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Entrevista
presidente de Bodegas Inurrieta

Juan Mari Antoñana: “Con 12 años me escapaba del cole para ir a pisar la uva”

Hace 51 años dejó su pueblo, Puente la Reina, para ir a Pamplona a fundar lo que sería Súper Mabo. Hoy preside Bodegas Inurrieta. Juan Mari Antoñana recogerá el martes el Premio a la Trayectoria Empresarial de la Cámara de Comercio

Juan Mari Antoñana, Premio Cámara Comercio a la Trayectoria Empresarial, en las Bodegas Inurrieta, en Falces, que preside.

Juan Mari Antoñana, Premio Cámara Comercio a la Trayectoria Empresarial, en las Bodegas Inurrieta, en Falces, que preside.

Actualizada 19/12/2017 a las 19:51

A los doce años pisaba la uva en la bodega de Puente la Reina de su abuela, Graciana o Engracia Bujanda, depende de quien le llamara. A los 75 años preside la de Inurrieta, que vende dos millones de botellas al año y el 35% lo hace fuera de nuestras fronteras. Ese es el principio y el presente de la historia de Juan Mari Antoñana Latienda (Puente la Reina, 1939). Entre un tiempo y otro, toda una historia de éxitos profesionales con una actividad que, curiosamente no tiene que ver con el vino y sí con su apellido materno (Latienda). Porque Juan Mari Antoñana fue durante mucho tiempo asociado al ‘súper del barrio’, como se conocían por su proximidad las tiendas con la marca Súper Mabo, propiedad de la empresa familiar Nekea. Después de vender la cadena en 2002, se zambulló en el proyecto de la bodega, que es su gran ilusión. Tiene una hija, Cristina Antoñana Azcona, y cuatro nietos, ya universitarios. La Cámara de Comercio ha tenido en cuenta toda esta vida profesional para concederle el premio por su Trayectoria Empresarial 2017, galardón que está previsto que recoja el próximo martes. Un premio que sumará a otros, como al de Empresario del Año que ya recibió en 1996 por la revista Negocios en Navarra y la CEN.


¿Qué hay antes de Súper Mabo?

Nací en una familia eminentemente agrícola en Puente la Reina. Mis padres, Andrés Antoñana Bujanda y Andresa Latienda Asiain, tuvieron tres hijos. Yo soy el mayor y me siguen Antonio (al que paso seis años) y Araceli (11 años más pequeña). Entonces se iba a la escuela hasta los 14 años, para, después, poder trabajar con el padre en el campo. A todos nos tocaba ayudar en la agricultura. Teníamos regadío, viñedo y cereal. Recuerdo perfectamente, cuando tenía 18 años, que compramos el primer tractor. Era de segunda mano y, a los dos años, adquirimos uno nuevo, un ‘nuffield’. Así cogimos más tierras y, ya con 24 años, compramos una cosechadora entre tres vecinos.

¿De dónde le viene su espíritu comercial?

Le acompañaba a mi padre a vender la cebada, las alubias, el vino... a Pamplona. Mi abuela tenía una bodega en Puente la Reina con cubas de cemento y allí me escapaba, cuando tenía 12 años, en cuanto podía del colegio para ir a pisar uva. Me encantaba.

Así que la actividad bodeguera ya venía de su familia.

Mi abuela procedía de una familia eminente, pero se quedó viuda joven con ocho hijos. Tuvo que afrontar la situación y dar cara a todo. A mi padre le dejó tierras.

¿Cómo fue el cambio del campo de Puente la Reina a Pamplona?

Yo me eché una novia de Pamplona, nacida en la calle San Antón, Pilar Azcona Azanza (fallecida hace más de 20 años). Era familiar de una vecina y un día vino a mi casa con ella. Se me ocurrió decirle: “¿Y qué? ¿No vas a venir más veces?” Y vino, sí, a una Primera Comunión. Estuvimos de novios tres años hasta que me casé con 27. Ella tenía 26. Antes de casarnos, un día, paseando por el barrio de San Juan, mi mujer, entonces, novia, me dijo: “Aquí”. Era un local para poner una tienda. Ella participó mucho en la búsqueda de locales para poder vivir en Pamplona. Yo no sabía cómo decirle a mi padre que quería casarme e irme a Pamplona a vivir y poner una tienda.

Y, ¿cómo lo hizo?

Un día, en el campo, a la hora de almorzar, con la longaniza y la sartén como era costumbre, cuando estaba yo a solas con mi padre, porque mi hermano estaba en la mili, le dije: “Te tengo que decir una cosa. Voy a dejar el campo porque voy a poner una tienda en Pamplona”. “Eso ya me gusta”, me contestó. Se me abrió el cielo, no me lo podía creer. Pensaba que se iba a enfadar y fue al contrario. “Te ayudaré todo lo que pueda”, me añadió. Mi padre siempre nos inculcó que, hiciéramos lo que hiciéramos, que siempre fuera algo para nosotros. Así que nos casamos en 1966 en la parroquia de San Francisco Javier y al mes abrimos una tienda en la calle Pico de Orhi en un local de 50 metros cuadrados, cuyo alquiler nos costaba 4.500 pesetas al mes, que era mucho para nosotros.

¿Cómo sabía llevar una tienda?

Porque fue una franquicia de Spar, que tenía la central en Zaragoza, y se encargaba de todo.

¿Cómo fueron los inicios?

