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a pie de calle

Autocrítica

  • ​Exigimos con razón a los políticos que hagan autocrítica. Tal vez los votantes, que crearemos un parlamento abocado a unos pactos de los que renegamos, también tendríamos que hacerla

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Actualizada 12/05/2015 a las 09:53
  • Fernando Hernández
La respuesta que daba Mariano Rajoy el domingo en este periódico cuando se le pedía que señalase qué errores había cometido era reveladora: “Oiga, no sé por qué usted se empeña en que me castigue inmisericordemente”. La respuesta del presidente del Gobierno la podía firmar cualquier político español o navarro y resume la opinión real que tienen de la autocrítica. Es una palabra que está todo el día en sus bocas (“estoy en un permanente proceso de autocrítica”, dice Rajoy; “yo hago autocrítica a diario”, explicaba hace unas semanas Pedro Sánchez), pero los políticos creen que debe quedarse oculta, para que no se convierta en un argumento en manos de sus adversarios. Los votantes querríamos que los políticos no se limitaran a la autocrítica en sus órganos internos, si es que la hacen ahí, o si es que la hacen en algún sitio.

Tampoco es que sea necesario flagelarse en público, sino admitir con naturalidad los errores y, como decía, y es probable que siga diciendo, el lenguaje religioso, aplicarse a la compunción y el propósito de enmienda.

Porque hay errores que son evidentes. UPN ha sido incapaz en tres años de llegar a acuerdos estables con otras fuerzas; el PSN se ha quedado en perro del hortelano, sin formar una mayoría en el Gobierno o en la oposición; Geroa Bai cree que la pluralidad solamente se alcanza cuando gobiernan ellos; Bildu arrastra (y arrastrará) el pecado original de no decir que asesinar a quienes no piensan como tú está mal, que condenar a ETA y sus cuarenta años de crímenes no es otra cosa; Podemos intenta nadar al mismo tiempo en las aguas de la revolución y el centroizquierda y se queda en dique seco; Ciudadanos, que nació en una comunidad con una fuerte conciencia propia, apuesta por la nivelación, empezando por laminar el Convenio; el PP ha mostrado una preocupante falta de empatía con las consecuencias de sus políticas; I-E se ha quedado mirando como Podemos le pasaba por encima, como un conejo a punto de ser atropellado; UPyD sufre las consecuencias de tener una visión un tanto mesiánica de su propia actividad política...

Ahora bien, tampoco estaría de más que los votantes hiciéramos autocrítica. Si los sondeos no se equivocan, y lo más probable es que no estén muy descaminados, estamos dispuestos a configurar un parlamento fragmentado, que exagerando, lleva la máxima de un hombre un voto, al extremo de un hombre, un partido. Estamos inventado un término intermedio entre la democracia asamblearia y la representativa. Si alguien pensó alguna vez que existía algo parecido a una voluntad popular homogénea, le vamos a dar con la realidad en las narices.

Por otro, aunque parece que queremos una cámara abocada a los pactos, porque ningún partido tendrá una mayoría suficiente, adoptamos una posición de espíritus puros y no estamos dispuestos a transigir que los partidos a los que votamos se dejen algún mínimo pelo en la gatera ideológica o de nuestros intereses. Sea cual sea su respaldo electoral, queremos que en las negociaciones exijan el cumplimiento íntegro de su programa, o de lo que creemos que es su programa, y gritamos ¡traición! y les castigamos con los votos en cuanto se acercan unos a otros.

Queremos un parlamento fragmentado y renegamos de los pactos. A ver si nos aclaramos. A ver si hacemos autocrítica.



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