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BEATIFICACIÓN DE CATALINA IRIGOYEN

La monja de los enfermos

  • Perteneciendo a la clase alta de Pamplona, optó por la pobreza y el cuidado de enfermos. Apeló a una frase evangélica: "Estuve enfermo y me cuidaste". Este sábado será proclamada beata en Madrid donde trabajó y murió en 1918.

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Pilar e Isabel González del Valle. JAVIER SESMA

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La pamplonesa María Catalina Irigoyen, religiosa de las Siervas de María.

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Actualizada 27/10/2011 a las 01:00
  • G. ASENJO . PAMPLONA.

PUDO elegir entre una vida plena de comodidades o pasar las noches en las casas de los moribundos y asistir a los enfermos, generalmente a los más pobres. Y eligió lo segundo en años de cólera, de tifus, de gripes mortales, de miserias y, a veces, entre insultos en la calle por su condición de religiosa en unos tiempos que oscilaban entre guerras carlistas y las de Cuba y Filipinas, y entre asonadas y sobresaltos políticos.

Pamplonesa, menor de ocho hermanos, dos fallecidos, nacida en 1848 en la calle Mercaderes, en el edificio de Casa Unzu, fallecida en Madrid en 1918, Catalina Irigoyen Echegaray, perteneciente a la congregación de las Siervas de María. Será declarada beata este sábado en la catedral de la Almudena de Madrid. La ceremonia presidida por el Cardenal Ángelo Amato, enviado por el papa Benedicto XVI, será concelebrada por el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela. Se trata de la primera beatificación que se celebra en la Catedral madrileña. En febrero de 1962 se nombró la comisión para la Causa de la Beatificación y Canonización. El 15 de febrero del 2011 se aprobó como milagro una curación a un enfermo en Bolivia.

También el l 5 de noviembre, en la Catedral de Pamplona, y el día 16 en Erratzu, localidad originaria del apellido familiar, tendrá lugar una liturgia con motivo de la beatificación. Su orden, las Siervas de María, sigue dedicándose de forma altruista a cuidar enfermos.

Primitivo Zabaleta, uno de los biógrafos de Catalina Irigoyen, destaca el impacto de la noticia en la Pamplona de entonces al comprobar cómo una mujer con escudo heráldico propio, de la Casa Unandeguía en el Baztan, hija de quien fuera la primera autoridad de la entonces Diputación Foral de Navarra, decide abandonar cualquier atisbo de comodidad para entregarse a un servicio gratuito desde la pobreza. Catalina Irigoyen fue hija de Tiburcio Irigoyen, nacido en Errazu, y de la pamplonesa Leonarda Echegaray. Trabajando en el apostolado asistencial se enteró en Madrid que guardaba un lejano parentesco con San Francisco Javier.

De joven, presidenta de la Juventud Mariana de Pamplona, y después de haber colaborado con otros grupos religiosos en Pamplona, se enamoró de la caridad de las Siervas de María por su espíritu de pobreza. Cambió su vida en 1881 cuando el 31 de diciembre ingresó como postulante en el recién fundado en Pamplona convento de las Siervas de María. Eligió el nombre de Sor María de los Desposorios, recordando que el día de su bautismo y comunión coincidió con los desposorios o bodas de María con San José. Insisten sus biografías que en el convento de la Plaza de San José no había sillas para todas las hermanas al lado de la chimenea por lo que elegía el suelo para sentarse. Prefirió comenzar con las tareas más duras "porque ninguna postulante debe esperar a que se le ande contemplando", afirmaba.

No para cosas delicadas

Fue algo vocacional, se decía entonces en Pamplona, recordando que de joven ya asistía y ayudaba a enfermos y cuidó a su familia hasta que fallecieron sus padres. Al ingresar en el instituto religioso distribuyó sus bienes, vestidos y objetos entre los más indigentes. Al enterarse que en una biografía de la fundadora de la orden, Santa María Soledad Torres, se indicaba que Catalina Irigoyen había ayudado con sus bienes a la fundación del convento en Pamplona, solicitó que se eliminara ese detalle recordando que sus bienes no eran propios sino que todo pertenecía de Dios.

