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vida comercial

Las tiendas centenarias de Estella

En Estella, rondan la decena las tiendas que han cumplido más de cien años. Un dilatado bagaje, muy meritorio, para unos establecimientos que mantienen la apuesta por el comercio de calle

Francisco Mauleón Urra, delante de su tienda de confección El Ega.

Francisco Mauleón Urra, delante de su tienda de confección El Ega.

Actualizada 05/01/2018 a las 10:35

Un puñado de negocios de Estella podría añadir al típico letrero comercial en el que se lee abierto y que suele colgar de las puertas de los comercios la coletilla: desde hace un siglo. Una información extra que pondría en valor el mérito que tiene haber fraguado una historia tan dilatada. Son establecimientos, y ello les dignifica, que han sobrevivido -a pie de calle- a los vaivenes de más de diez décadas siguiendo una rama familiar que ha llegado ya, incluso, a una cuarta generación, como es el caso de la Guarnicionería Evaristo Goyache.


Con él, en esa lista que pasa de los cien años, se encuentran otros como El Ega, Panadería López, Pastelería Ángela, Ferretería Errázquin, Frutería Romero, Droguería Albizu, Licores Elcano, Antigüedades Peral o Casa del santo (el más antiguo). Este se fundó en 1750 y desde 1920 atiende en el número 10 de la calle Baja Navarra. Rosa Roa Irisarri, mujer de Jaime Eguaras Echávarri (tercera generación), ha trabajado allí cuarenta años. Ahora, ya jubilada, echa la vista atrás y encuentra buenos recuerdos. “Ha perdurado en el tiempo, que es lo difícil, porque hemos discurrido mucho. Ha habido que reciclarse. Era tejido. Aquí se cortaban sábanas, cortes de traje, telas para vestidos… Lo quitamos y entró la confección y siempre hemos estado evolucionando. En 1999, la Cámara Navarra nos hizo un reconocimiento como empresa centenaria”, contó.


En la Droguería Albizu conservan una máquina registradora de 1903 y el antiguo mostrador de cajones que compartimentaba todos los productos. Fernando y Ricardo Albizu Larrucea, la tercera generación, lo atienden ahora. “Yo llevo unos 20 años, pero recuerdo venir a ayudar los veranos desde que tenía 14. Mi padre regentó después de mi abuelo la droguería y un tío mío llevó la tintorería, que también teníamos -en lo que antes era una cuadra- y daba a la calle Mayor”, cuenta.


De esa misma fecha que la máquina registradora es una factura que guardan en la Ferretería Errázquin, otro negocio de larga vida. Al frente está Txomin Errázquin Astiz, biznieto del fundador, Bonifacio Errázquin Coine. La Frutería Romero también ha escrito una historia parecida en cuanto al tiempo. Se ha superado el siglo desde que Isabel Martínez Remírez, conocida como La cochera, montaba su negocio en la calle Carpintería. Ahora, después de que por él pasara su hijo Francisco, son sus nietas (María Puy y Angelines Romero Ayúcar) quienes se sitúan dentro del mostrador. “Se ha mantenido siempre la esencia del negocio: la venta de productos frescos de la tierra”, dijeron ellas.


También Eduardo Peral Chasco sitúa más allá de los cien años la actividad comercial en torno a las antigüedades que ha caracterizado siempre a su familia. Su abuelo, Serapio Peral Martínez de Bujanda, que vendía telas con un carro por los pueblos, aprovechaba esas visitas para comprar objetos viejos y después venderlos. “El anticuario local Aránguiz le animó -para él también hacía de intermediario- y siguió mi padre, Luis Peral Ayúcar. Yo llevaré ya unos 45 años, desde que -una vez terminado el bachiller elemental- decidí también recorrer el mundo con él y seguir la tradición familiar”.

 

Tres ubicaciones y hasta sastres de ruta en coche

 

Francisco Mauleón Urra, quien atiende desde hace cuarenta años la tienda El Ega, regenta el negocio que fundó su abuelo, Nicanor Mauleón Azanza hace más de un siglo, y que luego llevó su padre, Francisco Mauleón Osés. Tres generaciones en el sector textil -que concluirán con él porque sus dos hijos han optado por otro camino profesional- que han vivido los cambios de la actividad comercial de las últimas diez décadas.


Francisco Mauleón Urra, como recuerda, ha conocido el trueque -ese cambio, por ejemplo, de alubias rojas para todo un año por telas para hacer camisas-, esos jueves de mercado en los que se vendían regularmente treinta cortes de traje y esos seis o siete sastres que trabajaban en Estella. “Nosotros llegamos a tener, en un momento, hasta cuatro trabajando para nosotros”, apunta. Su abuelo siempre llevaba consigo a uno de ellos en el coche con el que se acercaba a pueblos de la merindad. “Les tengo oído que iban a Sesma, Aras, Bargota... Acudían a una casa, que hacía de punto de venta, y su visita se anunciaba mediante un bando. Allí tomaban las medidas y a la semana siguiente volvían para probar. La gente que podía estrenaba trajes para el Corpus, por ejemplo. Era costumbre”. Estas rutas las realizaron, sobre todo, antes de la Guerra Civil. Después, dejaron enseguida.


