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Los hijos son un vaso de leche contra la úlcera

Minusvaloramos historias como la del chaval de 19 años que esta semana medió en Villava en una pelea. Una trifulca de la que muchos adultos hubiéramos huido

José Murugarren

José Murugarren

José Murugarren

Actualizada 23/09/2016 a las 11:03
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L EO esta semana en el periódico el espectáculo mediático que ofrece una pareja que tuvo que entregar a su madre biológica a un niño de 4 años acogido en preadopción para cumplir una orden judicial. Los padres adoptivos acudieron rodeados de una procesión de amigos. La madre lloraba incontrolada e inconsolable delante de una nube de periodistas y, aún más terrible, ante el hijo cuya protección tiene confiada. En su desolación gritaba que el niño era suyo. Incluso cuando tuvo un momento de cierta serenidad enseñó sus miedos: “Temo que se olvide de nosotros”, confesó. La madre biológica escribía al día siguiente una carta explicando las circunstancias de un embarazo a los 14 años que llevó a la institución que la tutelaba a ceder a la criatura. Leyendo las razones de una y de otra me asalta el convencimiento de que estos sucesos tan difíciles de la historia personal de cada uno deberían ventilarse con discreción. No por los padres adoptivos ni por los biológicos, que a cada uno asisten derechos y razones, sino por los hijos.

SIEMPRE PIERDEN LOS MISMOS

Los abogados y la justicia reclaman que el bien a proteger es el niño pero el ruido y el resultado siempre perjudican al menor. Gane quien gane el litigio en los tribunales, sean los padres adoptivos o la madre biológica, quien pierde es el inocente. Las secuelas de este drama representado en la calle y escenificado en los medios de comunicación los padecerá un ser humano de cuatro años. Los padres sacan pecho y aseguran que lo hacen por el niño pero por quien realmente han puesto todo en marcha es por ellos mismos. Es como si un hijo cubriera una especie de hueco emocional abierto en el alma y disponer de la patria potestad sobre una criatura permitiera mitigar el dolor que produce ese agujero. El mismo efecto reconfortante que procura un vaso de leche en el estómago de un enfermo de úlcera.

En el oficio de la paternidad estamos acostumbrados a relatar la experiencia de los hijos como si fuera un sacrificio. El periodismo y la psicología han contribuido a dibujar a estas criaturitas como a un grupo de guerreros que entran a caballo en el corazón de sus padres para transformarlos en una especie de territorio dominado sobre el que los hijos aposentan exigencias y necesidades que atender. Una vez allí no es que ocupen el espacio, es que colonizan las mentes y las almas de sus progenitores. En ocasiones sin embargo, las situaciones de disputa por los hijos desvelan una cara de padres que nada tiene que ver con la preocupada resignación del colonizado. La feroz competencia afectiva por el cariño de los hijos es una de esas circunstancias. A veces son padres separados. Otras, parejas en las que cada miembro persigue por su cuenta el favor de los niños. Y también padres biológicos y adoptivos, como en este caso, que litigan en los tribunales. En las complicadas aguas de la paternidad (y maternidad) los libros recogen casi siempre problemas, subrayan la entregada dedicación de padres y madres y observan a los chavales como una fuente de inquietud e ingratitud. Aparece minusvalorada la categoría personal de muchos. Recuerdo esta misma semana la valentía de hijos como el joven de 19 años que en Villava tuvo el arrojo de mediar en una pelea. Un chaval que acaba de estrenar la mayoría de edad con la insensata madurez de haberse metido entre las bofetadas que se repartían otros dos jóvenes de parecida edad a una hora de la madrugada en que el último sentido que rige entre los seres humanos es el común. Una trifulca de la que muchos adultos hubiéramos huido y él ha salido con fractura en un brazo y pérdida de un diente.

Será que los libros los escriben los adultos y como recordaba esta semana el psicólogo Luis Arbea si hay un recurso que utilizamos para nuestra propia estabilidad emocional es engañarnos. Pero habrá que empezar a ser conscientes, como recomienda Arbea, de que nada para acercarnos a lo auténtico como admitir las propias debilidades. Aunque lo hagamos a solas y poniendo al espejo como único testigo.

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