OCHO DÍAS DE SUPERVIVENCIA
Sobrevivir con lo puesto en los Pirineos
- No es su primera vez. Ni será la última. Dos pamploneses de 20 y 22 años han pasado ocho días en el pirineo aragonés con un pedernal, un cordel, dos cantimploras y cazos para cocinar lo que fuera.
Publicado el 31/08/2011 a las 00:03
LES dicen que están locos. Que algún día tendrán algún disgusto. Pero a ellos no les importa porque tienen todo "más que planificado". Las rutas bien estudiadas, la vegetación controlada y los posibles peligros a los que se enfrentan, los saben recitar de carrerilla. Llevaban meses planeando esta tercera aventura. En esta ocasión iba a ser "más fuerte" que las otras anteriores. Pero ya han vuelto, más salvos que sanos. Con un esguince cada uno en muñeca y tobillo. Más lejos de estas luxaciones, cuatro kilos menos.
Madrugando sin excusa, en los últimos días habían hecho migas con el gimnasio para prepararse físicamente. En lo psicológico se tienen y han tenido, como siempre, "el uno al otro". Y adelante con el reto, solo rescataron como compañía un pedernal, un cordel, dos cantimploras, cazos que se calientan con alcohol y gotas de agua potabilizadora. Pamploneses de 20 y 22 años, Iván Ilundáin Goñi y Alejandro Langarica Aparicio, son estudiantes de ingeniería y ya han vuelto de sus "distintas vacaciones de verano". Sentados el uno junto al otro, con emoción y relatando la historia sin tropezarse las voces, cuentan su experiencia.
La ruta comenzó el día 25 de julio, a la vuelta del festival de Los Monegros (Huesca), donde pasaron el fin de semana con unos amigos. Dos pantalones, corto y largo; camiseta y jersey. Nada más que eso y el material ya mencionado en una mochila. Más de 100 kilómetros por delante, desde Candanchú hasta Fanlo, y atravesando montes como La Moleta, Hombro de Escarra y el Refugio de Goriz. Diez días. Tercera cita de supervivencia: al pirineo aragonés.
El domingo 24 viajaron hasta Candanchú. En un hotel, desayuno incluido, pasaron la primera noche. "Dormimos algo nerviosos porque habían previsto dos días de mucha lluvia en esa zona", explican. Se atiborraron en esta primera comida del día. Había que coger fuerzas. A partir de entonces comenzó su andadura.
Centena de kilómetros
En ocho días y siete noches. La ruta, que estaba prevista que se llevase a cabo hasta el 3 de agosto, terminó el primer día del mes. El motivo fue el recorte que hubo que realizar debido a un tramo previsto en el calendario. El Parque Nacional y Reserva Natural de Ordesa era destino de dos días y una noche, pero "no se podía acampar". "Estaba todo lleno de prohibiciones y había mucho forestal", cuentan. "Uno de ellos, a los que le contamos a dónde queríamos llegar, nos dijo que no nos daba tiempo y que íbamos a morir. Decidimos, al final, dar la vuelta". Eran dos días menos, pero no merecía la pena arriesgar.
El segundo día fue uno de los "más duros". Estuvieron doce horas sin parar de andar. "Subimos el Escarra en una hora, que es ir a toda leche", narran. Iban muy cansados. Todavía no habían comido nada y no lo hicieron en todo el día. Aquí Alejandro se retorció el tobillo, a los días le ocurrió lo propio a Iván con el dedo índice de la mano.
"Lo peor fue la bajada de ese monte", prosigue Iván. "No había por donde pillarlo, nos asomábamos y todo era un precipicio con una pendiente pronunciadísima". Alejandro retoma el relato: "Nos agobiamos, Iván incluso pensó en abandonar. Pero yo tenía la ruta muy bien preparada y sabía que se podía bajar. Resultó ser una pendiente para escaladores en hielo. Sentados y agarrados a montones de hierba, descendimos", termina. "Daba miedo llegar a una situación en la que puedes morir, pero no sabemos por qué, lo hicimos". Unas cuatro horas en las que cada paso podía ser el decisivo. Una vez abajo, hablaron. Ambos "muy serios" se prometieron no volver a repetir algo así. "Nunca más".
