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El botones del hotel La Perla

  • Llegó al hotel casi con pantalón corto. Tenía 13 años. Creció al abrigo de las historias más glamurosas de Pamplona

Miguel Ángel Acaz en el paseo de los Enamorados de la Rochapea, barrio en el que vive desde que se casó en 1963.

Miguel Ángel Acaz en el paseo de los Enamorados de la Rochapea, barrio en el que vive desde que se casó en 1963.

Miguel Ángel Acaz en el paseo de los Enamorados de la Rochapea, barrio en el que vive desde que se casó en 1963.

calleja
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Actualizada 20/04/2015 a las 12:14
  • pilar fdez. larrea. Pamplona
El 1 de julio de 1951 entró en el hotel La Perla. Para trabajar. Eran las 8 de la mañana, bien lo recuerda. Tal vez vestía de corto, pero no iba nervioso. Le arropaba la osadía de los 13 años, la de una niñez curtida en la cercana calle Olite, junto a la estación del Irati, cuando en su casa jugaban a trenes en los armarios y robaban membrillos en el patio de las Salesianas. A Miguel Ángel Acaz, inquieto y algo travieso, no le atraía demasiado el pupitre. Se plantó y dijo que no quería estudiar. “Pues a trabajar”, atajó el padre. Empezó de botones, pasó por la centralita, la consejería nocturna y la recepción de día, así durante 50 años, hasta su retiro en 2001.

Una vida tras el mostrador del hotel más emblemático de Pamplona da para horas de conversación con este hombre de formas elegantes y gestos convincentes. Podría haber superado un casting y alguna que otra entrevista puntillosa, como si la recepción le hubiera moldeado la voz, con aire de narrador radiofónico y los gestos, relajados pero convincentes. Pudo ser. Entró siendo un niño y creció al abrigo de las historias más glamurosas de la ciudad, aquellas que dejaban rastro en los periódicos de mediados del siglo XX, de Sanfermines con toreros y artistas de apellido ilustre, de viajantes con maletas lustrosas, de cuando el veraneo duraba un verano, y los menús tenían cinco platos, de marqueses y hasta de príncipes que acomodaba con las mejores vistas.

En aquel tiempo, no había sueldos fijos, los empleados cobraban el 15% del precio destinado al servicio, unas 75 pesetas al mes en su caso. Así se entiende que su madre le preguntara dónde había robado el dinero cuando se presentó con una propina de 500 pesetas, un billete que guardaba en la mano, con tanta fuerza que los nudillos casi le dolían. Se lo había dado un cliente de Bilbao que había hecho dinero en México. Fue la primera propina y como esa no llegaron muchas.

Imposible pasar por alto tantos mitos: la habitación de Pablo Sarasate, o los tres Sanfermines de Hemingway, a quien Acaz, lo admite, no habría levantado un busto en la ciudad. “Dijo que Pamplona es una ciudad libre en San Fermín y hay quien lo interpreta como quiere”, apunta Acaz. Sí dedicaría en cambio una escultura a José María Iribarren. “Escribió tanto y tan bien de Navarra”, arguye. Conoció a Orson Wells, Julio Iglesias..., pero de todos ellos se queda sin ninguna duda con un nombre más de andar por casa: Paco Martínez Soria. “Amable, simpático, agradable”, sentencia.

A Miguel Ángel le llueven recuerdos, tanto que comenzó a escribir unas memorias con el fin de ordenar el paso del tiempo. Las dejó superadas las mil páginas. La suya es, en fin, historia menuda de la ciudad, de pasajes que puede desvelar, y de otros que nunca contaría. Llegó a La Perla poco después de la reforma del inmueble. Y se jubiló antes de la última remodelación integral del hotel de la familia Moreno, cuando se defendía en francés e inglés, y la categoría se marcaba con estrellas.

Fue feliz, pero siempre echó de menos estar con la familia en Navidad, en Sanfermines, en verano. Así que en julio de 2002, en sus primeras fiestas jubilado, se apostó el 6 de julio, bien de mañana, en la esquina de la calle Chapitela. La suciedad le echó para atrás. Nunca más ha vuelto. Se refugia en Benicasim y, si acaso, regresaría para ver los fuegos artificiales. No más.

Hace año y medio Miguel Ángel Acaz y Ana María Carro celebraron 50 años casados. Durmieron en el hotel La Perla. Desayunaron allí. Nunca hubiera imaginado algo así. “No soy más que un trabajador, no soy nadie”, apostilla, tal vez sin reparar en el valor de nombres anónimos que día a día tejen la historia.



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