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Opinión
ANÁLISIS

Ahora lo llaman “cambios de ritmo”

Actualizada 11/09/2016 a las 19:05
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Ya estamos en un nuevo curso político con las mismas colas de paro, unas pobladas listas de espera, con destituciones y dimisiones incesantes en Salud, con la cúpula de Educación hecha unos zorros, una gestión del servicio de bomberos para llorar, una Policía Foral que se asemeja mucho a una bomba de relojería y la sustitución de la portavoz del Ejecutivo. Pero nada de esto tiene que ver con ninguna crisis para este gobierno de Barkos, dedicado a tiempo completo en su primer año de vida a la planificación y reflexión.

El año que lleva el consejero Mendoza al frente de Educación es para nota. Como colofón a las vacaciones de verano ha decidido dar por amortizados a los dos directores generales del departamento, amén de la decena de altos cargos y jefes intermedios que han tomado las de villadiego voluntariamente en vísperas del inicio del curso escolar. Esta “no crisis” según la exportavoz Ollo, podía haberla resuelto la presidenta Barkos invitando al consejero Mendoza a dejar el cargo, tras darle las gracias por los servicios prestados, pero ha preferido mantenerlo al frente del área y desmantelar la cúpula directiva. Quieren cambiar los “ritmos”, dicen, porque seguramente no han sido lo suficientemente contundentes con el asedio al PAI o muy lentos en el avance del euskera.

Tampoco en el departamento de Salud los responsables observan crisis alguna en su seno, pero el goteo continuo de destituciones por “falta de confianza” y de dimisiones a petición propia por no compartir la gestión que se está realizando en los últimos meses muestra un desbarajuste que, para ser justo, en este departamento viene de muy atrás. Se cuentan por decenas los profesionales sanitarios que han manifestado su oposición a determinados cambios realizados sin contar con ellos y que a su juicio agravan la situación del Complejo Hospitalario de Navarra. El consejero Domínguez se estará dando cuenta de que no es lo mismo predicar que dar trigo, que disminuir las listas de espera no es algo voluntarista, que las derivaciones de pacientes a centros privados no es una cuestión ideológica o que hasta las denostadas peonadas se hacen necesarias en determinados momentos. Y para que dejen de marear con la herencia recibida, que ya cansan, acaba de hacerse público un informe de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública en el que se constata que el anterior gobierno, el de los recortes sociales, dejó a Navarra con los mejores servicios sanitarios de toda España.

Y qué decir del departamento de Presidencia e Interior. La consejera Beaumont, la misma que tras dimitir la cúpula de bomberos calificó el relevo de “ordenado y transparente”, acaba de decir que la actuación en el incendio ya extinguido de la Zona Media fue “impecable”. Pues bien, nada que ver con el criterio de bomberos y efectivos de seguridad que denunciaron una situación “caótica” por la “falta de coordinación” en los primeros momentos. Pero para quilombo, el que tiene la Policía Foral por mor de una ley foral que sube el sueldo de no se sabe cuántos agentes (cada semana cambia la tabla de salarios) a costa de bajárselo a otros compañeros. Después de que una treintena de mandos hayan presentado su dimisión, cabría esperar de la consejera algo más que una reprimenda a los comisarios e inspectores del cuerpo.

En sólo un año, este gobierno ha logrado tener cabreada a media administración. ¿Se acuerdan de aquellas promesas de reducir el número de altos cargos, de los procesos de mérito internos para acceder a las jefaturas, del fin de la endogamia y de los amiguismos...? ¿Y se acuerdan de que los funcionarios navarros son los únicos de ese país que siguen sin cobrar parte de la paga extra que se les adeuda?

Esta misma semana la presidenta Barkos ha decidido el cese de Ana Ollo como portavoz del Gobierno con justificaciones tan variopintas como la excesiva carga de trabajo del departamento de Relaciones Institucionales o la búsqueda una mejor comunicación con el cuatripartito. A mí me suena a una operación marketiniana de lavado y centrifugado para vender sus “cambios de ritmo”.
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