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ESTELLA

La escuela que enseña la vida cotidiana

  • El aula especial para discapacitados del colegio Remontival ha puesto en marcha una serie de talleres en los que se enseña a los alumnos a afrontar retos de la vida diaria

Los alumnos, preparando el café para la sala de profesores.

Los alumnos, preparando el café para la sala de profesores.

Los alumnos, preparando el café para la sala de profesores.

montxo a.g.
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05/11/2015 a las 06:00
  • r. aramendía. Estella
En el colegio no sólo se enseñan letras y números, sino que en la mayor parte de las ocasiones allí se empiezan a aprender las lecciones importantes de la vida. Este axioma es especialmente cierto para los alumnos de las aulas alternativas al centro de educación especial del colegio Remontival, que este curso han comenzado a desarrollar una serie de talleres para familiarizarlos con las tareas esenciales de la vida cotidiana, un reto que para ellos resulta complicado, pero que es un paso imprescindible para su integración.

Se trata de escolares entre 6 y 16 años que sufren discapacidades importantes y en muchos casos, varias a la vez, y que presentan un nivel cognitivo generalmente muy bajo. El aula especial existe en Remontival desde el año 1974. “Antes era una clase con gran número de alumnos, algunos con discapacidades leves. A medida que ha ido evolucionando la medicina, los casos de discapacidad son menos, pero casi siempre más graves”, explica Txaro Zabalza, una de las tutoras, que trabaja en el centro desde hace ocho años. El primer reto fue llevar integrar más estas aulas en la vida del colegio y ahora son dos clases con tres niños de entre 6 y 10 años y otros cuatro de entre 10 y 16 localizadas en el pasillo de Educación Infantil.

Por indicación del Creena, las tutoras han ideado un taller para cada día de la semana: el lunes se realizan labores en el huerto; el martes, tareas del hogar, entre las que se incluyen las compras, el miércoles; salida fuera del centro con actividades como ir a la biblioteca o aprender a montar en el autobús; el jueves, taller de cocina con los ingredientes que previamente se han comprado en el súper y el viernes, taller de reciclaje.

El aprendizaje de estos siete escolares no se queda aquí, sino que han puesto sus nuevas destrezas al servicio del colegio. Los frutos de la huerta, hasta ahora calabazas y maíz de palomitas, se exponen en un pasillo y todos los jueves sirven café a los miembros del claustro que previamente se han apuntado en una lista.

Aunque no cobran por ello, reciben las entusiastas donaciones del personal. “Ello les ayuda a comprender que el trabajo tiene una recompensa y así creamos un pequeño fondo para las compras que semanalmente se necesitan”, explica Zabalza. Con estas monedas, se familiarizan con el uso del dinero y los rudimentos de la economía doméstica.



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