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El autobús del amor

Fernando Hernández

Fernando Hernández

Fernando Hernández

Actualizada 05/10/2016 a las 11:37
Tenía que pasar. Vemos demasiadas películas americanas. Hay días que podemos confundir el Baztan con Vermont, las Bardenas con Arizona y la Valdorba con Dakota del Sur y pensamos que la vida es lo que pasa entre dos partidos de béisbol o dos episodios de Los Simpson.

Pudieron leer la historia el martes de la semana pasada en la última página de este periódico. En un autobús entre Pamplona y Madrid, un joven entrega disimuladamente una nota a una de las pasajeras, una estudiante. En contra de lo que dicta el sentido común, no anunciaba que pretendía secuestrar el vehículo y llevarlo a Benidorm, por decir un sitio. No. Iba a proponer a su novia que se casara con él y necesitaba un cómplice que le grabase en vídeo mientras cogía el micrófono y soltaba su discurso. El jueves, en Cortes, el Diablo del Paloteado se salió del guion para pedir matrimonio a su novia. Hace algo menos de un año, otro chaval le propuso matrimonio a su novia con un vídeo en los cines Itaroa.

Así que parece que se extiende poco a poco la idea de que pedir matrimonio a tu pareja no es un acto privado, sino algo que hay que compartir, si es posible ante una audiencia cautiva a la que hacer pasar vergüenza ajena.

Porque, si a mí me pillan en una de esas, haría lo mismo que cuando empieza a oírse en un vagón del metro la consabida letanía de “es triste pedir, pero más triste es robar...” o sus variantes modernas. Mirar con mucho interés la pantalla del móvil (aunque esté apagado), analizar con aire experto una pequeña mancha o leer con detenimiento ese resumen del reglamento de viajeros que las empresas de transporte público colocan para ilustrar a sus pasajeros .

Un momento íntimo se convierte en un acto público. Es, curiosamente, un viaje de ida y vuelta. Hace un siglo, o poco más, todavía existía la costumbre de “ir a vistas”, que venía de los tiempos en que los novios se veían por primera vez, en un matrimonio arreglado, semanas o pocos meses antes de la boda. A principios del siglo XX lo normal es que los novios ya se conozcan, pero el noviazgo y la boda tienen un componente colectivo. Eso fue desapareciendo y el noviazgo se convirtió en un negocio privado de la pareja. Ahora, parece que se reivindica la diferencia entre novio y prometido.

Han llegado las propuestas de matrimonio espectáculo. Nos asaltarán. No podremos evitarlas. Iremos a los restaurantes con el temor de que, en la mesa de al lado, se levante alguien y se arrodille. En el autobús, miraremos a un lado y otro, intentando identificar un futuro prometido. Y miraremos al videomarcador del Sadar con la esperanza de que no hayan sobornado al encargado.

Si se empeñan en hacer un espectáculo tendrán que regirse por las reglas del gremio. Que ensayen. Que contraten guionistas. Y que digan, como en Cuando Harry encontró a Sally: “He venido aquí esta noche porque cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, quieres que el resto de tu vida empiece cuanto antes”.

Porque si nos convierten en su público, nos merecemos lo mejor.

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