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Casco Antigüo

Reforma de la calle Mercaderes

  • Ha habido pocos cambios en el casco viejo de la ciudad desde el derribo en Mercaderes de una manzana

Así era el edificio que ocupaba el espacio entre las calles Calceteros y Mercaderes.

Así era el edificio que ocupaba el espacio entre las calles Calceteros y Mercaderes.

J.J. Arazuri
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12/08/2014 a las 06:00
  • Juan José Martiñena
Otra de las novedades que trajo consigo el año 1914 fue el derribo en la calle Mercaderes de una manzana entera de casas, en una de las contadas reformas urbanas llevadas a cabo en el casco antiguo de la ciudad a lo largo de los siglos XIX y XX.

La estructura de las viejas calles, que seguía siendo con escasas modificaciones la misma que la de los burgos medievales, solo se había visto alterada hasta ese momento por la reforma y ampliación de la calle Bolserías -hoy de San Saturnino- en 1890, los derribos que dieron lugar a la plaza de San Francisco en 1910 y tres o cuatro intervenciones de menor entidad.

Como anotó el Dr. Serafín Húder en una conferencia titulada Desarrollo urbano de Pamplona durante los últimos cien años, que dio en el Ateneo Navarro en 1935, estas reformas contribuyeron a aliviar el problema del hacinamiento causado por la opresión del recinto amurallado, que afectaba incluso a la salud del vecindario.

Hasta enero de 1914, esta calle tenía en toda su longitud la misma anchura que mantiene hoy en su tramo más próximo a la plaza Consistorial, donde hasta no hace mucho estuvo el centenario comercio conocido como Casa Unzu. Ello era debido a que en el amplio espacio libre que ahora existe delante de los bares Iruñazarra y Mentidero, y la que fue farmacia Blasco, existió desde tiempo inmemorial una pequeña manzana de casas, de planta trapezoidal, que por su fachada principal prolongaba un tramo más la calle Chapitela.

Y de sus dos fachadas laterales, una hacía llegar la calle Calceteros hasta la esquina de Estafeta, mientras que la otra guardaba la alineación del tramo inicial de la calle Mercaderes hasta esa misma esquina.


UNA MANZANA PECULIAR

Era aquella una construcción sencilla, que constaba de planta baja, tres pisos de viviendas y una buhardilla. La única fotografía que se conoce de ella la publicó en 1952 Leoncio Urabayen en su Biografía de Pamplona y antes Julián Juderías, en una revista-guía de Pamplona que editó en 1945.

Según se aprecia en esta imagen, que reproduce su fachada posterior, la más estrecha, y la que daba a la calle Mercaderes, solo tenía tres alineaciones de ventanas y ningún balcón. La única particularidad que ofrecía digna de reseñar era el alero de su tejado, que llamaba la atención por ser muy saliente, como lo eran los de otras muchas casas de la ciudad en los siglos XVII y XVIII.

El erudito don Antonio Ponz, en su libro Viaje fuera de España, publicado en 1783, tras elogiar las importantes mejoras urbanas que por entonces había acometido Pamplona, añade a este respecto el siguiente comentario sobre las calles: “…es lástima que las ensombrezcan y afeen no poco los grandes aleros de los tejados, el resalte demasiado de los balcones y las celosías en los balcones”. La noticia resulta muy significativa.

En la sesión municipal del 26 de julio de 1913, el Ayuntamiento acordó adquirir por la cantidad de 81.250 pesetas dicha manzana de casas, con el fin de demolerlas y dar mayor amplitud y luz a esta calle, una de las más comerciales del casco antiguo. A la parte de Mercaderes tenía dos portales, que llevaban los números 12 y 14, pero originariamente la manzana entera debió de constituir una sola casa. Antiguamente era conocida como la casa de Viscor, y gracias a las investigaciones de nuestro recordado amigo Pedro García Merino, sabemos que en 1774 pertenecía a la fundación de Zozaya y más tarde pasó a propiedad de don Juan Ángel Sagasti.


DERRIBO CON CELEBRACIÓN

Según publicaba al día siguiente Diario de Navarra, el 21 de enero de 1914, a las cuatro de la tarde, quedaron completamente terminados los trabajos de demolición. Una vez retirados los escombros, para celebrarlo se dispararon varias docenas de cohetes.

