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Por qué a veces ser egoísta no es una mala idea

  • Dos expertas en emociones nos dan sus razones para apostar por uno mismo con fuerza y sin miedo

Por qué a veces ser egoísta no es una mala idea

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Por qué a veces ser egoísta no es una mala idea. ARCHIVO

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Actualizada 20/01/2016 a las 09:39
  • DN. PAMPLONA
¿Existe un punto medio entre la generosidad ilimitada y la pasividad ante las circunstancias de los otros? Desde muy pequeños, nuestros padres se esmeran en inculcarnos la idea de que no debemos ser egoístas, de que compartir lo que tenemos con los demás es sano y, además, una buena forma de relacionarnos, pero ¿qué sucede cuando esa creencia se lleva al extremo y nos descuidamos a nosotros mismos en pro de los demás?

De un modo u otro, conviene no confundir los términos. Ser egoísta, en el buen sentido del término, no tiene nada que ver con la avaricia o la indiferencia ante los problemas de los otros, sino más bien con una apuesta por potenciar las cualidades de uno mismo. «No se trata de no prestar ayuda cuando se nos necesite y podamos, ni de no ser generosos cuando sea posible, ni de ser crueles, se trata de anteponer nuestros propios deseos a los del resto del mundo, algo que no tiene por qué ser malo. Cuando pensamos en nosotros mismos, en lo que nos gusta, en lo que deseamos, en lo que queremos en cada momento, nos convertimos en personas con seguridad y autoconfianza, en personas con una autoestima incondicional, en definitiva, en personas felices. Solo siendo ese tipo de personas podremos ayudar, comprender, apoyar y hacer felices a otros», explica Rosa Armas, profesional de Psicólogo en casa.

Pensemos en un encuentro con amigos o conocidos, o en una cena familiar. Destacar las cualidades positivas de uno mismo en público siempre suele ir acompañado de la coletilla «está mal que yo lo diga, pero…», esto es, parece que deben ser siempre los otros los que den la aprobación sobre nuestras capacidades. Les otorgamos, en cierto modo, un poder sobre nuestra propia autovaloración que no les corresponde. Y eso sucede porque tenemos muy arraigada esa idea de no ser egoístas, hasta el punto de restar valor a nuestros propios logros personales. Armas opina que esto sucede debido a «una moral que ha sido impuesta con rigidez». La experta añade, además, que ser egoístas no solo no es malo sino que resulta conveniente: «Tenemos que pensar más en nosotros mismos. Es lo más sano. Intentar complacer a todo el mundo no solo es agotador sino también una pérdida de tiempo: por mucho que nos empeñemos, siempre terminaremos decepcionando a alguien, sobre todo y por encima de todo, a nosotros/as mismos/as».


SER UNO MISMO VERSUS VIVIR CONDICIONADO

«El egoísmo no es vivir como uno desea vivir, es pedir a los demás que vivan como uno quiere vivir». Esta cita del escritor Oscar Wilde le sirve a Yolanda Soler, medallista olímpica y directora de Yes Coaching, para explicar que la felicidad empieza por deshacernos de los condicionamientos y las ideas preconcebidas: «Pensar en uno mismo, intentar mejorar, anteponer nuestros deseos a los de los otros, ¿es realmente tan malo? Muchas personas viven sus vidas condicionadas por los demás, por lo que les enseñaron que es correcto, por lo que se espera de ellos, por lo que deben hacer. Y aquellos que no se atreven a vivir su propia vida muchas veces intentan hacer sentir culpables a quienes sí lo hacen». ¿Qué es más egoísta, por tanto, apostar por uno mismo o imponer a los otros un modo de vida limitado y cobarde?

Soler lanza una promesa de la que podemos tomar buena nota, por otra parte: «Si ser egoísta significa aprender a decidir qué es lo que queremos hacer con nuestra vida, es tener el deseo de ser feliz, de hacer lo que queramos y lo que realmente nos motive sin fingir, si ser egoísta es ser libre, elegir nuestro propio camino, ser honestos con nosotros mismos (sí, he dicho con nosotros mismos), prometo ser egoísta, vivir mi propia vida y no sentirme culpable por hacerlo».

Quizá muchos sigan un patrón por temor a que alguien levante el dedo acusador y les llame la atención, pero mañana es tarde para ser feliz. Cuanto antes empecemos a ser honestos con nosotros mismos y plantearnos qué queremos en cada momento, más camino recorreremos hacia nuestro bienestar personal y nuestra felicidad. Y eso no tiene por qué implicar llevarnos a nadie por delante.

Soler nos anima a desafiar la «creencia limitante» que supone el egoísmo mal entendido y combatido hasta el extremo: «Es una trampa para no dejarte ser quién realmente quieres ser. Cambia la perspectiva, se tú mismo/a y actúa en consecuencia. Te sentirás tan bien, tan pleno/a, que desde ahí podrás cuidar y hacer feliz a los demás». Rosa Armas concluye: «Para empezar, podemos incorporar a nuestro vocabulario expresiones tales como «la verdad, no me apetece», «yo preferiría…», «eso no me gusta» o «esto no me viene bien». Siendo sinceros, cuando otra persona nos las dice, no solemos tomarlo a mal, probablemente pensamos que está en su derecho. En cualquier caso, por tanto, es derecho de todos, también tuyo».



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