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Beatificación en La Almudena de dos religiosos navarros muertos en la Guerra Civil

  • Junto a ellos murieron otros 20 miembros de la comunidad de Pozuelo de Alarcón y su fiesta será el 28 de noviembre

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El arzobispo, con los familiares de los dos beatos navarros a la conclusión de la ceremonia. MODEM PRESS

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Familiares de los beatos en la ceremonia de La Almudena. MODEM PRESS

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Actualizada 18/12/2011 a las 01:04
  • MARIA ANTONIA ESTÉVEZ . MADRID .

En poco más de un mes, tres navarros beatificados. Si a finales de octubre las campanas de la catedral de Santa María la Real de la Almudena de Madrid celebraban la beatificación de la pamplonesa sor Catalina Irigoyen Echegaray, ayer repicaron con fuerza por la de dos jóvenes oblatos, el estellés Gregorio Escobar y Justo Gil, de Luquin, ejecutados el 28 de noviembre de 1936.

Con ellos perecieron otros veinte oblatos pertenecientes a la comunidad de Pozuelo de Alarcón, la mayoría muchachos, estudiantes y seminaristas, que apenas rondaban los veinte años, su provincial, el superior y dos formadores además de un seglar que se encontraba en el convento. "En aquel periodo de la guerra civil española, recordaba en su homilía el cardenal Angelo Amato que presidió la ceremonia de Beatificación en su calidad de prefecto de las Congregaciones para las causas de los Santos, el furor antirreligioso descendió sobre España como una lluvia ácida corrosiva que contaminó grandemente la sociedad hasta secar en el corazón de muchos los sentimientos de bondad y humanidad y fraternidad. Ellos fueron las víctimas inocentes de este fanatismo religioso anticatólico".

De los veintitrés mártires, ocho fueron asesinados al día siguiente de la detención, y los otros quince (los navarros entre ellos) soportaron "un vía crucis de terror, refugio clandestino, riesgo de ser descubiertos, arresto, cárcel, burlas, humillaciones, mutilaciones y muerte", precisó Amato.

Repaso de las biografías

El primero en repetir sus nombres y repasar sus biografías ante los files fue el Cardenal Rouco al comienzo de la misa. A continuación el cardenal Amato dio lectura en latín (traducida luego por otro celebrante) a la Carta Apostólica en la que el Papa Benedicto, a petición del cardenal Rouco, concedía que se les pudiera considerar beatos y que se celebrara su fiesta cada año el 28 de noviembre. En ese momento se descubrió a la izquierda del altar mayor la gran pintura en la que los nuevos beatos aparecen sentados y sonrientes, mientras que la catedral entera puesta en pie estallaba en un aplauso inmenso que se prolongó durante varios minutos mientras una procesión de familiares se acercan al altar mayor con palmas que fueron colocando a los pies del cuadro. Las palmas, símbolo del martirio, adornaban también todo el altar mayor.

El segundo en repetir los nombres de los beatos fue el cardenal Amato durante su homilía. "Queremos recordar sus nombres porque fueron testigos preciosos de la bondad de la existencia humana que responde a la crueldad de los verdugos con la mansedumbre y valentía de los hombres fuertes dejándonos una preciosa herencia de fe. Sus verdugos han sido olvidados mientras que sus víctimas inocentes serán siempre recordadas y veneradas"

Si el día de la canonización a de Sor Catalina Irigoyen, la catedral madrileña estaba abarrotada, esta vez que eran 22 los beatificados, no se podía dar un paso desde una hora antes de la ceremonia. El cortejo religiosos, con los deanes de la catedral, los obispos, los padres oblatos con su superior general Louis Lougen, y al final las altas jerarquía, el Cardenal Amato que actuó también como delegado pontificio, el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, el Cardenal Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos; el Nuncio de Su Santidad en España, Mons. Renzo Fratini; los arzobispos de Toledo, Mons. Braulio Rodríguez, Valladolid, Mons. Ricardo Blázquez, y Pamplona, Mons. Francisco Pérez; más los obispos de todas las diócesis originarios de los oblatos beatificados. Apenas pudieron abrirse paso hacia el altar mayor porque los familiares de los oblatos llegaron desde todos los puntos de España abarrotaron el templo desde muy temprano.

Autobús desde Navarra

Desde Navarra llegó un autobús con familiares y amigos del oblato Justo Gil. Su hermana Felisa que con 91 años participó en la ofrenda de la misma llevando las formas que debían ser consagradas. La acompañaba su hija Lourdes y sus sobrinos y otros miembros de la familia y amigos. "Estoy emocionadísima, decía al concluir la ceremonia, porque este hermano mío que recuerdo muy bien aunque vivimos poco tiempos juntos, está ahora en el cielo. La ceremonia me ha dejado sin habla". Lo mismo decían los familiares del estellés Gregorio Escobar. No pudieron venir sus dos hermanos, ya muy mayores, por motivos de salud. Desde sus casas en Navarra o Zaragoza recordarán todas las travesuras que organizaban de niños en su gran familia. Sí vinieron sus sobrinos de Estella y Zaragoza y entre ellos el sobrino que lleva su nombre, el estellés Gregorio Escobar. "Mi madrina, que era su hermana, me lo puso con la intención de que como a él lo mataron en la guerra, yo ocupara su lugar en los oblatos. pero luego la vida me ha llevado por otros derroteros". También estaba el párroco de Luquin, José Ignacio Hernández y el ex delegado de Cáritas de Pamplona, Florentino Ezcurra y varios sacerdotes más de la diócesis navarra.

Los familiares se entretuvieron con el arzobispo de Pamplona al final del acto contándole sus emociones, enseñándole fotos de familia. "Estoy enormemente orgullosos de mis diocesanos. ¡Tres santos en tan poco tiempo! No me extraña nada, dada la virtud de nuestras familias. Y vendrán muchas más.", decía monseñor Francisco Pérez.

La ceremonia de beatificación congregó también a oblatos llegados de todo el mundo porque coincidía con el 150 aniversario del nacimiento de su fundador, San Eugenio de Mazanod. Al final de la ceremonia, el superior general de la Congregación de los Misioneros Oblatos, Louis Lougen, agradeció que la celebración de la beatificación coincidiera con en el año jubilar oblato, en el que se conmemora la muerte de su fundador.




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