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fábrica de argal

Sueños de fábrica que no se derribarán

  • Convivió durante 11 años, hasta 1988, con la estructura de la antigua fábrica de Argal. Junto a su familia, Choni López Rota era la única residente del coloso de los embutidos. Ahora, a meses de su derribo, la intensidad de los recuerdos delinean su vida

Choni López Rota, delante de la antigua fábrica de Argal, en la avenida de Aróstegui.

Choni López Rota, delante de la antigua fábrica de Argal, en la avenida de Aróstegui.

Choni López Rota, delante de la antigua fábrica de Argal, en la avenida de Aróstegui.

eduardo buxens
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30/05/2015 a las 06:00
  • Noelia Gorbea. Pamplona
Son tantas las anécdotas vividas, las sensaciones experimentadas y los recuerdos conservados, que las palabras de Choni López Rota palpitan a la misma velocidad que lo hace su corazón. Mientras habla de la antigua fábrica de Argal de Pamplona, sus ojos se iluminan y su voz rebosa cercanía. Vuelan las alusiones a su antigua escalera del miedo, los deseos de regresar a aquellos años en los que existía una cuesta de la muerte, un cuarto de las bicis y una rampa de bajada.

Esta vecina de la Rochapea, a la que apenas le quedan dos semanas para cumplir 43 años (6 de junio), siente que una pequeña parte de su vida siempre estará dentro de las paredes de la antigua empresa, estructura que será derribada antes de que acabe el año, según aprobó esta semana gerencia de urbanismo del Ayuntamiento de Pamplona. “Emulando a Machado, mi infancia son recuerdos de mi fábrica de Argal”, sostiene esta madre de familia.

Y es que los antiguos edificios industriales situados junto a la avenida de Aróstegui número 24 han sido testigos de la vida, infancia y casi adolescencia de Choni y sus tres hermanos, que aunque no de sangre, sí de corazón. Se trata de José Manuel, Roberto y Patxi, el pequeño. “Apenas hay diferencia entre nosotros. El menor tiene ahora 40 años, así que todos estamos muy unidos”, insiste Choni. “Sin ellos jamás hubiera construido tantos recuerdos”, añade.

UNA HISTORIA PROPIA

Sin embargo, el cariño hacia la fábrica de Argal comienza a tejerse en el interior de esta familia cuando Antonio López González, el padre de Choni, consigue trabajo como chacinero. Fue allí donde, con 20 años, conoció a la que se convertiría en su mujer. “Ella tenía 19 años y se dedicaba al deshuesado”, matiza. “A los tres meses del enlace, mi padre, que entonces tenía 25 años, sufrió un accidente con una máquina picadora y se seccionó el brazo izquierdo a la altura del codo”, recuerda Choni delante de la antigua empresa de embutidos, ahora abandonada.

Desde entonces y debido a la invalidez, Antonio ejerció como encargado del correo y otras tareas dentro de la fábrica adecuadas a su minusvalía. Hasta 1976. Ese año, punto de inflexión en la vida de Choni, reubicaron a su padre como guarda de seguridad de Argal, hecho que motivó la entrada en la fábrica de Choni y sus hermanos. “La producción se trasladó a Lumbier y él era el responsable de vigilar las cámaras frigoríficas y todo lo que había quedado dentro. Pamplona continuó siendo punto de encuentro para los delegados comerciales, para la distribución, lo que requería estar allí las 24 horas del día”, explica. “Fue nuestro nuevo hogar”.

Aunque tenía cuatro años y los recuerdos se vuelven vagos en algunos momentos, Choni habla con un punto de nostalgia de la tremenda ilusión que invadió su cuerpo al verse ‘dueña temporal’ de semejante taller. “Quería ganar la lotería para comprarme la fábrica”, admite entre risas.

Durante 14 años, hasta el 9 de enero de 1988, la familia vivió en uno de los locales de la fábrica, habilitado como estancia. Eran los únicos residentes y habitantes de más de 6.000 metros cuadrados. “La casa era muy pequeña y teníamos que poner cubos para recoger el agua que se filtraba cada vez que llovía”, asegura Choni​
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Fue en toda aquella extensión fue donde los cuatro hermanos descubrieron pasadizos subterráneos bajo la nave central, improvisaron una piscina en un sobre techo de la cocina, cultivaron un huerto, tuvieron perros, criaron gallinas, conejos y vencejos, y hasta cuidaron de un águila herida hasta que reemprendió el vuelo.

“Vivimos mil aventuras que treinta años después nos siguen dibujando sonrisas. Tengo incluso una cicatriz en el muslo de una caída en una rampa”, narra.

Ahora, a meses de la demolición, Choni sabe que estará presente. “Argal no es solo ladrillos. Es sentimientos, y por eso quiero devolverle parte de lo que me regaló”, se emociona.



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