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Con el cadáver aún caliente

Esta vez la tara ‘morada’ no ha tenido que ver con el populismo ni con cuestión ideológica alguna sino con algo peor, la falta de educación

Actualizada 02/12/2016 a las 10:55
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Me tuve que morir para saber si me querían. Así arranca uno de los cuentos de Sergi Pàmies en su libro Si te comes un limón sin hacer muecas. Un ejercicio brillante de irrealidad en el que el finado asiste a cómo en su funeral la mayoría de los asistentes se dedica a mirar el reloj durante el sermón sin derramar ni una lágrima; a cómo sus hijos se mantienen en su inexpresividad acostumbrada una vez que les queda claro que cobrarán la prima del seguro de vida; a cómo su mujer empaqueta en una semana el luto y toda la ropa de su marido para regalársela a un vagabundo; y a cómo dos semanas después ella se corta el pelo, se pinta las uñas de los pies, deja de fumar y empieza a reír más fuerte y más a menudo.


Rita Barberá se ha muerto y la política ha destapado su versión ponzoñosa gracias a quienes se han empeñado, por acción o por acusación, en hacer ver quiénes la querían y quiénes no. Con el cadáver aún caliente, con la noticia inesperada del infarto corriendo todavía el miércoles a zancadas de WhatsApp, dentro y fuera del Congreso se desataron muestras de ausencia de escrúpulos. Unidos Podemos no participó en el minuto de silencio que se improvisó en la Cámara Baja.

Sus diputados se largaron del hemiciclo. Pablo Iglesias y los suyos, entre los que está sumando méritos como sanchopanza principal Alberto Garzón -el de IU, suponiendo que ésta siga existiendo-, argumentaron que el acto constitutía un “homenaje político” que la trayectoria “marcada por la corrupción” de la exalcaldesa de Valencia y senadora no se merecía. Pero a quien se cree el más listo de la clase le salió el disparo por la culata. El resto del arco parlamentario tomó parte y Unidos Podemos quedó en evidencia, especialmente cuando el minuto de silencio fue respetado hasta por el gran enemigo de Barberá en tierras levantinas, Compromís, o por una fuerza independentista y de discurso agresivo como ERC. Joan Baldoví, del primero, llegó a declararse “consternado” por la muerte. Gabriel Rufián, de la segunda, explicó que “se trata de una persona fallecida y ante eso lo único que puedes hacer es sumarte al duelo”, así como que “sería injusto y poco elegante hablar de según qué cosas en un día como hoy”.


Podemos pretende vivir de golpes de efecto y en su último intento el único golpe es el que se ha arreado en la cara. Los morados parecieron adquirir conciencia de ello pronto porque sus pasos siguientes han sonado atolondrados, hasta el punto de contradecirse a sí mismos con el minuto de silencio que sus representantes sí guardaron en el Senado. Justificarse en que Barberá era senadora es una excusa obvia por no decir idiota, teniendo en cuenta que el boicot en la otra Cámara lo basaron en llamarle corrupta, sentenciándola sin que de momento hubiera resolución judicial inculpatoria. La otra salida, por la que ha optado singularmente fervoroso el quijote Iglesias, ha consistido en señalar que a quienes se les debe rendir recuerdos sordos en las Cortes es a las víctimas de la pobreza energética y a los obreros. El asiduo recurso a la demagogia forzado hasta la exageración, en busca de pulsar el botón mental de los correligionarios para que compartan obedientes su coartada y no cale en ellos lo evidente: que el partido que les prometió el cielo se ha equivocado. Que se ha pasado de frenada. Esta vez la tara morada no ha tenido que ver con el populismo ni con cuestión ideológica alguna sino con algo peor, la falta de educación. Podemos ha priorizado su estrategia por encima incluso de una muerte ajena, ciscándose en el mínimo respeto que debe imperar entre bandos dentro de la práctica política. Se ha sentido por encima del bien y del mal como cree sobrevolar el decoro básico quien eructa de forma sonora en una sala de espera compartida con más gente. Sus gases antes que nada. Para Podemos, su postureo antes que nada. Un minuto de silencio no va más allá de un gesto de pésame. Un homenaje a la trayectoria de un fallecido es, por ejemplo, lanzar proclamas desde un escenario adornado por el lema ‘Chávez vive, la lucha sigue’ y una fotografía gigante del anterior presidente-caudillo venezolano. Lo sabe bien Iglesias, ya que fue el del escenario.


La sigla de los círculos no ha sido la única en no dejar tranquila a Rita Barberá ni con su vida recién expirada. El PP, que forzó su salida después de que el Tribunal Supremo abrió una causa por supuesto blanqueo de capitales, se ha revuelto internamente entre voces que han criticado el abandono a quien resultó durante décadas uno de sus dirigentes insignia y voces que han denunciado una “cacería” externa política y mediática a la que fue sometida la exalcaldesa. Su muerte impide saber oficialmente si Barberá hubiese salido inocente o culpable, pues se archiva la causa sin pronunciamiento, pero ha colocado ante el espejo a un partido que la expulsó para que su caso no interfiriera en los resultados electorales gallegos y vascos. Lo ha reconocido el portavoz Antonio Hernando. El reloj de Génova marca la hora de las conciencias. Las malas y las peores.


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