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Torero, hasta partirse la cara

  • Una cogida le provocó a Israel Lancho traumatismos y la pérdida de dos dientes

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Torero, hasta partirse la cara

Israel Lancho sangrando por los labios tras la cogida ALBERTO GALDONA

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Actualizada 20/08/2011 a las 01:01
  • MARIANO PASCAL . TAFALLA

El toreo son gestos, el toreo es movimiento, el toreo son parones y el toreo, en ocasiones se resume en una mirada.

Por la Avenida de Sangüesa se dirigía hacia la plaza el ganadero Tomás Prieto de la Cal acompañado de varios amigos. Uno de ellos, pantalón vaquero, polo blanco, pañuelo rojo, tenía un forma de andar muy peculiar, esos andares tan especiales de los toreros. Al quitarse las gafas de sol dejó ver unos ojos que no hubiesen cabido en el Cossío. Se trataba de Juan Vázquez, el hijo de Pepe Luis Vázquez, el genio de San Bernardo. Juan contaba a sus amigos que su debut de novillero había tenido lugar, precisamente, junto al Cidacos.

Como a los toreros, a los aficionados de Tafalla se les reconoce rápido: tarde o temprano, alguno saca una cámara. La puerta de cuadrillas de su plaza tiene más fotógrafos que las mismísima Plaza de Las Ventas. Y allí esperaban tres toreros cuyas caras irían mutando a lo largo de la tarde. Cuatro corridas sumaban este año en total los tres valientes que se iban a enfrentar a una corrida de prieto de la Cal.

Toro devuelto

Ya en el ruedo, a Ureña se le frunció el rictus pronto. Un capote furtivo asomado desde un burladero lesionaba al toro de la corrida. El matador lo había visto pronto, remataba en los burladeros y humillaba, pero un toro jabonero sangrando por la cepa del pitón es una escena digna del género gore, que no cabe en la sensibilidad del público moderno.

También le cambió la cara a Rubén Sanz. El matador soriano comprobó en carne propia lo duro que es actuar en público. El respetable, el público que paga, no aceptó su forma de torear y pronto se lo hicieron ver con pitos, chanzas y música de circo. De hacérselo pensar.

La cara de Lancho

Pero al que más le cambió la cara, por la vía traumática fue a Israel Lancho. Se la partió un toro. El pacense se levantó, intentó no mirarse y continuó en el ruedo. El público tafallés agradeció el gesto y coreó la lidia. Pidieron para él una oreja que no atendió la presidencia. El asesor decía que nones y el presidente dudaba. El personal lo tomó por un robo y ni el aguacero del cuarto toro hizo bajar la temperatura. Tras el quinto, volvieron a pedir la oreja buscando una compensación para el torero maltrecho. Porque el corazón tiene razones que los asesores no entienden.




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