Comenzamos mi mujer y yo. También venía mi hermana a ayudarnos. Era francamente duro. Recuerdo que nos hacía falta una furgoneta, que valía 90.000 pesetas, y no teníamos dinero. Mi padre ya nos había dado todo lo que podía. Mi suegro nos prestó 25.000 pesetas y el resto, con letras.

¿Dudó en algún momento del acierto de haber dejado el campo?

En algún momento pensé que para estar así igual era mejor no haber dejado el tractor. Pero ya con la furgoneta me sentí importante, podía llevar todo fresco a la tienda. Empezamos a competir muy bien. Hasta que surgió la oportunidad de comprar la tienda de Echavacoiz, la segunda. Dejamos Spar y nos metimos en la cooperativa SECU (que hoy es Coviran). Mi hermano y hermana trabajaban con nosotros y éramos propietarios. La tercera tienda fue en la calle Bergamín y ya metimos carnicería. Fue el primer Súper Mabo, en 1975, que era el nombre comercial. La empresa era Nekea. El lema era “mejor y más cerca de ti”. Entre 1980 y 1990 tuvimos un crecimiento fuerte, vendimos las tres primeros y fuimos cogiendo locales a partir de 700 metros cuadrados. Llegamos a tener hasta 22 supermercados con 20.000 metros cuadrados de superficie de venta. Contábamos también con un almacén, en Esquíroz, de 13.000 metros cuadrados, además de cuatro ‘cash and carry’ para venta al por mayor, en Pamplona, Lasarte, Tolosa y Vitoria. En total, teníamos 650 trabajadores.

¿De dónde venía el nombre de Súper Mabo?

Fuimos probando letras nosotros mismos, fue producto del azar. No fuimos a ninguna empresa especializada como se hace ahora para buscar nombre.

Y llegó el momento de vender.

Era 2002 y llegó Caprabo, nos ofreció la compra y en diez días se hizo la operación.

¿No era una forma de rendirse a las grandes superficies, contra las que habían luchado?

El negocio ya se nos hacía demasiada carga para nosotros y veíamos que el mundo de la distribución cambiaba a pasos agigantados. No nos veíamos capacitados para ir a otras provincias. Era el momento adecuado, la empresa estaba en su punto álgido, no vendimos porque la empresa estuviera mal, al contrario.

¿Se vendió para invertir en Bodegas Inurrieta?

No tenía que ver una cosa con la otra. Vino la oportunidad de venta y vendimos. Antes, en 1999, mi hermano había comprado 50 hectáreas en Falces. Se fue comprando más y entramos los otros dos hermanos para hacer la bodega, que se construyó en 2002.

¿Por qué una bodega?

Porque la afición por el vino nos viene desde que éramos chavales. Hasta los 27 años estuvimos vinculados al vino.

 

Dos millones en ampliar Bodegas Inurrieta


Bodegas Inurrieta, en Falces, ha ampliado sus instalaciones este año. Para ello ha invertido dos millones de euros para añadir 900 metros cuadrados a la bodega que se construyó en 2002. Ha supuesto ampliar la capacidad en un millón de botellas de vino más. El resultado es una bodega con 8.500 metros cuadrados construidos en una parcela de 35.000 metros cuadrados y una capacidad de casi 6 millones de botellas. Actualmente, Bodegas Inurrieta vende dos millones de botellas al año, “así que todavía tenemos recorrido para crecer”, dice su presidente, Juan Mari Antoñana. Para este empresario, aficionado al mus y a la cocina, la bodega, dirigida por su sobrino Tomás Antoñana Ros, hijo de su hermano, es su “gran ilusión”. “Yo ahora la disfruto. He trabajado durante 35 años, me levantaba a la seis de la mañana y llegaba a casa a las diez de la noche”, dice este empresario que, confiesa, nunca pensó llegar a donde está hoy. Se ve que ha hecho caso a su padre: “Ni restes ni dividas. Y si puedes suma y multiplica”, le decía con 14 años. “Yo no he estudiado. Las cuatro reglas que nos enseñaban entonces. Hay cosas que no se hacen con los estudios, Yo he visto siempre en mi casa cómo se compraba y se vendía”, dice, orgulloso, mientras recuerda que se sabía de memoria los precios de los 600 productos que vendía en sus tiendas.

Bodegas Inurrieta


Origen: 1999 José Antonio Antoñana compra 50 hectáreas en Falces. La bodega se construyó en 2002.
Actividad. Producción de vino, con la marca Inurrieta.
Extensión y ubicación. La bodega ocupa 8.500 metros cuadrados construidos, en una parcela total de 35.000 metros cuadrados. Los viñedos ocupan una extensión de 260 hectáreas , todas en propiedad, en Falces. El viñedo más lejano está en diez minutos de la bodega.
Variedades: Seis tipos de uva: sauvignon blanco, cabernet sauvignon, merlot, garnacha, syrah, graciano.
Producción: dos millones de botellas al año.
Exportación: 35% a 20 países.
Capacidad. Depósitos de acero inoxidable: 3 millones; barricas de roble: un millón de litros; botellas: un millón. Capacidad total: 4,7 millones de litros. La última ampliación, de 900 metros cuadrados, hecha en este año, supone un millón de botellas más de capacidad.
Trabajadores: 28 en bodega y entre 8 y 10 en los viñedos, más 40 en las campañas (poda...)
Propiedad: Empresa, fundamentalmente, familiar. También es socio José Antonio Arriola.

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