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ANÁLISIS

Un gobierno en busca de la madurez

  • El Gobierno parece haber tomado conciencia de que su futuro dependerá de su utilidad para la sociedad navarra

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La presidenta Yolanda Barcina (derecha) y el vicepresidente Roberto Jiménez en uno de los últimos plenos celebrados en el Parlamento foral. JAVIER SESMA

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Actualizada 04/12/2011 a las 01:03
  • MIGUEL ÁNGEL RIEZU

E L joven gobierno de coalición UPN-PSN ha sobrevivido en Navarra ya a duras pruebas en sus cinco meses de existencia. Si estuviera en el diván del psicólogo se diría que atraviesa la crisis de la adolescencia, aquella en la que se mezclan los rasgos del adulto y del niño. Se trata de un gobierno que es capaz de lo más difícil (pactar un duro ajuste en el gasto público) y sin embargo también de desangrarse, acto seguido, en riñas intestinas.

Hablamos de un Ejecutivo construido sobre dos partidos que jamás han tenido la experiencia de compartir los despachos de la planta noble del Palacio de Navarra. El primero, un UPN que renueva liderazgo con Yolanda Barcina, a quien le ha tocado lidiar ya con errores propios y también con los heredados del pasado (dietas de la CAN, déficit público). Y el segundo, el PSN de Roberto Jiménez, digno de un análisis freudiano puesto que siendo Gobierno se comporta a veces como si continuara siendo oposición.

Superado el difícil repecho de las elecciones del 20-N, el reto del Ejecutivo es el avanzar en busca de la madurez. El de buscar cómo sumar a su mayoría parlamentaria el liderazgo en la mayoría social de Navarra en tiempos cargados de zozobras.

Baño de realidad e inexperiencia

El verano, julio y agosto, fue el tiempo de un largo y calmoso arranque para un Gobierno irregular en su composición profesional. Septiembre, en cambio, fue el mes para darse de bruces con la realidad, cuando se conoció la necesidad de un gran tijeretazo en el gasto para cuadrar las cuentas este año. Un cambio de ritmo vertiginoso.

A partir de ahí, al Gobierno no le ha faltado de nada. Incluidas traiciones internas. En los aledaños del Ejecutivo se da por supuesto que la polémica de las dietas de Caja Navarra tuvo su origen en una filtración al descubrir Roberto Jiménez que el otro vicepresidente, Alvaro Miranda, ganaba mucho más que él, ya que cobraba dietas de la caja por un órgano (la Permanente de la Junta de Fundadores) del que él no formaba parte. Para el PSOE fue un engaño el de UPN al no poner las cartas de los sueldos sobre la mesa. Para UPN la traición fue la del PSOE, al que responsabilizan en privado del daño causado por la polémica pública. Para los ciudadanos, lo que resultó un "shock" fue descubrir la cuantía de las dietas y los sobresueldos políticos en juego. Un incendio que venía larvándose desde el anterior gobierno de Sanz y que tuvo que resolver Barcina en pocas semanas con la flagrante contradicción de hacerlo a la vez que anunciaba los recortes de gasto para el resto de los ciudadanos. El problema se ha zanjado, pero las heridas no.

Los roces de la cohabitación se complican también por la poco fluida relación personal que el líder socialista mantiene con la presidenta de UPN. Se arrastra desde que ambos compitieron por la presidencia del Gobierno, cuando Jiménez puso distancia entre ambos. Es el factor humano, que también cuenta en política y que a veces la dificulta.

Dos pruebas de fuego superadas

En cualquier caso, si se mira con perspectiva, el gobierno de coalición, aunque no lo parezca, ha sorteado ya dos auténticas pruebas de fuego en política. La primera, diseñar y aprobar el duro plan de ajuste para reducir el gasto público este año en casi 300 millones y cumplir así a rajatabla con el objetivo de déficit público.

Antes ni siquiera de poder definir sus nuevas prioridades, todos los consejeros se vieron obligados a meter la tijera a fondo en los presupuestos de gasto para este año. Saltaron chispas públicas entre los socios del Gobierno a la hora de buscar responsabilidades por este recorte. Y luego hubo duros tiras y aflojas, por supuesto, en los despachos. Pero, puertas afuera, unidad sobre el resultado conseguido. La segunda prueba ha sido la presentación de los presupuestos para 2012, que suponen otro duro ajuste a los gastos públicos como continuidad del primero. Y, de nuevo, el proyecto estaba presentado en tiempo y forma.

