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Opinión
crónicas de asfalto

​Hola, ¿quién soy?

Francisco J. Zudaire.

Francisco J. Zudaire.

Actualizada 17/04/2016 a las 08:17
Me conozco, afirman algunos con excesiva alegría, sin que expliquen qué significa conocer no sólo las interioridades sino destapar con conocimiento de causa la proyección al exterior.

He tenido que esperar demasiado tiempo para saber cómo soy, y ha sido un viaje concluido en balde. Me siento víctima -esto se lleva mucho- de haber aplicado mal, por desconocimiento, ese nosce te ipsum que debía abrirme las puertas de mí mismo. Otro defecto más de una educación empecinada en aparcar la aventura del saber y en desplegar sus armas correctivas a diestro y siniestro. En todo caso, jamás abundaron, ni de pasada, en la virtuosa necesidad de mirar hacia adentro de cada cual. Y, así, yo tenía una idea, al parecer, vaga y equivocada de mí, porque me centré en la superficialidad, y me bastaba mirarme en el espejo para que, indefectiblemente, me naciera la misma exclamación: ¡Madre mía!, y que cada cual lo interprete como le plazca.

Pero era, en todo caso, una visión parcial, una apreciación tremendamente subjetiva y en absoluto profunda. Si hubiera sido más listo, me habría dado cuenta antes de que, para conocerme, necesitaba a los demás, al sector crítico, que es gente con capacidad de juzgarte, echando mano de la perspectiva, y hasta de abrirte las entrañas. Tú te vas formando una idea que, al final, nada tiene que ver con la imagen percibida desde el otro lado: haría falta salirse del propio cuerpo, un viaje astral, y observarse desde cierta distancia, física y mentalmente, para concretar o afinar un poco más, pero, como eso no es posible, es preciso abandonarse en el criterio de otros.

No sé cómo pude despreciar la capacidad de los demás en juzgarme, cuando tenía la suerte de vivir en un país donde en todos anida un juez y cualquiera se cree especialista en ponerte a parir; lo ignoro. Gracias, pues, al sector crítico ya me voy haciendo una idea -algo me temía- y sé que soy incomprensible, exagerado, cínico, irónico, soberbio, vanidoso, cascarrabias y algunas otras perlas más que vienen al caso. Todo un compendio de cualidades que, si fueran chatarra, permitiría la fabricación de un monstruo de feria (lo estoy viendo).

Esos reproches y otros más personales te van dibujando otra imagen tuya más realista. ¿Seguro? He ahí donde nacen las dudas, pues si mi propio subjetivismo me impide decidir cómo soy realmente, ¿por qué he de confiar en una visión exógena, posiblemente también condicionada por mi imagen, por un gesto o por la sencilla y simple mala leche de los demás?

Admitiría como catarsis que me pusieran a caer de un burro, me parece positivo, porque eso abre infinitamente el campo de las mejoras; es decir, tengo un universo por delante para avanzar. Brillante futuro el mío. Pero, ¿y si están nadando en la equivocación y me pongo a mejorar sin necesidad?, ¿quién me abona el esfuerzo y compensa mi mal rato? ¿Dónde está escrito que no debo ser como soy? La cuestión es que no veo, en absoluto, cómo puede uno llegar a conocerse de manera ajustada a la verdad, dado que las opiniones son siempre interesadas, distorsionadas, para bien o para mal, y si uno se revela superficial a la hora de establecer un juicio sobre sí mismo, ¿qué no diremos de una sociedad que ha dado en vivir a caballo de los estereotipos?

Lo sé, llevo planteadas demasiadas preguntas sin respuesta y eso me obliga a coexistir junto a un desconocido: yo. Por eso, no es de extrañar que, después de esta incursión sin éxito, prosiga, al mirarme en el espejo, con mi vieja reflexión y exclame: ¡Madre mía!

Y que cada cual.., etcétera.

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