descentrado con tantas novedades) ¿Hoy toca 'campanento'? ¿Hoy nos duchamos?” En fin. Todo muy entretenido.

 

En esas estábamos, cuando una tarde nos 'tocó' quedar con los amigos de mi hijo mediano. Seis madres y diez niños de 7 años (todos chicos y muy poco refinados) corriendo como locos por las calles iluminadas, los brazos entrelazados sobre los hombros (que reíros los 'mozopeñas'...) y nosotras, regulando el tráfico. Las cafeterías, con colas kilométricas a la puerta, nos obligaron a entrar en un centro comercial lo que convirtió la tarde en algo aún 'más difícil todavía' con carreras de niños por las escaleras automáticas y una observación poco contemplativa de los juguetes. Espadas láser iluminadas, robots en acción, peluches que cantan todo su repertorio y una dependienta con cara de pocos amigos. Todos los botones eran pocos para ellos. Así que, salvo una madre (¡gracias por vigilarlos!), todas las demás nos hicimos las suecas. Y como si no hubiéramos visto en la vida a todas aquella tribu de trogloditas, con una colección de abrigos, gorros y bufandas en brazos comenzamos el descenso, esa vez en ascensor. Por no hablar de una bonita mañana de 'cine en familia por 1 euro' con mi hijo pequeño dando un sorbo de agua a su botellín cada cinco minutos (¡qué digo! ¡Cada cinco segundos!) y volviéndose, sobre su alzador en el asiento, a ver a los niños de la fila de atrás hasta que... ¡oh, qué extraño! se echó todo el líquido por encima. ¡Fuera jersey! Y - herencia de mi madre- una colección de pañuelos de papel extendidos por debajo de la camisa “para que no pase la humedad al pecho”. Medio resuelto el desaguisado y después de tanta agua, el pequeño se hacía pis y, claro, hubo que salir escopeteados al baño. Pisotenado la alfombra de palomitas a nuestros pies y pidiendo perdón a distro y siniestro. ¿Que si me gustó la película de dibujos animados? Hombre, lo que vi no estaba mal... Pero vamos, que preferiría una 'de mayores' sola con mi marido en un 'horario normal'. Todo se andará.

 

Y es que yo creo que la culpa de todo la tienen las películas y los anucios de la tele. Esos dramas pastelosos de familias muy felices alrededor de la chimenea en Nochebuena y con mucha nieve en el jardín. O esos anuncios de compañías eléctricas o telefónicas donde nos quieren vender que lo único importante es estar todos juntos. Y, ojo, que yo también lo creo. Que la Navidad es una fecha mágica y entrañable y que lo más bonito es compartir tiempo con la familia. Que es el mejor regalo que podemos dejar a nuestros hijos. Mucho más que cualquier juguete. Pero lo que en la tele no se ve es que en una Navidad real, y no en las impostadas de niños rubios con jerseys de lana blanca y renos rojos estampados o abuelas impolutas preparando una mesa de revista de decoración, hay de todo. Días preciosos y otros, más tristes y de lágrimas derramadas por los que no están. Momentos de carcajadas agitando la pandereta, ojos achispados brindando con champán (perdón, no me acostumbro de decir cava) y tiempo de agotamiento por limpiar la casa, cocinar, poner varios lavavajillas y volver a recoger los caballetes y las sillas del trastero cuando se ha ido toda la parentela. Regalos hechos con muchas ilusión, soñando con la cara de quien va a recibirlos y otros, de compromiso, de gastar por gastar en una tarde de compras alborotadas a última hora del 5 de enero. Vamos, como en botica, de todo un poco.

 

Así que, a diferencia de mi época de estudiante, cuando odiaba el primer lunes de enero, comienzo de un largo y frío trimestre y volvía a clase con un nudo en el estómago y los exámenes a la vuelta de la esquina; ahora aplaudo el regreso a la rutina. De colegio, de trabajo y de madrugones. De poner orden en el caos sin horarios, de abandonar nuestra labor de monitores de ocio y tiempo libre y de escalar, poco a poco, esa temida cuesta de enero. Porque es el mejor antídoto para recuperarnos de esta 'sobredosis' de hijos. ¡Suerte y feliz año nuevo!


Comentarios
Te recomendamos que antes de comentar, leas las normas de participación de Diario de Navarra

Lo más...
volver arriba

© DIARIO DE NAVARRA. Queda prohibida toda reproducción sin permiso escrito de la empresa a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, de la Ley de Propiedad Intelectual

Contenido exclusivo para suscriptores DN+
Navega sin publicidad por www.diariodenavarra.es
Suscríbete a DN+
Desde solo 0,27€ al día
Ya soy DN+
Continuar

Estimado lector,

Tu navegador tiene y eso afecta al correcto funcionamiento de la página web.

Por favor, para diariodenavarra.es

Si quieres navegar sin publicidad y disfrutar de toda nuestra oferta informativa y contenidos exclusivos, tenemos lo que buscas:

SUSCRÍBETE a DN+

Gracias por tu atención.
El equipo de Diario de Navarra