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Joaquín fue el príncipe destronado

  • Fue la quinta generación de una familia de cereros y confiteros. 45 años pasó en el obrador, en la trastienda de un escaparate ilustre.

Joaquín Donézar Desojo frente al número 47 de la calle Zapatería, donde nació hace 70 años.

Joaquín Donézar Desojo frente al número 47 de la calle Zapatería, donde nació hace 70 años.

calleja
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24/11/2014 a las 06:00
  • pilar fdez. larrea. Pamplona
"No he sido bueno en nada”, sentencia Joaquín Donézar. Puede ser humildad, porque un rato después asegura que “el amor y el chocolate se hacen con las manos”, el amor con mayúsculas, a la familia, a los amigos; y el chocolate del bueno, natural, artesano. Él llora, aunque casi no se note, cuando recuerda las buenas amistades. Y ha disfrutado, tanto y más, durante 45 años en el obrador de la cerería y confitería familiar. Un oficio sin horas, de escasa maquinaria, en el que se valió de unas manos que no llegaban a los bemoles cuando se empeñaban en que tocara el piano. Qué va, no había manera. Los suyos no son dedos de pianista, pero han amasado dulces, como quien compone una sonata.

Joaquín Donézar Desojo nació en el tercer piso del número 47 de la calle Zapatería. Fue, dice, un príncipe destronado. Era el tercero de tres varones. Y cuando contaba 5 años llegó ella, la niña. Sonríe al recordarlo, pero alguna pataleta le costaría entonces. La resolvería, a buen seguro, con algún caramelo o tal vez con un volado, aquel dulce hoy casi en extinción que se servía junto a un vaso de agua para acompañar al chocolate con churros. Joaquín estudió en los Maristas. “Allí me intentaron educar”, se permite la licencia. Con 15 años comenzó a trabajar en el negocio familiar, con su padre, Joaquín, y su tío Cesáreo. “Siempre veía hacer velas y pastas y no entendía otra vida”, apunta. Fue el único de los hermanos que siguió el oficio, la quinta generación. Hace apenas cinco se jubiló y ya van por la sexta, con su hijo Joaquín, de 32 años. ¿Estará contento? “Yo he disfrutado haciendo velas y no querría obligar a nadie, un artesano no tiene horas” se explica con gesto serio, un hombre más habituado a la sonrisa. De mirada nostálgica y pómulos consistentes, habla claro y limpio. Se le entiende rápido.

Considera que el suyo no es un oficio complicado y describe el fundamento de unir la cera, la de la abeja para las velas, con los dulces. “Las velas se conservan bien, y se hacían cuando no había trabajo en los chocolates y las pastas”, describe. Pero elaboraban mucho más. “Desde cremas para una herida de un buey, por ejemplo, hasta jarabes para el catarro”. Dieciocho cereros había en Pamplona cuando él empezó. Su hijo es ahora el único. Defiende el padre que son la competencia de fuerzas eléctricas. “Los dos damos luz, pero la mía es más romántica, siempre lo he dicho”. Es otra de las frases gruesas que acuña con asombrosa naturalidad.

Joaquín lleva 33 años “felizmente casado” con Asunción Polo. “No me acuerdo de cuando estaba soltero”, dedica, así como quien no quiere la cosa, un piropo a su mujer. Pero sabe que, cuando estaba soltero, y justo hasta que se casó, corría el encierro. Sería coincidencia. Pero también tuvo que ver un Miura que lo arrolló en la cuesta de Santo Domingo. Porque Sanferminero ha sido. Y es. De tradiciones, de las de siempre. “No de folclores”. Y considera, muy a su pesar, que la procesión “ha dejado de ser un acto religioso”. Aún así, la Hermandad de Chocolateros sigue invitando al almuerzo típico: chorizo cocido en vino con azúcar moreno de caña.

Joaquín se siente muy de Pamplona, sobre todo del Casco Viejo. “Por eso me da tanta pena que se degrade”, resume su defensa de la calidad de vida en el barrio. “No habré dormido mil noches fuera de la calle Zapatería”, confirma su querencia. Pues sí que se debe dormir bien allí. “Qué va, ayer me desperté antes de las siete y me fui a Olite a ver amanecer. El sol sale por la sierra de Ujué, precioso. El atardecer me deprime, pero al amanecer pienso: Dios nos ha dado otro día”. Con eso disfruta, y con los ocres del otoño, con un hayedo, con la piedra que se cruza. “Soy más de campo que las amapolas, raro será el domingo que me quede en Pamplona”, confiesa su doble vida.

Vive encima de la tienda, sale a pescar, y a cazar: “Dios arriba, y el perro conmigo. Para qué quiero más”. Y, como buen jubilado, hace recadicos, sin perder de vista la vuelta con los amigos. Todo eso, aunque aún haya clientes que le sigan llamando “Joaquinico, mi chico....”.



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