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a pie de calle

Un acto de poder

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23/05/2015 a las 06:00
  • Fernando Hernández
Hoy es el día en el que el ruido cede el paso al silencio, y nos concentramos, como cuando bajamos la música en el coche al empezar a circular por una ciudad desconocida, para tener menos distracciones. Hoy es el día en el que nos invitan a reflexionar, a pensarnos cuál será el voto de mañana. Hoy es el día en el que merece la pena decidir qué vamos a hacer mañana. En un tiempo en el que es instantáneo darle a un “me gusta” de Facebook, el retardo al que nos obliga el hecho de meter una papeleta en un sobre es ya una invitación a pensárnoslo. Llegar al colegio electoral, entrar en la cabina, mirar las papeletas, elegir una de ellas y llevarla hasta la urna es un acto de verdadero poder. De los pocos que tenemos en esta vida.

¿Por qué pensarse el voto? Esto de las elecciones se parece bastante a comprar un piso. Cuando estás buscando dónde vivir, de una casa te gusta dónde está, de otra la orientación; en otra no soportas la cocina, o la distribución de los dormitorios. De la mayoría, lo que nos echa para atrás es el precio. Es excepcional que te guste todo. Es más, puede que te convenza, pero que no te fíes de quien te lo vende. Y aprendemos a leer entre líneas. “Para entrar a vivir” significa que necesita una reforma; “grandes posibilidades”, que habrá que entrar en el piso con una maza. Pero, al final, encontramos un sitio en el que, mejor o peor, nos imaginamos hablando con nuestra familia, comiendo con unos amigos, despertándonos cada mañana.

En cada programa electoral, si es que somos capaces de leerlos (y de entenderlos) encontraremos aspectos que nos convencen, propuestas que rechazamos, ideas que sabemos que nos perjudicarán personalmente o que beneficiarán a nuestros amigos o a nuestros familiares. A veces, que tendrán ese doble efecto. Habrá proyectos que nos gusten mucho, pero que seamos conscientes de que no podremos pagar colectivamente. Incluso podemos tener la tentación de votar a la contra, con la esperanza de poder alegrarnos del mal ajeno.

En esa búsqueda también encontraremos de quién no fiarnos. El escritor inglés Thomas de Quincey lo decía en una frase famosa: “Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo, ya no se sabe dónde podrá detenerse.” No hay muchas razones para confiar, ni como gestores, ni como socios de Gobierno, en quienes han considerado los asesinatos, la violencia callejera o la extorsión como actividades políticas ordinarias; si les ha faltado un sentido ético en lo importante, no hay razones para pensar que lo recuperen en lo menor.

A partir de ahí, nuestras ideas. En qué mapa queremos ver a Navarra. Cuántos impuestos queremos pagar. Cómo será la sanidad, o la educación. Quién ayudará a crear puestos de trabajo. En definitiva, nos imaginamos cómo será la sociedad en la que nos vamos a despertar cada mañana.

Sí, lo de votar es como comprar un piso. En este vamos a vivir los próximos cuatro años. Y no conozco a nadie que se compre una casa para fastidiar a otro.



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