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​¿Sería posible un Donald Trump español?

​¿Sería posible un Donald Trump español?

Fernando Remiro.

21/04/2016 a las 06:00
Las primarias del pasado martes en el estado de Nueva York son el comienzo de la recta final del complejo sistema de elección de los candidatos demócrata y republicano a la Casa Blanca. Han sido dos apasionantes meses de votaciones en 39 estados y territorios (todavía quedan 21 citas hasta el 14 de junio) protagonizados por la inevitable consolidación de Donald Trump como probable e inquietante ganador en el lado republicano.

Megalómano, cáustico y arrollador, Donald Trump es mucho más que una anécdota colorida en la ya de por sí exótica política estadounidense. El triunfo de Trump demuestra la desconexión de una buena parte de los votantes republicanos con el aparato del partido, incapaz de responder a unas bases cada vez más radicalizadas que no se conforman con el sonoro puñado de extremistas que han conseguido colocar en el Congreso. Donald Trump es una respuesta esperpéntica a un problema real: una sociedad cada vez más llena de miedo e incertidumbre sobre el futuro y una clase trabajadora tradicional arrollada por la desindustrialización.

Pero además de las causas sociológicas de su éxito, todavía por explorar a fondo, es interesante analizar cómo es posible que un candidato tan excéntrico, tan fuera del control del aparato del partido, esté a punto de hacerse con la nominación. Prácticamente nadie en el establishment republicano quiere a Trump (sólo ha recibido el apoyo público de un senador, un puñado de congresistas y tres gobernadores) pero son incapaces de frenarle porque el sistema de elección de líderes es lo suficientemente abierto y flexible para acomodar un terremoto ideológico de esta magnitud.

Al aparato del partido no le faltan elementos de control del resultado y el sistema parece diseñado para ir eliminando a los candidatos más radicales. El dilatado calendario de votaciones, estado por estado durante 5 meses, exige resistencia y recursos a los candidatos, por lo que el apoyo del partido suele ser crucial. La mayor parte de votaciones, además, son primarias (votaciones en urna), que suelen favorecer a los candidatos con más recursos económicos o con una mayor proyección pública, porque el votante decide basándose en la información previa que obtiene a través de los medios de comunicación o de la propaganda electoral. Los caucus, que por su carácter asambleario pueden favorecer a candidatos más alternativos pero con una base de voluntarios motivada, sólo se celebran en una minoría de estados. En el caso republicano, además, muchos estados eligen a sus delegados por sistemas mayoritarios (el ganador se lleva todos o la mayoría de los delegados), cortando de raíz las posibilidades de candidatos minoritarios.

Y sin embargo Trump, que financia su campaña con su inmensa fortuna personal, ha superado estas barreras y paradójicamente las ha aprovechado en su favor: el calendario escalonado le ha servido para ir afianzando su imagen de candidato plausible, ante un aparato que no ha reaccionado a tiempo para frenarle; ha ganado en la mayoría de las primarias (cediendo en muchos caucus); y ha consolidado su ventaja con sus victorias en estados con sistema mayoritario, como Florida. A estas alturas, siempre que Trump no supere la barrera de los 1.237 delegados, el aparato sólo podría frenarle con una inédita (y seguramente incendiaria) maniobra en la Convención de Cleveland en favor de un candidato alternativo, con la consiguiente peligrosa alienación de las ya iracundas bases del partido.

El caso de Trump dibuja un proceso que cuesta imaginar en España: un millonario altisonante hackea los métodos de selección de candidatos de un partido mayoritario para hacerse con la nominación sin que la cúpula del partido pueda hacer nada. ¿Por qué sería institucionalmente imposible un Donald Trump español?

Los partidos demócrata y republicano son más plataformas electorales que partidos políticos al estilo europeo: organizan las reglas del juego para la competición de políticos individuales por obtener los puestos de candidato, pero no tienen una estructura centralizada (en el fondo son un eco de un sistema político federal y muy basado en la representación individual). En España los partidos -por una mezcla de motivos entre los que merece la pena destacar la herencia de la clandestinidad, cuando se consolidó en el imaginario un modelo de partido de militantes comprometidos y estructura jerárquica- son aparatos centralizados (más de lo que cabría esperar en un sistema casi federal), con un número pequeño de militantes, y un control férreo sobre todos los aspectos ideológicos y organizativos.

Por ello en España los mecanismos de selección de líderes políticos dejan poco espacio a la sorpresa. Aquí hice un repaso a cómo seleccionan a sus dirigentes los partidos navarros, y la situación es similar a nivel español. El PP elige a sus ejecutivas y a sus candidatos en convenciones de compromisarios normalmente poco competitivas, con una sola lista decidida de antemano. El PSOE mezcla el método de congreso de delegados, elegidos por las agrupaciones locales, que votan entre varias listas o candidatos; con el método de primarias para elección de candidatos y, como novedad reciente, del secretario general. Los nuevos partidos como Podemos o Ciudadanos han optado desde el principio por el método de primarias, pero con unas reglas que han limitado mucho la competición, aunque aún es pronto para ver cómo organizarán las pugnas por el poder en el futuro.

Los partidos españoles tienen mucha menos flexibilidad que los estadounidenses para acomodar elementos extraños y dejan claras dónde están las fronteras de pertenencia al partido. El mejor camino para ser un dirigente del partido es ir escalando en la jerarquía desde un puesto de responsabilidad local o autonómico. Por ello PP y PSOE fueron incapaces de asumir dentro de sus estructuras de competición interna las nuevas corrientes políticas que estaban cristalizando. La crisis del bipartidismo es también la crisis de un sistema de gobierno interno de los partidos tradicionales, incapaces de reaccionar a tiempo. Rajoy se presentó a las elecciones de 2011 después de haber perdido dos veces en las urnas y sin que nadie le desafiara oficialmente en el congreso de 2008 después de su segunda derrota ante Zapatero. En la mayor crisis de su historia en 2011 el PSOE eligió como candidato a Rubalcaba, un veterano del último felipismo, y lo eligió secretario general en 2012 después de la debacle electoral.

Ambas trayectorias muestran el mismo fenómeno: la rigidez interna impide la adaptación de los partidos a las nuevas realidades sociológicas y electorales. La inflexibilidad de los métodos de selección de líderes es una de las causas de la implosión del sistema de partidos de la transición. En EEUU un cambio sociológico del electorado se resuelve, no sin conflictos y desgarros, con la aparición de candidatos heterodoxos pero viables en sus propios partidos. Las primarias son en EEUU un vehículo institucional, la correa de transmisión de un fenómeno sociopolítico. En España, sin embargo, la quiebra social producida por la crisis sólo ha podido acomodarse políticamente a través del surgimiento de nuevos partidos.

Entonces, ¿sería posible un Trump español? La rigidez interna de los partidos y las limitaciones a los sistemas de primarias en España hacen difícil que un candidato tan marginal ideológicamente fuera elegido por uno de los grandes partidos. Alguien como Trump sólo sería posible en un nuevo partido que quedaría relegado a los extremos del sistema político, lo que dificultaría su viabilidad electoral. En principio es bueno que un sistema de partidos se proteja de candidatos oportunistas y extremistas como Donald Trump, pero la falta de democracia interna de los partidos y sus estructuras excesivamente jerárquicas pueden ocultar movimientos ideológicos del electorado que es esencial detectar y comprender.

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