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Gestión de resíduos

El último palista de Arguiñáriz

  • Testigo directo de la evolución en el tratamiento de residuos, Máximo Azanza Arizaleta es palista en Góngora. A final de año se jubila

Máximo Azanza, en una de las dos máquinas con las que trabaja en el vertedero de Góngora.

Máximo Azanza, en una de las dos máquinas con las que trabaja en el vertedero de Góngora.

Luis Carmona
0
16/08/2014 a las 06:00
  • Pilar Fdez. Larrea. Góngora
"Esto ni parece un vertedero, casi no vemos la basura”, sentencia Máximo Azanza Arizaleta, al volante de la pala con la que compacta los residuos en Góngora. Lo dice este hombre de ojos vivos y sonrisa campechana, testimonio de la evolución en la recogida y el tratamiento de los residuos en Pamplona y la Comarca.

Máximo Azanza cumplió 61 años en abril. Se jubilará a final de año y ya cuenta los días. “No creo que coja una depresión. Qué va”, suscribe. Tiene muchos planes, entre ellos la huerta, sin descuidar la caza. Se irá contento, pero se llevará buenos recuerdos de sus 44 años de vida laboral, casi 34 dedicados a los residuos. Comenzó como empleado de la recogida en Pamplona. Era conductor del camión en la empresa gestora entonces. Luego nueve en Focsa, hasta que pasaron a la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona, justo con la inauguración del centro de tratamiento de residuos urbanos de Góngora, en 1992.

Este año se cumplen dos décadas de la clausura del vertedero de Arguiñáriz, y Máximo es uno de los dos últimos palistas que trabajaron en él. “Empecé como chófer de camión, cuando aún no había contenedores, y las bolsas se recogían una a una de los portales. Me correspondían los barrios de la Milagrosa y Azpilagaña, siempre trabajaba de noche, empezábamos a las diez, y hasta acabar”, apunta sobre aquellos primeros años. Hacían dos viajes cada noche, desde Pamplona a Arguiñáriz, donde la basura se basculaba en un barranco. Entonces aún no se separaban los residuos. “No se reciclaba como ahora, todo iba al mismo sitio”, explica Máximo Azanza.

Y, en este contexto, viajar de Arguiñáriz a Góngora fue toda una revolución, un cambio que este operario ha vivido con intensidad. Ya en Arguiñáriz pasó del volante del camión al de la pala con la que se extiende y se compactaba la basura, una máquina de 35 toneladas. En ella sigue, en turnos de mañana, tarde y noche. Siempre hay dos de una plantilla de once palistas.


LA CELDA NÚMERO 20

“Pero ahora se trabaja muy distinto, todo está muy controlado y casi no vemos la basura, apenas los 20 metros en los que te centras, porque conforme la van depositando y llega a un nivel la tapamos con tierra, diez capas, y se van formando terrazas”, describe su labor.

La zona de vertido ocupa 45 hectáreas y se divide en parcelas que denominan celdas. Ahora están en la número 20 y se construye la 21. No habrá muchas más porque el vertedero tiene fecha de clausura. Es al menos lo que dice la normativa de la Unión Europea. Incluido el periodo de prórroga, Góngora deberá cerrar entre 2020 y 2022. Porque, a pesar de todas las medidas correctoras y medioambientales, no se podrán enterrar residuos urbanos. Ni siquiera el resto que vaya al contenedor verde, después de separar, vidrio, papel y cartón, envases y materia orgánica.

De manera que los políticos tienen que ponerse manos a la obra rápido y decidir qué hacer. El Plan Integral de Gestión de Residuos de Navarra, igual que la Mancomunidad, optaba por la incineración, pero de momento el proyecto está paralizado y el PSN descarta esta opción. El futuro tampoco escapa a los operarios de Góngora. “Ahora desde luego se entierra bien poco, nada que ver con lo de antes, pero si no se puede y tampoco se va a incinerar, algo tendrán que hacer, porque, por mucho que recicles, siempre va a quedar un resto”, evidencia Máximo, ante una alternativa que a buen seguro le pillará disfrutando de su ansiada vida de jubilado.

Reconoce Máximo Azanza que no si hace 30 años le dicen que los residuos depositados en el vertedero generarían gases de los que se obtiene electricidad, no se lo hubiera creído. “Directamente no, me reiría”, dice ante la maqueta que ilustra el centro de tratamiento, donde se ven describe bien el camino que llevan los desechos y las tuberías por las que se conduce el gas.

Nacido en el valle de Ollo, Azanza vive desde hace muchos años en Vidaurreta, a escasos kilómetros de Arguiñáriz. La ladera de lo que fue el vertedero luce ya verde y el ganado pasta en el entorno. “Mucha gente no sabe qué era Arguiñáriz y quien no conozca su historia puede pensar que es un monte más”, reflexiona este hombre, rostro de la dignidad de una tarea tan ligada a la vida cotidiana de las ciudades y los pueblos.



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