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"Las princesas no son valientes"

Actualizada 02/12/2016 a las 10:49

Mi sobrino de 3 años y medio empuñó su espada de espuma y amenazó a su madre: “Ríndete. Soy el príncipe valiente”. Con su camisa azul celeste rematada en un gran cuello blanco a modo de babero, cinturón azul marino con una hebilla dorada en el centro, gorro con una esmeralda de plástico, su carita angelical y sus ricillos rubios, parecía el príncipe de La Cenicienta o el de La bella durmiente del bosque. “Lucha conmigo si te atreves. Yo soy la princesa valiente”, le animó mi prima tras disfrazarle para matar una lluviosa tarde de sábado. Y lo que dijo a continuación el niño, mientras esgrimía su espada del “chino” corriendo por la habitación, casi desencaja la mandíbula de su madre: “Mami, eso es imposible. Las princesas no son valientes”.

De poco valieron las preguntas (“¿por qué dices eso?”, “¿cómo lo sabes?”, “¿quién te lo ha dicho?”...) y el intentar ofrecerle una clase acelarada sobre la igualdad de género, adaptada a su tierna edad (“las niñas y las mamás también son valientes, como los niños y los papás”, “las mamás pueden ser astronautas”, “los papás barren la casa”...) Porque el niño lo tenía muy claro. “Que no, mami. No es así. Lo veo en todas partes. Por ejemplo, en la película de Enredados (en la que la princesa Rapunzel pasa diecisiete años de su vida, indefensa, encerrada en una torre, con su larga cabellera, esperando a ser rescatada). Las princesas no pueden ser valientes y punto”.

Así que mi prima se dio por vencida. Aplazó la conversación para otro momento y decidió hacerse pasar por una pobre princesa desvalida que sueña con ser rescatada por su príncipe azul. Porque, querámoslo o no, a través de los cuentos clásicos aún estamos ofreciendo a nuestros hijos una imagen errónea sobre los roles de los hombres y las mujeres. Una visión tradicional y desfasada. O no tanto... ¡Vete a saber!

¿Por qué Blancanieves limpia la cabaña mugrienta de los siete enanitos, friega sus platos amontonados en la mesa de madera y hornea una deliciosa tarta para cuando llegan de la mina? ¿Y qué me decís de Cenicienta? Esa pobre niña huérfana, relegada a los sótanos cubiertos de hollín de su mansión, sin otro quehacer que fregar los suelos de rodillas (aún no se habían inventado las fregonas, ¡un artilugio tan sencillo y que tantos dolores de espalda ha evitado!) en las escalinatas de mármol. Unos suelos que tiene que volver a enjabonar una y otra vez porque las 'brujas' de su madrastra y hermanastras “se” los pisaban sin piedad. O Aurora, esa cándida Bella durmiente, con tan poca sangre ("pan sin sal", que diría mi abuela) que se limita a canturrerar cancioncillas por el bosque, mirando los pajaritos y ajena a la maldición que Maléfica había lanzado sobre ella cuando nació. ¡No sé cómo no nos traumatizamos en nuestra infancia con esas historias tan crueles! A pesar de todo, queríamos disfrazarnos de esas princesas y fueron nuestros primeros ídolos (años antes que Tom Cruise, Rob Lowe o Kirk Cameron). Blancanieves, Cenicienta o Aurora no son nadie sin sus príncipes. Esos valientes que llegan galopando para devolverles la vida con un beso de amor. O que entran en su casa con un zapatito de cristal para salvarlas de la pobreza y la maldad. ¿Quién no ha deseado ser como ellas en alguna ocasión? Y no, no digáis que nunca. Que sois mujeres feministas y modernas. Que pasáis de los príncipes azules y preferís desenfundar una espada como cualquier príncipe valiente o sacarla de una roca como hizo el joven Arturo con 'Excalibur', la espada mágica de Merlín el encantador. No me lo creo.