Ambos retos superados suponen un auténtico test del valor que representa contar con un gobierno con mayoría absoluta en el Parlamento en tiempos de amenaza de una nueva recesión. Los agentes sociales (de empresarios a sindicatos) son los primeros en destacarlo.

Hay otro elemento que ha sido acogido con alivio en el Gobierno estos días. Los comicios del 20-N han demostrado que los electores no castigan a los gobiernos que ejecutan fuertes recortes si reciben explicaciones claras,véase CiU en Cataluña o el PP en Castilla-la Mancha. Y una reciente encuesta de CIES en Navarra revela que un 80% de los navarros ve necesarios los recortes en el gasto público, aunque limitan las áreas a las que deben afectar y dejan fuera salud y educación. Así que se trata de recortes impopulares, es obvio, pero que pueden ser comprendidos, sostienen desde el Ejecutivo. Para ello hace falta pedagogía política y no cometer muchos errores.

Las lecciones del 20-N

Cruzar el Cabo de Hornos de las elecciones generales del 20-N ha marcado otra etapa de esta singladura de cohabitación. Y no ha sido fácil dado lo poliédrico de las alianzas políticas. UPN es ahora socio del PP en Madrid y del PSOE en Navarra. Una "cuadratura del círculo" que provoca chirridos internos como la desafección del ex presidente Sanz, pero que ha permitido a Barcina recuperar iniciativa en la política nacional.

Ambos socios de gobierno además soportan las fuerzas centrípetas que buscan hacer trizas este experimento de Ejecutivo. El PP intentando arrastrar a UPN a su terreno y los nacionalistas lanzando cebos al PSN para que cambie el juego de alianzas a su favor al estilo de lo ocurrido en 2007.

Sin embargo, la lectura de las urnas del 20-N no deja lugar a dudas: hoy no hay lugar para las alternativas. UPN y PP están lejos de conseguir los votos necesarios para lograr una mayoría absoluta por sí solos. Y el PSN, con el descalabro nacional del partido, tampoco parece que pueda plantearse opciones más rupturistas hoy en día. UPN y PSN, en el peor de los casos, "siguen condenados a entenderse", como señala un parlamentario gubernamental. El fantasma de que Yolanda Barcina pueda convocar elecciones anticipadas sigue siendo eso, sólo un fantasma.

El futuro abierto

¿Y ahora qué?. Despejada ya la incógnita del 20-N, el Gobierno vive unos días dulces. Internamente y en público. Ofrece su mejor cara en el Parlamento defendiendo juntos UPN y PSN el proyecto de Presupuestos. Un debate que deja al Ejecutivo centrado frente a la heterogénea oposición, del PP por la derecha y de los nacionalistas (NaBai y Bildu) e IU por la izquierda. La amplia mayoría parlamentaria que posee el Gobierno ofrece la tranquilidad de sacar adelante sus propuestas para desesperación de sus oponentes. Pero toca ahora materializarlas, incluso más allá de los recortes. Mientras espera las decisiones del próximo Gobierno de España, el de Mariano Rajoy, el Ejecutivo de Barcina busca fórmulas para asumir su papel de liderazgo social. No resulta fácil, pero es imprescindible.

"Ha habido hasta ahora un problema de inexperiencia en la convivencia del Gobierno, algo que el tiempo debe corregir y tenemos que aprender a gestionar lo que nos une, que es mucho más de lo que nos separa" resume una fuente cercana al Ejecutivo.

El Gobierno parece haber tomado conciencia de que su futuro dependerá de su utilidad para la sociedad Navarra. Todos los expertos recuerdan que es necesario un gobierno transversal para hacer reformas. Sólo dos partidos complementarios pueden soportar juntos el desgaste de las medidas duras. Y son muchos los cambios necesarios que están sobre la mesa, desde la racionalización en la Administración foral y municipal al cambio de modelo económico y productivo que ayude a crear empleo, pasando por hacer sostenibles servicios básicos de calidad como la educación y la salud. Tareas pendientes para un Ejecutivo que además renueve el sentimiento de que Navarra sabe y puede resolver sus problemas sin diluir su identidad en la del vecino País Vasco.



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