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Opinión
CONCEPTOS ESPARCIDOS

'Patria', una novela luminosa

Fernando Hernández

Fernando Hernández

Fernando Hernández

Actualizada 30/09/2016 a las 13:07
Para un lector, una novela es viajar hacia lo desconocido. A otros lugares, a otros tiempos, a situaciones que no ha vivido o que no vivirá. Pero, muy de vez en cuando, un escritor derrama con una de sus obras una luz violenta, cegadora, sobre lo que nos está ocurriendo, sobre lo que nos acaba de ocurrir. Eso es Patria, la novela que acaba de publicar Fernando Aramburu sobre los últimos treinta años del terrorismo de ETA.

En 628 páginas, Aramburu cuenta la historia de dos familias del mismo pueblo, la de un pequeño empresario, que será asesinado por ETA, y la de su mejor amigo, cuyo hijo se integra en la banda terrorista. No son caricaturas. Son nuestros vecinos. Es un libro que nos introduce en la vida de personas anónimas a las que todos conocemos.

Porque, sí, conocemos de lo que habla. Lo hemos contado los periódicos, y ustedes lo han leído todos estos años. Y lo hemos hecho con el horror en la mirada. En los últimos años, proyectos como Vidas rotas, de Florencio Domínguez, o los Relatos de plomo que ha coordinado Javier Marrodán han servido para devolver la voz a las víctimas, para contar cómo las destrozó el terrorismo. Y, sobre todo, lo hemos vivido en nuestras calles.

Sin embargo, la ficción nos supera a la hora de construir el relato. Patria se lee con el asombro constante de repetirse: “esto era así, esto era así”. Las manifestaciones casi como deporte, las pintadas amenazadoras, el desprecio a las víctimas, la xenofobia apenas disimulada, la huida del pueblo, el ‘algo habrá hecho’, las bombas, el tiro en la nuca, el chantaje, el adoctrinamiento, el silencio, la cobardía. La cobardía.

También, en un plano distinto, los malos tratos, las torturas, la dispersión. Aramburu no cede a la tentación de la equidistancia, ni a la de centrar la novela en los (inexistentes) problemas morales de los asesinos. Es una novela sobre el impacto del terror en nuestras vidas.

Aunque los estadounidenses tenían en 1852 la esclavitud delante de sus narices, y se habían publicado relatos en primera persona de esclavos huidos que explicaban el sufrimiento de su vida, fue La cabaña del tío Tom la que dio un impulso definitivo al abolicionismo, hasta el punto de que se considera decisiva en el camino que llevó a la Guerra de Secesión. De una forma similar, en 1961, cinco años después de la muerte de Stalin, Alexander Solzhenitsyn publicaba en la revista literaria Novy Mir la novela Un día en la vida de Iván Denísovich. Sus compatriotas soviéticos conocían los campos del Gulag: millones de personas habían pasado por ellos, millones habían muerto en ellos. Pero fue este libro el que les hizo cobrar conciencia de lo que había ocurrido durante treinta años.

Patria merece un destino semejante. Merece sacudir nuestras conciencias. En un momento del libro, uno de los personajes decide no cerrar una puerta para que sus hijos sean conscientes de un atentado: “Que oigan, que se enteren, que sepan en qué país les ha tocado crecer”. Patria sirve para mantener una puerta abierta por la que sigue llegándonos el dolor y la injusticia del terrorismo de ETA. Para que no se nos olvide que todo lo que cuenta pasó. Y pasó aquí.

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