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TUDELA

Cuando el emperador Carlos I cruzó la Ribera de Navarra

  • El acto más importante de la estancia del emperador en Tudela se celebró en el altar mayor de la catedral

Cuando el emperador Carlos I cruzó la Ribera de Navarra

Cuando el emperador Carlos I cruzó la Ribera de Navarra

Imagen del altar mayor de la Catedral de Tudela donde Carlos I juró los fueros y privilegios de la ciudad.

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Actualizada 03/11/2015 a las 12:53
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  • ESTEBAN ORTA RUBIO
El gran éxito de la serie sobre Carlos I, emitida por Televisión Española, indica el interés de amplias capas de la población por conocer nuestra historia. Esa historia un tanto desatendida en los planes de enseñanza. Quizás sea, pues, oportuno volver la vista atrás y rescatar del pozo del tiempo el paso de tan importante personaje por tierras de la Ribera.

Fue en febrero de 1520 cuando el joven Carlos atravesó el sur de Navarra en su viaje desde Barcelona hasta Santiago de Compostela donde iba a convocar las Cortes Castellanas con la intención de solicitar nuevos impuestos. Los gastos para enfrentar su próxima coronación imperial así lo exigían. Era el primer gran viaje que realizaba el joven Carlos por la península Ibérica y la cruzaba de este a oeste. Marchaba contento por haber recibido la noticia de su nombramiento como emperador; no obstante, los tiempos no eran los más propicios. Además de los rigores del invierno la situación en el reino de Castilla empeoraba por momentos y negros nubarrones presagiaban la Guerra de las Comunidades que estalló en 1521.

En el reino de Navarra la situación era confusa. Aún no hacía ocho años de la conquista del reino por su abuelo Fernando el Católico y muchos navarros añoraban a sus legítimos reyes. Estamos en 1520 y Tudela, la ciudad que más resistió a la conquista, había pagado cara su osadía. Las murallas han sido demolidas y el altivo castillo estaba siendo desmantelado. En vano la ciudad envió cartas al joven príncipe pidiéndole “...mande ver la derruición y daño de dichos muros y haya compasión de nuestro grandísimo daño e infamia, mandando proveer sean reedificados...” Sus voces fueron olvidadas.

El nuevo emperador viajaba lentamente y con gran acompañamiento. Deseaba conocer sus reinos y que estos le conocieran a él. Había salido el 23 de enero de Barcelona y tras pasar por Lérida, Fraga y Bujaraloz, llegó a Zaragoza el día 4 de febrero. Allí descansó varios días, hospedándose en el palacio de la Aljafería. Posteriormente, siguiendo el camino del Ebro, penetró en Navarra por Cortes y vino a dormir a Tudela el jueves 9 de febrero. Poco -casi nada- sabemos del recibimiento de los tudelanos pero podemos imaginar el asombro general ante el brillante y numeroso séquito que acompañaba al joven monarca, donde gentes de su vistosa guardia personal se unían a la más alta nobleza flamenca, teutona y española. Incluso, tenemos derecho a barruntar los trabajos sufridos por la ciudad para albergar dignamente a tanto personaje.

Jura en la Catedral

El acto más importante de la estancia del emperador en Tudela se celebró en el altar mayor de la catedral -entonces colegiata- ese mismo día 9 de febrero de 1520. Con solemnidad inusitada juró guardar y hacer guardar los fueros y privilegios de la ciudad de Tudela como desde tiempo inmemorial lo venían haciendo los reyes de Navarra. Un documento, en hermoso pergamino conservado en el archivo municipal y firmado por el notario Pedro Copín, da testimonio fehaciente. Comienza así:

“In dei nómine amén. Sea a todos manifiesto cuantos las presentes verán e oirán que en el anyo de la natividad de nuestro señor Jesucristo mil quinientos y beinte, día que se contaba noveno del mes de febrero, en la ciudad de Tudela del Reino de Navarra de la diócesis de Tarazona, dentro de la capilla mayor de la iglesia colegial de Sta. María por cuanto la cesárea majestad del rey nuestro señor era venido y entrado en la dicha ciudad e por los reyes antepasados del dicho Reino era y fue siempre acostumbrado ante de entrar en la dicha ciudad o después de entrados en la dicha iglesia, facer el infrascrito juramento lo a sido y aprobando su majestad el dicho costumbre y queriendo aquel conservar, fizo el presente e siguiente juramento”.

El emperador estaba de rodillas, y de pie junto a él, el famoso deán don Pedro de Villalón que sostenía el libro donde posó la mano el joven monarca.

“…estando su cesárea magestad puesto de rodillas delante las gradas del altar mayor, tenida puesta la mano derecha sobre la cruz et santos evangelios en un libro misal que Don Pedro de Villalón, dean de la dicha iglesia tenía”.

A continuación, el notario transcribe el juramento:

“Nos don Carlos por la gracia de Dios Rey de romanos et emperador semper augusto, rey de Castilla, de Navarra, (…) por los presentes juramos e confirmamos todos los fueros usados e por usar de la nuestra ciudad de Tudela, dados e concedidos por los reyes antepasados e juramos a Dios nuestro señor y a esta señal de la Cruz y a los santos cuatro evangelios en que ponemos nuestra mano derecha como rey e señor de la dicha ciudad de Tudela, guardaremos y haremos guardar los susodichos fueros y privilegios…”.

Fueron testigos, entre otros magnates, don Fadrique de Baviera, conde de Palatino; don Iñigo de Velasco, condestable de Castilla; don Fadrique de Toledo, duque de Alba y el Virrey de Navarra.

En el palacio del deán

Posiblemente, aquella noche descansó en el hermoso palacio renacentista -hoy museo y archivo decanal-, recién construido y aún tuvo tiempo de escribir una carta instando a los nobles de Valencia para que se mantuviesen unidos. Al día siguiente, en vez de seguir el camino general que conducía a Alfaro y Calahorra, quiso permanecer un día más en tierras navarras y marchó a Corella donde cenó y pernoctó. ¿Fue una atención con el reino incorporado pocos años antes a la corona hispánica? El once de febrero, sábado, después de comer temprano, como acostumbraba, abandonó Corella adentrándose en el reino de Castilla. Llegó a Calahorra a la hora de vísperas y allí permaneció dos días antes de emprender camino hacia Burgos.

A la capital castellana arribó el 20 de febrero y tuvo tiempo de festejar su vigésimo cumpleaños, pues había nacido en Gante el 24 de febrero de 1500. Tras breves días de descanso, reanudó el viaje. Aún quedaba un largo trecho y muchas jornadas en el duro invierno mesetario hasta llegar a tierras gallegas. A fin, después de dejar atrás Valladolid y Tordesillas, lugar este último donde residía su madre, doña Juana, tomó el camino jacobeo, tan de moda en la actualidad. El 26 de marzo, como tantos otros peregrinos, pudo ver las torres de la ciudad de Santiago de Compostela, última etapa de tan largo viaje.

Más de dos meses había durado el itinerario desde Cataluña a Galicia. Lentos viajes los de aquella época.



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