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Goyo Armañanzas Ros, Psicoterapeuta

"Hemos perdido mucha solidaridad social y no sé si la vamos a recuperar"

Goyo Armañanzas Ros en la antigua playa fluvial del parque de Los Llanos de Estella que tantos recuerdos le trae de su niñez.

"Hemos perdido mucha solidaridad social y no sé si la vamos a recuperar"

Goyo Armañanzas Ros en la antigua playa fluvial del parque de Los Llanos de Estella que tantos recuerdos le trae de su niñez.

montxo a. g.
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20/12/2013 a las 06:01
  • M.martínez de eulate. estella
Contento de que la cultura gane en conocimientos emocionales, le entristece que no se mire al otro y teme que las pantallas sustituyan la comunicación personal. Acaba de publicar el libro Relaciones tóxicas: acoso, malos tratos y mobbing.

¿Vivimos en una sociedad tóxica?

Yo no creo que vivamos en una sociedad tóxica. Lo que hay son relaciones tóxicas. Vivimos en una sociedad en la cual se aprende muchísimo de manera informal. Yo puedo poner en Facebook una frase que me parece interesante para que las mil o setecientas personas que estén agregadas la lean. Eso ya me parece fascinante porque tengo un auditorio que se va a enriquecer y yo soy auditorio de otros que me enriquecen. Vivimos en un mundo con un aumento exponencial de los canales de comunicación. Tenemos un montón de comunicaciones a muchos planos que no teníamos antes para nada. Eso quiere decir que, claro, algunas de esas relaciones pueden ser perjudiciales. Pero no soy fatalista ni pesimista ni derrotista. Soy, más bien, optimista.

Con la coyuntura actual, ¿se puede ser optimista?
Yo soy optimista. Yo creo que de la crisis estamos sacando un montón de aprendizajes, además de sufrimiento, en los planos profesionales y técnicos y de uso de recursos. Tenemos el ejemplo de la cantidad de malversación de fondos y cosas de estas que están saliendo ahora. Yo creo que en este país llevamos años, y con la crisis más, aprendiendo a ser honrados fiscalmente. Ya no está tan bien visto decir sobre el café "yo defraudo", pero yo conocí lo contrario. Era de tontos pagar.

Usted, que aplica terapias individuales y grupales, ¿se atreve con una a nivel nacional?
Las relaciones son el ladrillo de la sociedad. Es así y hay culturas con distinto tipo de relaciones. Viniendo de Cuba, donde he estado recientemente en un congreso, me he dado cuenta qué diferentes somos. Cómo vemos a los otros, cómo nos sentimos inferiores a unas culturas y superiores a otras y ahí empezamos con temas de racismo y de discriminación. Por ejemplo, yo siempre he tenido claro que tenemos una jerarquía de prestigio de las distintas sociedades y culturas. Nos sentimos un poco debajo de los franceses, de los ingleses y por encima de los africanos y sudamericanos... Y eso es compartido también por ellos. A lo mejor, los sudamericanos nos admiran como la madre patria y te habla de la madre patria también un negro que viene de África. Hay que tener mucho cuidado y mucho respeto porque eso puede generar abuso y maltrato. Y las relaciones económicas, a veces, están basadas en eso. Podemos tener empresas en Colombia, en Sudamérica, por ese tipo de prejuicios entre otras razonas. Eso se mantiene generalmente fuera de lo compartible porque no es políticamente correcto, pero es así. Y es bueno verlo, cuidarlo y respetarlo. Proponer una terapia nacional sería muy ambicioso, pero como elementos de ella estarían los media (los medios de comunicación). Creo que debiéramos de dejar de favorecer el estereotipo y la simplificación del acosado y del acosador. El acoso consiste en relaciones en las cuales también las víctimas tienen una parte de implicación. Están atrapadas en una relación y tienen una responsabilidad. La clave está en cómo los medios de comunicación pueden dar mensajes educativos sabiendo que no son políticamente los más vendibles ni los más correctos. Cómo arriesgar a decir algo que pueda molestar y que pueda hacer pensar aunque no sea lo que se quiere oír. Lo mismo pasa con las víctimas del Franquismo o con ETA y con todos los temas candentes.

Con más de 30 años de bagaje profesional, ¿que cambios ha advertido en la problemática social?
La anorexia, la bulimia y la fibromialgia no existían cuando yo empecé. Han cambiado las patologías. Yo creo que ahora se consultan más problemas de pareja. Antes, no había demanda de este tipo. Se consulta más por la infelicidad, por no estar bien, por no sentirte bien contigo mismo. Yo creo que antes no nos mirábamos tanto adentro y, además, estamos incorporando un lenguaje psicológico a nuestra cultura que se refleja en los medios de comunicación. Es decir, podemos hablar de depresión, de bipolar, del síndrome de Ulises para los inmigrantes... La cultura está incorporando conceptos piscológicos porque la cultura está siendo más sofisticada y tiene más conocimientos del plano emocional de las personas. Un colega mío decía, antiguamente, el abuelo estaba callado en la mesa camilla y no le decíamos que tenía una depresión, pero ahora tenemos palabras para nombrar. Se habla de esto en los medios y hay abordajes psicológicos que antes no eran imaginables. Eso es un motivo de optimismo porque estamos observándonos más y conociéndonos más. Se lee más, se habla más y es para estar contentos. Yo me siento muy reconocido en los medios cuando leo algo de planos emocionales. Por ejemplo, el síndrome postvacacional. Aunque no me gusta que todo tenga un síndrome como si todo fuera una enfermedad, por lo menos se está hablando del duelo de volver a la vida normal después de la fantasía de vacaciones; que suele ser, a veces, la fantasía de que eres rico y estás en un súper hotel en el Caribe. Luego vuelves a la realidad y hay un pequeño duelo.

