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Padres felices, madres estresadas

Actualizada 18/10/2016 a las 10:56
La banda sonora de ‘Memorias de África’ suena muy bajita en la habitación de mi hijo pequeño, de 2 años, y ya no se oye ningún otro ruido. ¡Sí! ¡Por fin se ha dormido! Reprimo para mis adentros un grito de alegría no vaya a ser que se despierte el pequeño. Y su padre. Sí, sí. Porque todas las noches y siestas de guardar, padre e hijo duermen bien pegaditos en la cama de 90 centímetros (desde que el pequeño era casi un recién nacido) y siempre con esa melodía en el móvil que he llegado a aborrecer (¡con lo que me gustaba la historia de amor entre Robert Redford y Meryl Streep). “Le pongo siempre la misma música para que el niño la relacione con el momento de dormir”, me explicó mi marido cuando el pequeño tendría unos tres meses. ¡Y vaya si la relaciona! De hecho, cuando su padre está trabajando y soy yo la que ‘tengo que dormir al niño’ no hay artimaña que valga. Él quiere a su padre y su música (no basta con que se la ponga yo). “¡Qué tierna imagen!”, pensaréis imaginandoos a los dos muy juntitos. Pero no nos engañemos. Tierna es, pero también descansada. Porque mientras él duerme al niño (y se deja abrazar no solo por el pequeño sino también por los brazos de Morfeo), yo ya he recogido la cocina, he puesto el lavavajillas, he tendido la ropa en la cuerda del patio y hasta me he sentado en el sofá a escribir este artículo mientras escucho los ladridos del perro de los vecinos de arriba (no nos vamos a quejar, que ellos soportan los gritos de los tres niños). Porque ser padre es mucho más descansado y divertido que ser madre. ¡Dónde va a parar! A no ser que seas viudo o tu mujer esté de viaje de trabajo o de ocio (que todo puede pasar).

El caso es que acabo de leer en Facebook un artículo de esos que se hacen virales en los perfiles de madres y crianza en las redes sociales (porque no conozco a ningún padre que en sus ratos libres lea sobre ‘cómo sustituir los castigos de los hijos por consecuencias’, cuándo hay que introducir los alimentos sólidos en la dieta del bebé o qué ‘truquillo’ utilizar para quitar las manchas de rotulador de los polos blancos del colegio) y concluía que las madres disfrutan menos de sus hijos y están más estresadas que sus parejas. ¡Pues vaya conclusión más sesuda! ¿Para eso se necesita una tribu de científicos de la Universidad de Minnesota que han llevado a cabo un laborioso trabajo de campo al entrevistar a más de 12.000 padres y madres de todos los Estados Unidos? ¡Y digo yo que no hace falta semejante estudio para llegar a esa conclusión! Yo misma o cualquiera de mis amigas, compañeras o madres del colegio con las que hablo a diario habríamos vislumbrado mucho antes tan compleja tesis. Según el estudio, “las madres se ocupan de todo lo que implica responsabilidad mientras que los momentos de ocio recaen en los padres”. ¡Así cualquiera está feliz!

Los paseos en bici, los largos en la piscina cubierta, ir a pescar al río o a hacer surf en el mar, el ‘ring’ de boxeo en el que se convierte la alfombra del cuarto de los juegos o preparar cenas apetitosas con huevos y patatas fritas es mucho más gratificante que insistir a los niños en que se laven las manos llenas de mugre antes de comer la verdura, que recojan la mesa de la cocina, metan los platos en el lavavajillas, hagan la tarea del colegio u ordenen su habitación antes de ir a dormir. “Siempre tienes que fastidiarnos”, me espeta a menudo mi hijo mayor, de 10 años, mientras intento hacer oídos sordos para no deprimirme. “Eres una pesada. Lo chafas todo”, se anima su hermano, de 7. “Mamá ede mala”, pone la guinda el pequeño. Sí, hijos míos, mamá es muy mala pero no tanto como la madrastra de Blancanieves. He desarrollado una maldad especial y aunque os dé manzanas no están envenenadas. Solo busco que comáis sano, que no tengáis gérmenes en las manos para no cogeros cualquier virus o que la casa no se convierta en una pocilga (como lo era la cabaña de los siete enanitos antes de que llegara Blancanieves a poner un poco de orden entre tanto hombrecillo).

Una de las autoras de la sesuda investigación, la socióloga estadounidense Ann Meier, llega también a una interesante conclusión. "Cuando las madres están con sus hijos, generalmente se encuentran solas. Los papás, cuando pasan tiempo con los niños, es más probable que tengan a otros adultos cerca, que les ofrecen respaldo. Por eso están menos estresados”, apunta. ¡Por fin algo de cordura! ¡Eso es! Nosotras pasamos mucho tiempo solas con los niños y ellos… no tanto. Mi amiga Natalia me contaba el otro día, camino de la reunión del equipo de balonmano de nuestros retoños, que su marido se había quedado con sus tres hijas en casa y aquello parecía un drama. “La pequeña, llorando como una magdalena y agarrándome a la pierna, porque quería conmigo; y las otras, sin hacer la tarea. Pero seguro que si mi marido se agobia llama a su madre o a la mía para que vayan a echarle una mano con los baños y las cenas”. O aunque no pidan auxilio y se queden solos no se estresan lo más mínimo. Que los niños no quieren cenar, que no cenen. Que la casa está patas arriba y todas las toallas tiradas por el suelo del baño, ¡qué más da! No les molestan. Pero a nosotras sí, y mucho. Así que, cuando llegamos de la reunión, de trabajar o del supermercado y nos encontramos con la casa igual que si hubieran entrado a robar ponemos el grito en el cielo y la bronca en la tierra. Momentos de mucho estrés y poca felicidad”.

¡Yo también quiero sentarme en el suelo a hacer puzzles con mis hijos! ¡A leerles ‘Pinocho’ o ‘Moby Dick’ mientras gesticulo e imito las voces de Gepetto o del malvado capitán Ahab! ¡A tirarme con ellos por la alfombra y reírme a carcajadas”. Porque también sirvo para eso y no solo para reñir y echar sermones. ¿Qué os creíais? Y no, no me digáis que también puedo hacerlo. ¡Por supuesto que puedo! Lo que me pregunto es qué pasaría si me limitara a disfrutar y divertirme con ellos. Pues seguramente que cuando se levantaran a desayunar se encontrarían con media salchicha fría, los restos de un huevo frito o la tapa de un yogur en la mesa de la cocina, toda la ropa sucia por el suelo y nada de comida descongelada para ese mediodía. Aunque bueno, quién sabe, igual puedo dormirme abrazada a mi pequeño escuchando la banda sonora de ‘Memorias de África’ mientras algún duendecillo recoge los restos de la cena, saca las pechugas de pollo del congelador y pone otra colada en la lavadora. Quizás así, no tendría que volver a escuchar nunca más esa frase tan agradable de oír en cualquier momento del día o de la noche de “mamá, eres una pesada y siempre nos fastidias”.

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