La tienda se abrió en la calle Mayor y antes de montarla en el actual local de la calle Comercio, en el año 1940, se situó enfrente. “Al establecimiento de hoy vinieron de Bilbao a instalar los escaparates. La Veneciana se llamaba la empresa. Lo conservamos tal cual y también la estructura de la tienda. Los mostradores, salvo la encimera, son de entonces. Nunca he querido modificar la esencia”, asegura. Él, como ocurre con su propia historia, ha conocido a tres generaciones de clientes. “Yo estoy agradecido a la gente. Hemos vivido, en gran parte, de la merindad. Este negocio me ha permitido forjar muchas relaciones. Me gusta, igual que le gustaba a mi padre, y seguiré unos años más”, asintió.

 

Una guarnicionería que pasa a cuarta generación

 

El letrero de la puerta es el original, el que colocó su abuelo, Evaristo Goyache Redín, en 1902. Entonces, en la calle Calderería, fundó la guarnicionería que heredó después su hijo Evaristo, que pasó a continuación a su nieto y actual propietario, Evaristo Goyache Sardina, en una cadena a la que está a punto de añadírsele el cuarto eslabón. Miriam, una de las dos hijas de éste último, ha tomado con gusto el relevo. Empieza el 1 de enero.


Su padre ha ejercido este oficio durante treinta años, desde que el suyo se empeñó en que siguiera sus pasos pese a que sus derroteros profesionales habían girado hacia otro lado. “Estudié en Zumárraga maestro industrial electricista y ejercí ocho años. Coloqué las alarmas de las 499 sucursales que entonces tenía Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja y después estuve cinco años como encargado del matadero municipal de Estella. Le echaba una mano a mi padre. Entonces él tenía tres trabajadores, pero quería que me quedara yo y lo hice. No me ha penado nada, sino todo lo contrario”.


Él todavía ha trabajado de forma artesanal realizando -por ejemplo- collares de perro, cinturones para caballero y todo tipo de arreglos, pero las manos de su padre y abuelo sí lo confeccionaban todo. “Hacían albardas, collarones y cabezadas de cuero para el ganado y lonas de segadora para el campo. Yo he visto arreglar a la vez más de 500 de estas. La gente de la merindad venía. A mí me ha dado muchas amistades”.


Está orgulloso de que la rama continúe de la mano de su hija mayor. La pequeña, Elena, ha enfocado su vida laboral hacia otro sector (es técnica de laboratorio) y, aunque Miriam también empezó por otro camino, creyó que se trataba de la oportunidad perfecta. Se formó en estética y sus siete años posteriores viviendo del baloncesto profesional le alejaban de la guarnicionería familiar. En mayo se retiró, después de romperse por segunda vez el ligamento cruzado de la rodilla derecha, y el día 2 abrirá ella la puerta del establecimiento. “Esta tienda ha sido siempre muy masculina y ella le va a dar el toque femenino”. Él, Evaristo Goyache Sardina, va a volcarse ahora más en la danza popular, algo que le apasiona, sabiendo que deja su comercio en las mejores manos. “Todo empezó porque mi bisabuelo se ocupaba de las tierras de los monjes del Monasterio de Irache y le tocaba arreglar caballerizas. Ese fue el origen”, reconoció.

 

Miriam Goyache Fernández de Roitegui con su padre, Evaristo Goyache Sardina, en la tienda.

 

La única panadería que sobrevivió a la fusión

 

Cruzarte con él por las calles de Estella no resulta nada inusual. Todo lo contrario. Circula de un lado a otro, de forma constante, todas las mañanas y también buena parte de las tardes. Francisco Javier López Barbarin reparte el pan a buena parte de la hostelería de Estella, en su Peugeot Partner blanca, y sus viajes para cargar producto de su negocio de la calle Ruiz de Alda se suceden continuamente.


Lleva desde hace 33 años la panadería que regentó su padre, José López Aguirre, y antes su abuelo, Máximo López. Él es feliz porque ha sido su casa. “Siempre estábamos para arriba y para abajo. Bajábamos al río a coger cangrejos y recuerdo a las mujeres lavando y trayéndole a mi padre la masa de las pastas y mantecadas para terminar de hacerlas en el horno de leña. Tengo muy buenos recuerdos de aquella infancia”.


Su padre se levantaba a las doce de la madrugada y se pasaba toda la noche haciendo pan. Luego lo repartía y volvía a elaborar a la tarde. “Antes había cultura de ir a por el pan de la mañana y a por el de la tarde. Se llevaban 4 o 5 barras por familia. Cuando menos eran dos. Ahora, la cantidad -porque las familias son también menos numerosas- ha bajado a menos de dos piezas y lo que ofrecemos es gran variedad recién hecha. Del pan no se puede vivir solo, ni tampoco solo del café”, consideró. Por eso, fusionó ambos en el año 2000, cuando añadió al local la parte de cafetería. “Hay que ir cambiando conforme lo hacen los tiempos”.


Así han logrado que siga cumpliendo años cuando el resto ha ido, lamentablemente, desapareciendo. “La fusión de los panaderos para fundar Ega Pan fue el momento del gran cambio y se fueron cerrando. Esta es la única que queda de aquella época”.


Su mujer, Raquel de Carlos Lanz, trabaja con él dentro de una plantilla con dos empleadas. “Abrimos todos los días del año de 7 a 14.30 horas y de 17 a 21 horas. En temporada turística recibimos a mucho peregrino. Este año, el 14 de abril, tuvimos aquí a la reina de Bélgica, pero no la reconocimos en ese momento. Estamos en el casco antiguo y el caminante entra. El enclave nos ayuda. En invierno estamos más los del barrio. No podemos quejarnos. El negocio ha ido bien. Yo tuve otras opciones laborables, pero opté finalmente por quedarme aquí”.

 

Francisco Javier López Barbarin detrás del mostrador de cristal de su panadería.

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