El jesuita Valeriano Ordóñez, en uno de sus trabajos para la colección Navarra. Temas de cultura populardedicado a la beata, destaca su compromiso con la humildad eligiendo siempre , incluso de mayor y enferma, los trabajos más duros: lavar al aire libre para amoratarse las manos en invierno o acarrear el agua desde las fuentes públicas hasta los pisos más altos para la comunidad madrileña de Chamberí, donde vivió. Un barrio en construcción donde el agua apenas fluía por falta de presión. Cuando ya no podía cuidar enfermos por una repentina sordera y con graves problemas de movilidad que le condujeron a la invalidez, se dedicó a postular o recaudar dinero por los domicilios y calles de Madrid. "No he venido para dedicarme a cosas finas y delicadas, sino para cuidar enfermos y ocuparme de las tareas más humildes", repetía. Apoyándose en las declaraciones de los testigos en el proceso de beatificación, aseguran sus biografías que, a la vez que humilde, era navarra en cuanto a temperamento, carácter y determinación ante los obstáculos, aunque ella se definía como "corta" de inteligencia.

Querida y humillada

La vida de Catalina Irigoyen o Sor Desposorios se debe interpretar en una época de vértigo histórico y social. Siendo una monja que daba testimonio de su predilección por lo sencillo, observó la huida de Isabel II a Francia, a los carlistas volver a las armas, proclamarse la Primera República en 1873, el golpe de estado del general Pavía, la proclamación como rey de Alfonso XII o la guerra y pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898. Y muere en Madrid cuando en Europa finaliza la Primera Guerra Mundial. Eran tiempos en los que el peso fundamental de la asistencia social a ancianos, huérfanos y enfermos recaía en la Iglesia. Pero, sobre todo, vivió una época de división social, de afecto y a la vez rechazo hacia las órdenes religiosas. Mientras en los mercados unos demuestran su generosidad ofeciéndole productos, un carnicero le arrojó un cubo de sangre. "Eso está bien para mí. ¿Y ahora que me da para los pobres?", respondió.

Renunciaba a la comida cuando cuidaba a enfermos y los testimonios de quienes la conocieron delatan que apenas se le veía de pie. Casi siempre de rodillas. Al final presentaba una tuberculosis ósea de la que murió. Afirman que su lema vital era "sólo sirvo para servir".

"Nunca jamás se quejó de nada"

PARIENTES en sexta generación, Pilar e Isabel González del Valle Allende, desde su casa de Ardanaz, recuerdan que su abuela Pilar Ureta era sobrina nieta de Sor Catalina. Coinciden con otros parientes lejanos en que de niñas escuchaban de ella "que hablaba poco y que era de una humildad absoluta, que aguantaba los trabajos más duros, y que antes de meterse monja cuidó a todos sus familiares enfermos y trabajaba con los más pobres. Socorro, la hermana de nuestra abuela, sentía devoción por ella. Una pena que hayan muerto porque vivieron toda su vida pendientes de este momento ". Añaden un episodio revelador de su carácter. "Cuidando en una casa a un enfermo llegaron unas visitas y empezaron a hablar de ella en francés para, sin conocerla, ponerla de fea y ñoña. Luego se enteraron que entendía francés perfectamente. Nunca jamás se quejó de nada. Cuando iba a las casas no comía nada. Murió paralítica, tras una enfermedad ósea muy larga, con muchos dolores. No debía estar sentada casi nunca, casi siempre de rodillas. Y antes de su enfermedad quedó muy sorda".

El crucifijo de casa en casa

Antonio Ureta Gómez de Tejada, 79 años, que escuchaba a su abuelo, Javier Ureta Irigoyen, sobrino carnal de Sor Esposorios, comenta que el crucifijo que llevaba la religiosa pasa por todos los hogares donde algún pariente está enfermo. Recuerda que su abuelo tenía varias casas, una en Erratzu y otra en Lumbier y les ofreció ceder a las Siervas de María una casa de descanso para el verano y eligieron la de Erratzu. Por su parte, Marcos Irigoyen, antiguo secretario de Urdax y Zugarramurdi, recuerda que de joven no prestaba atención a los comentarios que se hacían en su casa, pero resalta que vivía pobre, en la humildad absoluta "siendo rica".

Milagro en Bolivia

El hecho considerado por la Iglesia como milagroso ocurrió en el 2004 en Bolivia, en el hospital obrero de La Paz. Hasta 15 testigos declararon sobre la rápida curación de Luis Fernando Padilla aquejado de una hidrocefalia causada por un hidroma cerebral complicado luego con una meningitis, anoxia cerebral, hemorragias e infartos cerebrales. Pese a intervenciones quirúrgicas, llegó a estar en coma. Los médicos declararon curación inexplicable. Permaneció en el hospital poco más de un mes.

Su esposa, Mercedes Lopera, recordaba que una religiosa de las Siervas de María " me invitó a pedir la intercesión de Sor Catalina para la curación de mi esposo y a partir de ese momento comencé a orar muy intensamente a ella y el milagro se concedió" .

En vida de Sor Catalina también se relata la curación de una religiosa de la orden.




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