Y ahora llegan las navidades, una época de peso emocional.
Nos reencontramos en familia con la infancia, con lo que conseguimos y lo que no, y hay alegrías, tristezas y duelos y hay quien no puede vivir eso y se quiere alejar. Debajo de lo más folclórico y anecdótico hay cuestiones profundas que evocan. Yo siempre digo que en navidades podríamos, de alguna manera inconscientemente, coger en una especie de pincho todas las de nuestra vida y revivir, como en los aniversarios, todas las escenas que hemos tenido; sobre todo, las infantiles. Somos consecuencia de lo que vivimos los primeros años, que nos marcan cómo vamos a ser y, a veces, para lograr más felicidad necesitamos explorar en el plano emocional qué vivimos entonces y acercarnos a ello.

¿Vamos hacia algún lado que le de miedo?
Yo por naturaleza soy optimista pero, hombre, he estado en Cuba y allí no tienen pantallas, no tienen iPhone, ni vídeo ni videojuegos pero hablan mucho y hablas mucho con ellos. Sí que me da miedo que sustituyamos la comunicación personal por las pantallas. Y no sé si en Cuba son así de comunicativos porque no las tienen, pero coinciden las dos cosas en este momento y me da miedo qué van a perder con el progreso económico y con la privatización posible que se avecina. Si van a perder la solidaridad, la comunicación, el apoyo... Hemos perdido mucha solidaridad social que había antes entre vecinos y no sé si la vamos a recuperar. La red social de apoyo que había -y que ahora la sustituyen los seguros y todas estas prevenciones para el futuro que tenemos- ya no la tenemos. ¿Vamos a volver al riesgo y a la aventura de pido ayuda a mi vecina porque no me llega o pido aceite porque no tengo? No creo que seamos conscientes de que estamos perdiendo redes sociales de apoyo. No sé en qué medida las redes sociales actuales pueden compensar algo. Es todo un campo de experimentación en este momento.

¿Una sociedad peligrosamente individualista?
En la calle la gente no ve lo que sufre el otro. Podemos ser amigos durante cuarenta años y no saber que ese amigo está sufriendo lo indecible porque no se comparte el sufrimiento. Se sufre mucho en silencio, en soledad. Se viven muchas cosas sin compartirlas porque sabemos que mucho de lo que trabajamos con los pacientes no lo sabe su entorno. No comparten. Luego hay otro plano de no compartir, cuando la persona ni siquiera es muy consciente del sufrimiento que tiene. A veces, uno se da cuenta del sufrimiento en el que ha estado cuando ya lo está resolviendo.

¿De estas relaciones de las que usted habla en su libro (acoso, malos tratos y mobbing) es fácil librarse?
Se puede, pero no se resuelve en dos días. Lleva tiempo. Con la separación de una pareja, por ejemplo, no se resuelve el problema porque muchas acosadas repiten acosador. Muchos jueces dedican gran parte de su tiempo a quitar medidas de separación que han puesto y que las acosadas piden que se eliminen. Dan muchas idas y vueltas en la relación. Y los acosados tienen mucho trabajo también. Y ahí acuso a los media. No son simplemente malos. Tienen problemas emocionales y no quiero decir que no les tiene que caer el peso de la ley. Y son comunes estas relaciones en planos ligeros. Son actitudes un poco despóticas de una persona en relación a otra que está más en un rol de víctima y sumisión. Son bastante frecuentes en grados leves sin llegar a llamarles acoso o malos tratos. No me gusta patologizar. Tenemos que tener cuidado de meter nombres de patología a tantas cosas que son del vivir, que tenemos que trabajarlas si nos generan sufrimiento con un profesional o no. Ojalá fuéramos prescindibles. El término bipolar, en mi opinión, se usa de una manera sobrecogedora como el síndrome del niño hiperquinético (hiperactivo). Se sobrediagnostican los dos. Parece que poniendo un diagnóstico, además de la pastilla, uno ya lo controla y ya no hay mucho más que hacer. Pero ninguna de las dos cosas resuelve nada.

Al menos usted escucha en una sociedad, corríjame si no comparte opinión, que solo oye.
Puede ser. Yo, sí, me lo he organizado para escuchar y no escurrir el bulto poniendo un diagnóstico y recetar pastillas. Me parece terrible la inflación del uso de la medicación en los problemas emocionales.



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