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TRAGEDIA DE BIESCAS

El reencuentro del herido y la voluntaria

El matrimonio de Mari Carmen Ascunce Aranguren y José María Gurich González flanquea a Izaskun Ongay Alzueta.

El matrimonio de Mari Carmen Ascunce Aranguren y José María Gurich González flanquea a Izaskun Ongay Alzueta.

07/08/2016 a las 06:00
  • N.G.
A José María Gurich González le arrastró la corriente hasta que salió milagrosamente de la “centrifugadora” de piedras, ramas y agua con arena que envolvió su cuerpo. Magullado por los golpes recibidos, sin una fractura temida en la pierna por el dolor que sentía, fue conducido al hospital de Jaca. Una ambulancia de Cruz Roja Navarra le trasladó al día siguiente al centro de Virgen del Camino. Durante el viaje sus palabras fueron una cascada de emociones, sumido aún por el brusco impacto. A su lado, la voluntaria Izaskun Ongay Alzueta escuchó un relato continuo de sensaciones y recuerdos frescos de una experiencia dura. Cuando llegó a Virgen del Camino, su interlocutor le confesó un deseo: “Me gustaría volvernos a ver, pero ahora no puedo. Esto ha sido muy fuerte. Necesito un tiempo”. Aquella conversación mezclada de angustia y alivio entre Jaca y Pamplona nunca quedó en el olvido en la mente de la destinataria de la promesa. El pasado viernes se hizo firme.

Transcurridos 20 años de la catástrofe de Biescas que cruzó sus vidas, Izaskun Ongay reconoció el rostro del herido al que prestó su ayuda, en forma de escucha. En la ambulancia, José María Gurich ya sabía del paradero de su mujer, Mari Carmen Ascunce Aranguren, frente al temor de su pérdida que, por un momento, llegó a pensar. La impresión fue recríproca, a decir de ella.

Un detalle, referido a su procedencia de Mutilva, fue clave en la mutua localización. José María Gurich recibió “sobre las cuatro de la madrugada” del 8 de agosto la buena nueva de que su esposa estaba a salvo. Coincidió que la misma sanitaria que le tomó los datos y le preguntó por su procedencia fue la misma que recibió a su mujer en el hospital de Jaca. “Ahí hay un chico que es de Mutilva”, le confesó la sanitaria. Los malos presagios que le habían hecho pensar en un mal indeseado cedieron a una honda alegría.

El matrimonio Gurich-Ascunce había acudido a Biescas, junto a sus amigos Ángel Soria y María Carmen Martínez Zabalza. “Solíamos ir a Zuriza de camping, pero ese año cambiamos por Biescas. Nuestros amigos habían comprado una caravana”.

Casualidades de la vida, tan caprichosas del destino de cada ser humano, José María Gurich y Ángel Soria tenían previsto ir a jugar un partido de tenis. “Si la riada hubiese venido diez minutos más tarde, nos hubiésemos salvado”, confiesa Gurich, quien trabajó como delineante en Tracasa. “Aquello comenzó a ponerse oscuro. Nos metimos dentro de la caravana. Vimos que el agua se llevaba una palangana. Salimos Ángel y yo a recoger algo cuando de repente vino una ola de metro y medio. Yo estaba con un pie en el primer peldaño de la caravana y Ángel fuera. El agua le arrastró. Vino otro golpe de agua por encima de la caravana y me sacó fuera. Iba rodando de un lado a otro. Hubo dos momentos que pensé que me ahogaba. Me agarré a unas ramas, pero otro golpe de agua me arrastró de nuevo. Me salvé, creo yo, por la fuerza que aún tenía. A cuatro metros, había una persona sin vida. Me sacaron con unas varas los bomberos sobre las nueve menos diez’”. La riada comenzó en torno a las siete.

Por el relato que escuchó en la ambulancia Izaskun Ongay, el hombre sintió una energía de su interior cuando pensó en sus hijos. “En situaciones así, te acuerdas de momentos de la vida”, relata hoy. Su mujer, Mari Carmen Ascunce, también fue empujada por la fuerza de la corriente, que resquebrajó la caravana. “Tenía en mis rodillas a Mamen. ‘Ángel se ha muerto’, le escuché decir. Ya no dijo más”, rememora. Mari Carmen Martínez Zabalza fue hallada sin vida.

Apoyada a un tronco, el cuerpo de Mari Carmen Ascunce quedó a merced del agua hasta ser rescatada por un chico de Oñate (Guipúzcoa) a las cuatro horas del suceso. Su convalencia en el hospital duró 20 días. La desgracia estrechó un vínculo de amistad con la familia de su salvador. “No se me olvidará nunca en la vida”, tercia su marido. Hoy regresará con su mujer a Biescas. Antes de concluir su relato, estira su brazo y dedica un gesto de afecto a la voluntaria que le acompañó en la ambulancia: “Muchas gracias”.

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