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Tasio es portero en una casa de 14 alturas

  • La del número 30 de la avenida de Bayona de Pamplona es una comunidad bien animada

Tasio Moreno Induráin, junto al portal del edificio donde es portero.

Tasio es portero en una casa de 14 alturas

Tasio Moreno Induráin, junto al portal del edificio donde es portero.

josé antonio goñi
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01/06/2015 a las 06:00
  • pilar fdez. larrea. Pamplona
Los ojos de Tasio lloran casi en la primera frase. Procura que no se note, pero resulta complicado disimular la emoción de recuerdos de catorce alturas, las del edificio de 56 viviendas de la Avenida de Bayona de Pamplona donde Tasio Moreno Induráin es portero desde hace 29 años. El suyo es un oficio en la trastienda de las familias, equilibristas de una convivencia necesaria en la comunidad de vecinos. El portero escucha, ve, calla, consuela, y podría, a bote pronto, perfilar datos contundentes para cualquier doctorando en Sociología.

Tasio cumplió el pasado viernes 61 años. Nació en Sartaguda, en una familia de tres hermanos. Trabajó como injertador, en el campo. Eran horas a la intemperie, frío de madrugada, trabajo de invierno. Su hermana le comentó que en el número 30 de la Avenida de Bayona buscaban sustituto al portero que se jubilaba. Para entonces, Tasio tenía mujer y dos hijos de 6 y 3 años. Pero no les costó hacer las maletas y dejar el pueblo, Lodosa. “Allí le pagaban bien, pero a veces lucen más cuatro pesetas que cinco”, sostiene él. Superó una entrevista con muchos candidatos y contra su propio pronóstico. “No sé qué me vieron”, parece disculparse tanto tiempo después de aquel 30 de julio de 1986.

Pero no debían de ir muy desencaminados los vecinos. Su portería es, cuando menos, curiosa. Y el de Tasio, un pequeño oasis dentro de la silueta urbana sin apenas matices de una de las principales arterias de la ciudad, exponente del crecimiento de mediados del siglo XX. El oasis es el pequeño jardín de la comunidad, frente al portal, dos parcelas de apenas 30 metros que lucían desnudas hasta que Tasio cogió la azada. Por plantar, plantó hasta un laurel. O un pino que tiene ya 25 años y unos cuantos metros de altura, y que él muestra mientras una picaraza deja su nido.

En la recepción, en la planta baja del edificio, la repisa de la cristalera está cubierta de pequeñas figuritas de mil colores. “Las colecciono. Uy!, en la casa del pueblo tendré más de 300”, describe. Y los niños, claro, frenan en seco con los ojos clavados en el cristal.

Por lo demás, la suya es una comunidad más. Populosa, eso sí. Son 190 censados, más de los que suman muchos pueblos de Navarra. Son vecinos a los que ha visto crecer y a algunos también morir. “Nos ha tocado de todo”. “Más bueno que malo, aunque de lo segundo también hubo”, relata un par de episodios desagradables. Por ejemplo, el de aquel vecino que cargó con él asuntos familiares y, poco antes de morir, le pidió “disculpas de corazón”.

Lo bueno lo cuenta sosegado en la que cuando él llegó era almacén de bicicletas, luego reconvertido en sala de juntas anual y en una suerte de lugar de encuentro el resto del año. Destaca Tasio el estupendo ambiente, pero casi no hace falta que lo diga. Lo expresan las paredes ilustradas con orlas de vecinos, que las hay, o con tantas fotografías, testigos de tantos buenos ratos. O las guitarras que descansan en un rincón. Él las toca de oído, suenan “jotas y rancheras y hasta rumbas si hace falta”. Y las canta, No sabe muchas letras, pero tampoco le cuesta improvisarlas.

Allí se merienda, se conversa o se juega a cartas. Mayores, jóvenes y no tanto comparten ríen mucho y procuran discutir poco. “Por aquí han pasado muchos estudiantes, hasta el hijo de El Cordobés y el del que fue alcalde de La Coruña. No les costaba dejar los libros para bajar con su tortilla de patata”, recuerda Tasio. Tampoco olvida el reloj, “creo que se apellidaba Lacroix, algo grande”, -matiza-, que le regalaron cuando cumplió 25 años en la casa. “Toda una sorpresa, no lo olvidaré”.

El portero está acostumbrado a escuchar, le gusta. También ve y oye, pero calla. La discreción va con el oficio, parece evidente, pero él lo confirma y lo enfatizarlo con su rostro, hermético, un poco a la defensiva, dejando claro que jamás contaría nada de lo que algún día vio de más. Y se vuelve a emocionar. “Me pasa”.



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