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Orfeón Pamplonés

Paloma no canta en el Orfeón

  • Paloma Marticorena no abre la boca para cantar, pero habla, y mucho, en la trastienda del Orfeón Pamplonés

Paloma Marticorena en la oficina donde el Orfeón archiva todas las partituras, miles de copias de hasta 9.000 temas

Paloma no canta en el Orfeón

Paloma Marticorena en la oficina donde el Orfeón archiva todas las partituras, miles de copias de hasta 9.000 temas

calleja
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17/02/2014 a las 06:01
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  • pilar fdez. larrea. Pamplona
Mientras estudiaba Comunicación, Paloma fregó platos en el restaurante de debajo de su casa. Desde entonces, procura no alargar las sobremesas cuando sale a cenar; después trabajó en una librería y, cada vez que pasa por una, imagina la ingente tarea que hay detrás de la estantería. En este contexto, se acomodó pronto en la trastienda del Orfeón Pamplonés, "aunque nunca hubiera imaginado que un coro precisaba de una intendencia tan complicada".

"Encantada" está Paloma Marticorena Lezcano con su oficio. Lo confirma ella y, de no ser así, se le notaría. Lo dicen sus ojos, entusiastas, y sus manos, dibujando curiosas siluetas en el aire. No tanto su oído porque esta pamplonesa de 38 años, asegura tener "una oreja encima de la otra". De oído poco, vaya. De modo que, en los conciertos, está entre bambalinas, o en el patio de butacas, "nerviosa" como si los 130 orfeonistas fueran sus hijos; "emocionada" cuando el público se levanta para aplaudir, como ocurrió el Nueva York.

Paloma Marticorena, licenciada en Comunicación Audiovisual, trabajó durante seis años en una agencia de publicidad de Madrid. Finalizada aquella etapa y en un paréntesis de dos meses en Pamplona, decidió que su ciudad le aportaba calidad de vida y un día más largo que el de la capital, donde apenas le daba tiempo de trabajar, comer y dormir. Se quedó. Durante año y medio trabajó "muy a gusto" en la Librería Universitaria y después cruzó la puerta del Orfeón, en la sede de la calle Pozoblanco. Buscaban a una persona encargada de producción. Ella sabía que el coro existía. Y poco más. Carecía de conocimientos musicales. Pero encajó en el perfil. De aquello hace siete años. 2.555 días, más o menos, que se han esfumado como un suspiro.

Describe su quehacer en su poblada oficina de Pozoblanco. No de personas, al menos por las mañanas, sino de archivos. En 2015, el Orfeón cumplirá 150 años. Siglo y medio de historia en 400 metros cuadrados dan para mucho. Por ejemplo, para una pared forrada de partituras. Hasta 9.000 distintas conservan y de 4.000 tienen 120 copias por pieza: 480.000, dice la calculadora. Todas las controla Paloma: para ensayos, conciertos...

Esa es una parte de la tarea. Pero hay mucho más. Hasta el último de los cuatro coros: infantil, escolanía, juvenil y adulto, pasa por su agenda, por un ordenador que por las tardes, cuando los pasillos se llenan, debe compartir. Hasta 60 niños corretean, mientras ella apura las últimas llamadas para cerrar autobuses, hoteles, restaurantes y hasta el alquiler de los pianos para los próximos conciertos: en marzo tienen convivencias con todos los coros y varios conciertos; en junio y julio cantarán en Francia, en Orange.

Su aterrizaje en el Orfeón fue casi sin frenos. A las dos semanas de llegar viajaron a Santiago de Compostela, Madrid y Barcelona, con desplazamientos en avión por la premura entre fechas, algo inusual. Fue una prueba de fuego. En una de las estancias, un orfeonista sufrió un infarto. La cosa acabó bien, pero hacía falta capacidad de reacción. "En siete años no ha vuelto a ocurrir. Un par de caídas con fracturas, pero nada más", resume. Y eso que le ha tocado vivir un hito histórico: los conciertos en Nueva York, en 2010 y 2012. Tuvo que arreglar el visado de trabajo para 130 voces. "Todos son amateurs, cada uno tiene su profesión, pero el documento es necesario y arrastra un sinfín de trámites y cuestiones personales. Si estás separado debes aportar datos sobre el motivo del divorcio, las viudas sobre la muerte de su cónyuge, hay que firmar manejo de armas, y tenemos un Policía Municipal y otro Foral. Y mentir es un delito federal penado con dos años de cárcel. Además, hay que superar una entrevista individual en la embajada de Madrid", enumera. "Por la mínima duda te deniegan el visado. No nos ocurrió con nadie y estoy orgullosa", reconoce. En la otra cara está la crisis, la dificultad económica añadida de viajar en grupo y tener que rastrear hasta el último rincón en buscar de las mejores opciones. "Lo hago feliz".



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