Lo más insoportable
El primer rival del viaje fue la lluvia de los dos primeros días. "Vamos a darlo", se dijeron. Es la primera vez que hacen referencia a esta frase durante la entrevista. A partir de ese momento, la repiten constantemente. Las precipitaciones fueron las culpables de que el comienzo les desanimase de alguna manera en su aventura. También el responsable de que el primer día sólo pudiesen llevar a cabo la mitad del trayecto que llevaban en mente.
El resto de jornadas no volvieron a aparecer. Aunque encontraron un enemigo más crudo. El frío ha sido, para los dos, lo más "insoportable". Lo han sufrido sobre todo de noche, hecho que les ha impedido montar sus propias cabañas. "En otras ocasiones, con palos y hojas las hacíamos. Esta vez, solo la hicimos los dos últimos días y porque no nos quedó otra", admiten.
"Dormimos aquí"
Y así fueron sus noches. Heladoras. Se refugiaron en diferentes lugares: en un iglú de piedra, con fuego; en un callejón del pueblo de Tramacastilla, a dos kilómetros de Panticosa; en un bar abandonado, Casa Belio, en los baños de este mismo municipio y en un refugio de pastores a 1.500 metros de altitud. Incluso en el propio monte. Así, sin más, una noche que se les "fue de las manos".
Fue la quinta. Reconocen que se tuvieron que convencer de que no lo harían. "Llevábamos algo de dinero, lo que nos había sobrado del hotel del primer día. No queríamos gastárnoslo en comida", dice Alejandro. "Estábamos en Torla, muertos, y no nos apetecía dormir en una cabaña. De repente vimos que en el pueblo había una fiesta vaquera y nos apuntamos", continua Iván. "Pensamos que íbamos a darlo y entonces compramos whisky y Coca-Cola. Vasos, hielos y jugamos con dos ancianos del pueblo un campeonato de pulsos", ríen. Ahí "siestearon" en el campo.
La mañana siguiente, reconocen que estaban ya algo "irritados". Son los peores momentos de la supervivencia. Cuando los humores se crispan y ambos necesitan tomar un poco de distancia. "Pero tampoco nos enfadamos. Dejamos de hablar un rato y luego, como si nada. Nos llevamos demasiado bien", comenta Alejandro. "Los días que no tenemos nada que llevarnos a la boca también provocan tensión", sonríe Iván.
Lujos, según para quién
El menú de los supervivientes fue escaso. Limitado. Se redujo a caracoles, sopas de plantas y dos pares de truchas. Además, "fresitas y frambuesas" que iban encontrando por el camino. Uno de los manjares más "suculentos" lo encontraron el día uno. Entre la lluvia.
"Recogimos muchísimos caracoles. Eso nos subió la moral", comenta Alejandro. "Lo mejor fue que, de repente, vimos que algo se movía. Era un ratoncito corriendo. Alejandro fue y le pegó con la cantimplora", relata Iván siguiendo el hilo de su compañero, que le vuelve a relevar: "Lo maté al segundo golpe y lo metimos a la misma bolsa en la que llevábamos los caracoles". "Lo más chulo de esa noche fue pelar el ratón. La piel es como un abrigo que estuviera un poco pegado", comenta el primero. La delicia se les calcinó. "No sabía mal, al final es carne. Pero los caracoles daban pena, estaban blanditos y soltaban un liquido ácido", siguen entre risas.
Entre sus peripecias por conseguir algo de lo que alimentarse también persiguieron un corzo e intentaron matar un pato. "Estaban en el río, pero había una mujer que parecía que les cuidaba. Aunque nos lo planteamos no pudimos y acabamos tomando sopa", terminan.
A lo que ellos llaman sopa no es más que agua del río, hervida, con unas gotas de agua potabilizadora. De sabor, las hojas de plantas como Llantén, Dientes de León y Malva. Otro día y en diez minutos se hicieron, gracias al cordel y experiencia de Iván con la pesca, con cuatro truchas, dos para cada uno, que cocinaron y comieron como el segundo plato más apetitoso de la semana.
Distinto, eso sí, al festín que se dedicaron el día de llegada. Sólo unos días después habían recuperado parte de los kilos que perdieron. Sus padres están más tranquilos. Durante la experiencia, recibían a diario una llamada perdida de sus hijos, que sólo encendían el móvil para esto. Ahora los jóvenes se prometen prudencia. Y repetir. Hasta entonces tienen una tercera historia que contar. Sobrevivir por placer.