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Opinión
Crónicas de asfalto

Eurovallas

Actualizada 23/09/2016 a las 11:03
En serio, ¿la historia se repite? ¿O somos nosotros los empecinados en repetirla? Llama la atención el paisaje de esta Europa del siglo XXI, embarcada en la clasista tarea de sembrarse a sí misma de vallas -Reino Unido (Calais), Austria, Hungría, Turquía, España…-, un estúpido eufemismo de los muros puros y duros. Queda mejor hablar de vallas, claro está, no vayamos a mezclar aquel vergonzoso muro de los putos rojos comunistas con estas vallas democráticas, cuya etiqueta de fabricación ya especifica claramente la tarea de preservar las condiciones de vida de los pueblos mejor dotados, bien por el destino, bien por la rapiña colonial, que de todo hay. En detrimento de los pringaos. Lástima que tanto en unas como en otros-vallas y muros-, el objetivo sea el mismo, es decir, dejar que los pobres sigan siendo pobres de marca y etiqueta visible, y que la libertad se cercene lo mismo por la imposición de un régimen político que por la boca, vale decir por el derecho a no comer.

Pero algo ha cambiado. Ya no hay gritos progres ni indignación liberal por cuanto supone la mejor demostración de que el campo sí admite que le pongan vallas. A fin de cuentas, nuestros estados de derecho merecen arrogarse la chulería de ser únicos y en absoluto necesitar de invasiones que, con apariencia de pacíficas, nos quieren arrebatar el plato de la mesa o, lo que es peor, implantarnos unas culturas tan ridículas como ir a la playa tapados de ropa hasta las trancas o postrarse mirando al sol naciente. Ya tenemos aquí nuestras autóctonas curiosidades, suficientes, ya somos nosotros la esencia de nuestra propia sal, así que vamos a preservarla por encima de todo, que tiempo habrá para denostar los nacionalismos excluyentes… de los demás.

Porque, desde luego, creerse superiores al resto de culturas, religiones o hábitos de diferente signo…, eso no es nacionalismo casposo, eso no es mirar por encima del hombro ni alimentar un sentimiento de supremacía, qué va, nosotros nos limitamos a ser quienes somos y no queremos interferencias de ningún tipo, y mucho menos las que pretenden socavar nuestros cimientos tradicionales. Hay que colocar vallas, que no nos contaminen. Luego ya pondremos a parir a Trump y su indecencia alienante, y hablaremos largo y tendido de un mundo global e interconectado, pero, oiga, cada uno en su lugar: una cosa es Schengen y otra el libertinaje –eterna coartada- y si les ha tocado ser pobres, vivir en la dinámica impuesta por los sátrapas de sus países, mala suerte, compañeros.

Y, dónde va a parar, aunque las vallas no salgan gratis, no se puede ni intentar comparar su coste, asumible, con esforzarse en hallar soluciones que lleven a un reparto más equitativo. Entre la pachorra de los obesos o abrir una puerta a impartir justicia, así sea de la de comer dos veces al día, no hay ni color. Además, lo tenemos a huevo para ir colocando las vallas que hagan falta: los manipuladores y fabricantes de pobres, al otro lado, ya nos dan argumentos suficientes para poner los cedazos precisos y evitar que entre tanto necesitado se cuelen los radicales unidireccionales y monopensantes cargados de metralla. Con ese argumento, no hay democracia ni constitución que no ampare la proliferación de los muros llamados vallas.

Venga, pues, esa Europa de las vallas, sin rubor; venga el continente de los muros o como cojones quieran llamar a unas y otros. No importa el nombre, importa su función, la de frenar la avalancha de necesitados, de refugiados. Aquí sólo podemos daros consejos, eso sí, consejos que os van a ser muy útiles: la próxima vez que nazcáis, hacedlo a este lado.
De la valla.


(Dicho lo dicho, mea culpa por conocer de primera mano lo fácil que es criticar y cuán complicado resulta hacer algo de provecho ante este ingente problema de migración).

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