Hay que decir que los contratistas de la obra se habían comprometido formalmente con el ayuntamiento a derribar las casas y retirar los restos del derribo en el plazo de veinte días, a contar desde el 1 de enero.

Pero por culpa de un fuerte temporal de nieve que se produjo al empezar el año, no se pudo empezar a trabajar hasta el día 5, víspera de Reyes. Es decir, que con los medios rudimentarios de que se disponía entonces, la manzana se derribó en el tiempo récord de trece días y medio. Hubo un detalle simpático y es que el vecino Julián San Juan tuvo el generoso rasgo de regalar a los obreros un barril de vino, con el fin de que lo bebieran a su salud. Y para que la celebración les resultase redonda, los titulares de la contrata, Srs. Martinicorena, les obsequiaron además unos corderos, manjar que entonces no estaba al alcance de la honrada y sufrida gente de alpargata.

Así que, para dar cuenta de dichas provisiones, los trabajadores se dirigieron felices y contentos a la cercana fonda Casa Marceliano, en la calle del Mercado, en cuyo comedor disfrutaron de una opípara merienda-cena, en la que según contaba el reportero del Diario, les sirvieron “abundante cantidad de berza con chungur, chilindrón y cordero asado”, todo ello regado con el barril de vino que les regalaron. Los postres fueron servidos por la acreditada pastelería Garicano, que estaba situada en la calle Mercaderes, justo al lado de las casas que se acababan de derribar.

Tras su derribo, cuyos trabajos quedaron terminados el 21 de enero de 1914, la antigua calle ganó en amplitud y luminosidad, adquiriendo el aspecto de una pequeña plaza, que algunos llamroN del Comercio, y a partir de entonces pasaron a formar parte de ella las casas que hoy llevan los números 6, 8 y 10, que antes pertenecían a la de Calceteros.


CALLE BLANCA DE NAVARRA

Dos años más tarde, con fecha 22 de marzo de 1916, a propuesta del ilustrado teniente de alcalde don Fernando Romero, elocuente abogado y catedrático de literatura del Instituto, el consistorio acordó dar a la calle recientemente ampliada y embellecida, el nombre de doña Blanca de Navarra. Y como recoge J. Joaquín Arazuri en su obra Pamplona, calles y barrios, aquella denominación, confirmada por el ayuntamiento el 23 de octubre de 1936, se mantuvo en uso oficialmente hasta 1972. Ese año, en la sesión del 29 de febrero, previo informe del archivero Vicente Galbete a instancias de nuestro amigo el teniente alcalde Javier Rouzaut, la corporación acordó recuperar el antiguo nombre, que en la práctica los pamploneses nunca habían dejado de utilizar.

Julián Juderías, al comentar algunas de las transformaciones experimentadas por nuestra ciudad en la primera mitad del siglo XX, dice de las calles que antes del derribo “su acentuada estrechez daba a estos lugares el aspecto de verdaderas encrucijada donde se presentían encuentros novelescos y duelos misteriosos”. Y refiriéndose a la renovada perspectiva urbana de este lugar tras la acertada demolición, ofrece que “ofrece toda la amplitud necesaria para el desenvolvimiento urbano de esta parte de la población, que antes se desarrollaba con enormes dificultades, en particular para los vehículos motorizados que hoy pueden al fin circular con la más completa normalidad”.

Esta calle, cuya transformación se produjo como hemos visto hace ahora cien años, es conocida hoy no solo en España sino en buena parte del mundo, por ser una de las que recorren mozos y toros en los emocionantes encierros de las mañanas sanfermineras, un espectáculo sin par que la televisión retransmite a decenas de países. También pasan por ella desde tiempo inmemorial las procesiones del Traslado y el Retorno de la Virgen Dolorosa, Viernes Santo, la solemne del Corpus Christi y la más popular y colorista de San Fermín, en la mañana alegre y luminosa del 7 de julio. Todo ello, unido a los numerosos bares y comercios con que cuenta, hacen de la calle Mercaderes una de las más animadas y populares del casco antiguo.



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