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El barrendero de la parroquia

  • Es habitual ver a Vicente Montoya Ujué, cada mañana, barriendo los porches de la parroquia de San Fermín, en la Milagrosa

Vicente Montoya Ujué, el domingo, limpiando los porches de la parroquia de San Fermín.

El barrendero de la parroquia

Vicente Montoya Ujué, el domingo, limpiando los porches de la parroquia de San Fermín.

JESÚS GARZARON
22/02/2016 a las 06:00
  • pilar fdez. larrea. Pamplona
Sobre todo hay que fijarse en los deberes, si miramos solo a los derechos haríamos un mundo muy feo”, opina Vicente Montoya. “Y si cada persona recogiera un papel del suelo Pamplona estaría preciosa”, añade mientras barre, como cada mañana, los porches de la parroquia de San Fermín. Parece que llevara bajo el brazo un manual de frases célebres. Pero no, nada más que la escoba. “Es que la sencillez es lo que hace las cosas distintas”, sentencia otro pasaje ilustre. “Y eso que no he almorzado”, ríe entonces a carcajadas.

Vicente Montoya Ujué nació en Olite, en 1949. Su segundo apellido dice ya mucho, al menos de la fe que desde niño ha tenido en la Virgen y en Dios. La vivió en casa, sobre todo con su padre, “un hombre sabio sin ir a la escuela, que si veía un mendigo lo llevaba a comer a casa”. “Gildo, pero si ya somos doce en la mesa”, le decía mi madre. “Josefina, Dios dirá, respondía él”.

Vicente fue a la escuela, solo Primaria. “Salí sin aprender a dividir, porque era un falso”, arguye lo poco que le gustaba estudiar. Desde niño quiso ser albañil. “Pedía a los Reyes palas y llanas, también niveles, pero estos nunca llegaron”, recuerda. Con 14 años se empleó en una fábrica de gaseosas, aún no tenía cuerpo para la obra. Con 17 ya sí. Fue de peón.

“Un bello día de San Fermín, 11 de julio, viernes”, conoció a su mujer. “Fuimos varios amigos, en el tren, de Olite a Pamplona. Y en la verbena de la Taconera le pregunté si quería bailar conmigo. Me sorprendió porque todas me daban calabazas, y hasta hoy”. Se casaron dos años después, en 1977, él tenía 27 años, se trasladó a Pamplona y al poco tiempo se empleó por su cuenta, ya de albañil. “Guardaba ciento y pico mil pesetas y me compré un camión de segunda mano. Aún no tenía clientes, pero no me faltaron. Nunca he mirado al reloj, por eso no vivía deprisa”, explica mientras la interlocutora se disculpa por haber llegado tarde.

Problemas de vista y de espalda anticiparon la jubilación. Hasta entonces eran vecinos de Beloso y acudían a la parroquia de San Francisco Javier. En 2007 se mudaron a la calle Sangüesa. Al poco, se presentó al sacerdote en San Fermín: “Para lo que haga falta, aquí estoy”. Y en estos casi nueve años es habitual verle, cada mañana, barriendo los porches. “Se acumula suciedad sobre todo los sábados, con el botellón y las cenas, pero es cierto que como lo limpiamos a menudo lo respetan más, creo que ya no ensucian tanto como antes”, agradece. Lo que parece más complicado de erradicar son los urinarios que la gente improvisa en el porche. “Les viene de maravilla, salen del bar y directos aquí, te encuentras de todo. Ves cosas que no te gustan, pero hay que hacerlo”, lamenta envuelto en una sonrisa. Es el abrigo de un semblante alegre, siempre con su boina. Así que al menos una vez por semana se afana con la manguera. Bien de agua para arrastrarlo todo. También cuida de las flores, y mantiene el exterior, como el tablón de anuncios que hizo en cerámica, porque el de corcho lo arrancaban.

Lo peor, lo tiene claro, son los Sanfermines. “Para las 7.30 estoy aquí, imagina cómo está todo, pero cuando lo haces la satisfacción personal es enorme, me voy con mucha paz interior cuando cumplo con el deber, no es mérito nuestro”, considera, amarrado a su fe. “¿Voluntario?, claro que sí, si no perdería la belleza, yo ya tengo mi paga”, subraya la labor altruista. No es muy amigo de propagarla. “La vanidad es una comida muy amarga, pero el párroco me ha dicho que en el periódico también escriben cosas malas. Me ha convencido”, apostilla. Son más de las once y Vicente irá pronto a casa. Le espera Radio María, donde colabora en las transmisiones. “Es otro regalo del Señor. Fíjate qué fácil se puede ser feliz”.

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