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EDUCACIÓN

El colegio Remontival de Estella rememora sus cuarenta años

  • Maestros, exalumnos y pioneros de la apyma reconstruyen la historia del centro, inaugurado en el curso 1974-75

Los integrantes del colegio Remontival.

El colegio Remontival de Estella rememora sus cuarenta años

Los integrantes del colegio Remontival.

Montxo A.G.
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05/05/2015 a las 06:00
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  • M.P.Amo. Estella
Remontival entra en mayo con los primeros actos conmemorativos de su 40 aniversario, un cumpleaños siempre especial que el colegio público de Estella no quiere dejar pasar de largo. En torno a su apyma coinciden este curso un grupo de padres alumnos en su día y volcados ahora en un programa que se abre este martes por la tarde en un encuentro con presencia institucional.

Cuatro décadas de cambios no solo en sus aulas. También fuera de ellas, a partir del curso 1974-75 que sentó en sus pupitres a los primeros alumnos, se transformaba política y socialmente el país. Aquel septiembre del 74 era de estreno para 1.500 escolares de la extinta EGB y su medio centenar de profesores.

Diario de Navarra reunió para este reportaje a cuatro de quienes vivieron los comienzos en primera persona. A Tere Lerín Saralegui, que formó parte de la flota de niños que lo inauguraron cuando, a los 10 años, pasó a Remontival procedente del antiguo convento de Santo Domingo. A otra Teresa, la maestra Tere Elcano Cubillas, parte de la primera plantilla de un centro al que pertenecería ya hasta su jubilación. A Eugenio García García, también en aquel equipo inicial convertido luego en veterano porque pasó allí el resto de su vida docente. Y a José Solchaga López, que llevaría a Remontival a sus hijos y presidiría después una de las asociaciones de padres de esos primeros cursos.

Como Eugenio García y Teresa Elcano, Remontival vio llegar ese septiembre a otros compañeros que hasta entonces habían ejercido en los pueblos más pequeños o en las llamadas “escuelas graduadas” de la propia Estella y de localidades más grandes del entorno. No solo pasaron -cuenta el primero- de “pequeñas aulas calentadas con estufas de leña en viejos edificios” a una moderna concentración escolar de grandes proporciones y con espacios luminosos. También a un sistema de trabajo con claustros, decenas de compañeros y cientos de alumnos.

Tampoco para los niños fue un cambio fácil al principio. “Llegaban de centros muy pequeños en los que todos se conocían y justo al lado de sus casas a tener que madrugar, desplazarse lejos del pueblo, comer fuera”, añade Tere Elcano. En sus recuerdos destaca el tamaño del centro que encontraron. Las mismas edificaciones que hoy, modernizadas y con reformas a lo largo del tiempo, se alzan en ese paraje de Estella pero además con los frontones y las pistas deportivas ya desaparecidas. El enorme comedor que se separaría luego por zonas, la residencia donde se quedaban de lunes a viernes los alumnos de los puntos más alejados como Salinas de Oro y el derecho a habitación de los maestros pertenecen al punto de partida.

CURSOS HASTA LA LETRA F

Aquellos inicios coincidieron con los años de José Solchaga como aparejador municipal que le llevó a vivir desde la Administración local cómo se gestaba el proyecto. “El propietario de esa finca, de 80.000 metros cuadrados, la vendió al ayuntamiento por 5 millones de pesetas con la condición de que fuera para esos usos”, subrayó este estellés que se volcó en iniciativas como la creación de los equipos de distintos deportes para las competiciones entre los colegios.

Concebido para dar cabida a hasta 2.500 escolares, partió de esos 1.500 y ronda hoy los 800. “Nuestra gran preocupación era que se nos iba a juntar con los chicos, algo nuevo entonces. Luego, para todos nosotros, fue la oportunidad de convivir con compañeros de los pueblos, además de tener una buena relación con los profesores que mantuvimos siempre”, contó Tere Lerín.

A la misma conversación asoma un inicio de accesos en precario con clases tan numerosas que distribuían cada curso hasta la letra F y unos ratios de hasta 35 alumnos. Un tiempo caracterizado por un profesorado muy estable que permanecía muchos años en un centro que -dijo Eugenio García- puso en su sitio a una enseñanza entonces desprestigiada. “Antes de la concentración escolar existía la idea bastante arraigada de que quien quería estudiar debía ir a la privada. Costó quitar ese sentimiento, pero se cambió”, indica José Solchaga.

Ligada siempre a la educación especial, Tere Elcano relató cómo, a petición de unas madres, empezó a enseñar después de clase a niños con síndrome de Down que entonces estaban en sus casas. “A raíz de aquello, las madres hablaron con el inspector de Educación y al año siguiente nació la verdadera aula de educación especial. Se enteraron en los pueblos y, ante la demanda, se creó una segunda con otro profesor”.

De esa explosión del alumnado de los primeros cursos a un descenso, acusado sobre todo a finales de los ochenta y vinculado a varias causas. Eugenio García detalló entre ellas el bajón de la natalidad, la ikastola con nuevas y bien situadas instalaciones y los cambios en la distribución del alumnado de zonas como el valle de Lana, que se derivaron a Los Arcos. Y contó cómo, con la implantación del modelo D en 1995, comenzaron a crecer las matrículas. “Al principio el euskera se daba como extraescolar, finalizadas las clases, y después se puso como asignatura. “En los ochenta, unos era antieuskera, otros indiferentes y unos pocos tiraron del carro y lo consiguieron. Fue la solución a ese declive en las matrículas”, destacó.



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