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FUERTE DE SAN CRISTÓBAL

El cementerio de las botellas, en la memoria

Unas 150 personas visitaron el pasado domingo el interior del fuerte de San Cristóbal, y más tarde la ladera donde fueron inhumadas 131 personas, todo dentro de las jornadas ‘Fascismo y lugares de memoria’, organizadas por el Gobierno de Navarra

El grupo atiende las explicaciones del guía, poco antes de adentrarse en las galerías del fuerte.

El cementerio de las botellas, en la memoria

El grupo atiende las explicaciones del guía, poco antes de adentrarse en las galerías del fuerte.

Actualizada 18/10/2016 a las 14:09
Carmen Ros tenía 7 años cuando fusilaron en el Perdón a su padre, Clemente, inspector de la policía municipal en Estella. Estuvo preso en el fuerte de San Cristóbal, apenas una semana. “Ese es el consuelo que me queda, no permaneció mucho tiempo aquí”, apuntaba el pasado domingo esta mujer de 87 años, una de las 150 personas que participaron en la visita guiada al interior del fuerte, y que consiguió mirar de frente al pasado. Lo hizo en el marco de las jornadas ‘Fascismo y lugares de memoria’ organizadas por la dirección general de Paz, Convivencia y Derechos Humanos del Gobierno de Navarra. El encuentro finalizó en el conocido como cementerio de las botellas, una ladera a unos 500 metros del fuerte, donde enterraban a los presos fallecidos, muchos de ellos con una botella a la altura de las rodillas que les identificaba.

David Mallén, militar ingeniero y topógrafo, guió al grupo por las distintas estancias de la que se construyó como fortaleza defensiva tras la última guerra Carlista y acabó siendo penal y sanatorio entre 1934 y 1945, tras la revolución de los mineros de Asturias y durante y después de la Guerra Civil. Entre los asistentes se encontraba Ana Ollo, consejera de Relaciones Institucionales del Gobierno de Navarra; se sumaron también tres concejales de Geroa Bai en el Ayuntamiento de Pamplona, Itziar Gómez, José Javier Leoz y Esther Cremaes.


AL DETALLE

La cita era a las 11 de la mañana. A esa hora el sol mostraba ya buena cara, aunque el cierzo retenía al termómetro. Frío. Nada comparado con los inviernos del siglo XX, aquellos años en que el penal retuvo a más de 6.000 presos. David Mallén no escatimó en datos técnicos, fechas y cifras que detallaban la construcción del fuerte a través de una carretera, “conocida como la de los sietes porque tiene siete kilómetros, siete rectas, otras tantas curvas, siete metros entre arcenes”, desgranaba ante un público atento. Y una de las primeras cosas que dijo Mallén fue que el paraje sobre el que se construyó el fuerte de Alfonso XII no se denomina San Cristóbal, sino Ezkaba. “Hubo una ermita en el siglo XIII dedicada a San Cristóbal y dio nombre al monte que es Ezkaba”, precisó. El grupo pudo hacer fotos y grabar en las distintas estancias, también preguntar, cuestionar, recordar. Recorrieron distintos patios, se adentraron en los depósitos de agua, en los lavaderos, vieron el horno de pan y pasaron por las celdas. En muchas de ellas se pueden ver y leer aún los grafitos, originales, escritos y dibujados por los presos en la pared, con fechas, con nombres, con historia, en definitiva.

También llegaron a la iglesia, aún bien conservada, y al mirador, desde donde se dominan buena parte de las cimas que coronan la Comarca de Pamplona.


LA FUGA

Los datos históricos llegaron también a la fuga del 22 de mayo de 1938. Mallén explicó que fue minuciosamente diseñada por un grupo de cabecillas entre los que había personas “leídas”. Era domingo, por la noche, aprovecharon la relajación de las guardias ese día y “salieron con el anhelo de cruzar la frontera a Francia”. Solo tres lo lograron. El resto de números son bien conocidos, aunque también hay algunos que se diluyen entre archivos, leyenda y falta de datos más precisos. “Había en aquel momento 2.487 presos, se fugaron 795, algunos decidieron regresar, no tenían ni ropa ni calzado adecuado”, explicaba el guía. Murieron 211 en el intento, 16 fueron condenados a muerte, 14 de ellos finalmente fusilados en la Vuelta del Castillo el 8 de septiembre.

El cementerio de las botellas se sitúa en una ladera a unos 500 metros del fuerte, un terreno ahora de vegetación tupida al que se accede por un sendero. Estudios de José María Jimeno Jurío indicaban que se construyó en 1942. Junto a los cadáveres se depositaba una botella de cristal con un papel en su interior. En tres años, hasta 1945, fueron inhumados allí los restos de 131 personas. Varios cuerpos han podido ser ya exhumados e identificados por la sociedad Aranzadi.

Goyo Armañanzas Ros es nieto de Clemente Ros, el inspector de la policía municipal de Estella al que su hija, hoy octogenaria, dice que mataron por ser buena persona. Goyo es psiquiatra y ha profundizado en la importancia de que las emociones de lo ocurrido se transmitan a través de generaciones, sin detenerse en algún lugar impreciso de la historia.

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