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En el fondo del lago

Isabel González

Isabel González

Isabel González

Actualizada 18/10/2016 a las 10:55
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La semana pasada acabó la Feria del Libro Antiguo de Pamplona y la semana pasada tuve un sueño horrible. Una pesadilla. Me compraba un libro en la feria y me estafaban. ¡Incunable, incunable!, gritaba el vendedor. Yo me acercaba, me enamoraba de la maravillosa edición de 'El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha', pagaba trescientos euros y me hacía con la joya. Teniendo en cuenta que 'El Quijote' se publicó en el XVII y que los incunables preceden al XVI era evidente que me estaba engañando, pero quién no se aprovecha de un comprador dormido. En cuanto llegué a casa, abrí el ejemplar y se me descompuso en las manos. El maravilloso libro no consistía más que en un paquete de cereales desarmado que habían forrado con un trapo azul rancio y diez hojas amarillentas de periódico entre las cuales se encontraba la típica edición de bolsillo de 'El Quijote'. La normal. La de toda la vida. Quince euros. Me desperté de golpe, pasaron los días y olvidé el disgusto hasta la mañana que pasé por Mendillorri. Andaban vaciando el lago para limpiarlo, me acerqué por curiosidad y la curiosidad había atraído a mucha más gente. Niños y adultos sacaban fotos de todo lo que se extraía del lago. Cabeceras de cama, silletas de bebé, cascos, esquíes, siluros. Un espectáculo hipnótico hasta que un brazo se agarró a la valla que nos impedía el paso y el color de su chaqueta me sobrecogió. Poseía el tono, la textura y los remiendos exactos del libro mal forrado de mi pesadilla. Ese celeste apagado y sucio. Con discreción, atisbé su pelo blanco que tendía al matiz del papiro o de la prensa vieja. La geometría de las arrugas de su mano reproducía con exactitud las de mi Quijote. Olía a humedad o quizá era el lago. Lo miré a la cara, ya sin disimulo, y la vitalidad de sus ojos y de su semblante me gritó que le arrancara la chaqueta y las arrugas y la piel, que descubriera el ejemplar joven que fue, el fuerte, el niño. No le hice caso, y me contuve porque no está bien desvestir ancianos por la calle. Mientras los miembros del servicio de limpieza seguían extrayendo chasis, bicicletas, bolardos y tortugas, el hombre habló.

-Dichosa la gloria de quien elimine hierros o lágrimas o troque de hogar las bestias –dijo.

Quise contestarle que también iban a cambiar la válvula originaria por otra más accesible. Pero nadie quiere ser Sancho y me callé.

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