Pero desde Blancanieves (la primera película de Walt Disney en 1937) hasta Vaiana (el nuevo largometraje de esta factoría que se estrena este viernes y que protagoniza esta niña de la Polinesia, a la que ya han bautizado como la “primera princesa feminista de Disney”) ha habido un largo recorrido. El mismo de la historia reciente. De las tres clásicas (las tres pánfilas, diría yo), se pasó a Bella (de La bella y la bestia) que, aunque no era propiamente una princesa sí que termina viviendo en un castillo y enamorándose de un príncipe, bien feo en ese caso (aunque no nos olvidemos de que, como se repite hasta la saciedad en la película, la belleza está en el interior).

Y de ahí a Pocahontas (la princesa de una tribu india norteamericana, algo más agerrida, que se enfrenta a su padre y su pueblo por conseguir el amor del guapo y rubio invasor inglés, un John Smith cualquiera, lo que vendría a ser un Juan Sánchez español), Jasmine (la princesa árabe hija del sultán que, testaruda, se niega a casarse con los príncipes que su padre le propone y se enamora del pobre Aladdín) o Elsa y Anna, las protagonistas de Frozen. Inspirada en La reina de las nieves de Hans Christian Andersen, esta historia cuenta por primera vez con unas princesas sin príncipes. Unas princesas que se valen por sí mismas. Y que asumen el poder, entre las nieves y el hielo.

Todas estas historias me vinieron el otro día a la cabeza mientras hojeaba con mi hijo pequeño, que acaba de cumplir 3 años, uno de los muchos folletos de las tiendas de juguetes que pululan desde hace unas semanas por mi casa. ¡Podemos hacer una colección con esas revistas! Manoseadas de tanto mirarlas y con la parte superior derecha de la página en cuestión doblada para que los Reyes Magos no tengan duda de qué regalos tienen que traerles. ¡No vaya a ser que se equivoquen!

Después del episodio de mi sobrino, que mi prima me contó entre muerta de risa y de espanto, decidí hacer la prueba con mi hijo pequeño. “Cariño, ¿no quieres pedir estas muñecas de Frozen? ¿O estas cocinitas de Peppa Pig?”, le pregunté haciéndome la despistada. “Noooo. Son de chicas”, me respondió creyendo que su madre se había vuelto loca. Pero no me desaminé.

Me había fijado en que en uno de los folletos, seguro que para ser políticamente correctos, habían fotografiado a todas las niñas jugando con bancos de herramientas y scalextric de coches; y a los niños, planchando (que digo yo que vaya juguete más feo, ¿a quién le va a gustar planchar aunque sea de mentirijillas?), acunando a una muñeca o jugando a las cocinitas. “Noooo. No son de chicas... Mira, aquí hay un niño jugando con un muñeco que parece un bebé”, insistí. A lo que mi hijo, mirándome de nuevo como si fuera una extraterrestre, contestó muy serio, ya dejándome por imposible. “Que no. Yo no ‘quedo’ bebés. Lloran mucho. Yo ‘quedo’ camión de bomberos para apagar fuegos. O una batería”. Y no sé qué me asustó más. Que no quisiera una muñeca porque llora o que soñase con ese instrumento diabólico para atronar a todo el vecindario.

Pero revistas de juguetes que fomenten la igualdad (algo que ni siquiera ocurre en la vida de verdad, en la de los adultos) o princesas Disney feministas aparte, lo cierto es que todavía queda un trecho por recorrer.

Los niños van a seguir jugando al fútbol, con coches y con espadas láser; mientras que las niñas serán felices con una cocinita, una cuna y vestiditos para sus muñecas o diseñando collares y pulseras con abalarios de plástico. Y no, esta vez no lo dice ningún estudio de ninguna prestigiosa universidad extranjera, sino mi trabajo de campo y experimentación con mis tres hijos y sus amigos. Así que, de momento, mucho tendrá que llover para que mi sobrino cambie de opinión y crea que las princesas de los cuentos sí pueden ser valientes.


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