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TUDELA

Sede de un castillo de origen desconocido

  • El paseo del Castillo de Tudela debe su nombre a una fortaleza en la que el rey Sancho VII El Fuerte pasó los últimos tres años de su vida

Imagen antigua del paseo del Castillo en el cruce con las calles Mediavilla y San Miguel.

Sede de un castillo de origen desconocido

Imagen antigua del paseo del Castillo en el cruce con las calles Mediavilla y San Miguel.

MAEM
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01/05/2015 a las 06:00
  • dn. Tudela
El castillo que sobre el cerro de Santa Bárbara de Tudela se levantó en tiempos tan remotos como desconocidos da nombre al emplazamiento: el paseo del Castillo.

Allí, en ese lugar privilegiado para alzar una fortaleza, vivió y murió el rey Sancho VII El Fuerte, que se encerró allí en los últimos tres años de su vida debido al agravamiento de su dolencia de cáncer de pierna, según cita el historiador tudelano ya fallecido Jesús Martínez Escalada en su libro La historia de Tudela contada por sus calles, a través de una crónica de P. Moret.

El paseo del Castillo es en la actualidad un vial de circunvalación que alivia el tráfico interno de Tudela. Sirve de enlace entre el puente del Ebro y la carretera de Logroño-Corella, a través del paseo de la Virgen de la Cabeza. A él se entra por una placeta formada por la bifurcación de las calles Mediavilla, San Miguel, Virgen de la Cabeza y Padre Ubillos, y sale a Ruiz de Conejares.

Fue rotulada en el año 1861 puesto que antes no existía como calle, ya que tan sólo era una ladera del monte del Castillo de Santa Bárbara. Cuando se urbanizó el paseo, en el año 1982, se abrió una subida para llegar a las ruinas del demolido castillo, se limpió el entorno y se restauró un pequeño muro que, al parecer, formaba parte de la muralla.

Se desconoce el origen del castillo, aunque son varias las teorías que lo colocan en las épocas cartaginesa y romana, tiempos de luchas de conquistas, por la situación estratégica que brinda un monte que tiene por foso al Ebro, en un lado, y una pendiente accidentada y agreste, por el otro.

Sin embargo, de su lujoso aspecto interior sí que existe documentación, y es que esta residencia real, al parecer de marcado acento mudéjar, tuvo todas las decoraciones y suntuosidades que por rango le correspondían. Todas ellas fueron realizadas por destacados maestros, mazoneros y carpinteros de la época. Además, sirvió de prisión y tuvo su propio cementerio.

DEMOLIDO POR CARLOS V

Fueron momentos de esplendor del castillo tudelano, que tuvo como departamentos más notables el comedor del rey, que tenía una gran chimenea de dos cañones de piedra; unas galerías de piedra sobre el huerto, que tenían el suelo de alabastro y los ladrillos de colores; y la cámara del rey, con su artesonado rico de hojas, lazos y treicelles.

Sin embargo, esa época pasó y el castillo fue demolido. Una crónica de P. Moret citada en el libro de Martínez Escalada indica cómo sucedió esta citada demolición. Cuenta que Carlos V de España encomendó al cardenal Cisneros la dirección de Castilla y Navarra y, temeroso de que Navarra intentara la independencia, propuso demoler todas sus villas y las plazas fuertes, una decisión que fue aprobada.

No obstante, Tudela acudió al rey a exponerle las quejas, y el 30 de septiembre de 1516 se confirmó que Tudela quedaba, en un principio, a salvo de la destrucción.

Pero luego vino la Guerra de los Comuneros, cuando la mayor parte del ejército de Castilla tuvo que abandonar Navarra, algo que aprovechó Juan de Labrit para organizar la reconquista, que acabó en un total fracaso. Los navarros fueron derrotados, y en una sola acción los soldados castellanos ocuparon todas las plazas navarras, incluida Tudela. Esta situación ofendió al rey, que determinó la destrucción definitiva del castillo. De esta ruina se salvó la torre mayor de la fortaleza, que fue convertida en ermita a solicitud de Bárbara Corella en 1610. Dos siglos después, en 1808, los franceses se apoderaron de Tudela y repararon la ermita de Santa Bárbara, que les sirvió de fuerte hasta 1813. Después Tudela quedó bajo el mando del general Mina, que ordenó en 1816 la demolición del fuerte y la ermita para evitar futuros acontecimientos.

A finales del XIX, tan sólo una base rectangular de piedra de unos ocho metros quedaba como recuerdo, y sobre ella se asentó el monumento al Corazón de Jesús, levantado a petición popular.



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