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Que me llamen Pancracia

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Actualizada 07/05/2015 a las 12:46
  • Belén Goñi Alegre
Tengo un tío que se llama Pancracio de segundo nombre. Se lo puso su madrina para que nunca le faltara trabajo y nunca le faltó, y lo cierto es que últimamente me descubro muchas veces pensando que me encantaría llamarme Pancracia si eso me asegurara el trabajo de por vida. Si nos preguntaran a la mayoría de nosotros qué consideramos un futuro económico tranquilizador, muchos diríamos que tener asegurado un empleo con un sueldo digno, una jubilación igualmente digna y una red de seguridad para imponderables. Porque la mayoría vivimos de nuestro trabajo y, con suerte, una vez pagada la casa y la formación de nuestros hijos, podemos ahorrar un poco para el futuro.

Sin embargo, cuando miro alrededor, el panorama me tranquiliza más bien poco. Todos los datos muestran la recuperación y la mejora de los datos macroeconómicos y, sin duda, estos se están produciendo. De hecho creo que, con los mimbres que había, se han hecho las cosas bastante bien. Pero, funcionarios aparte, la mayoría vivimos mucho más agobiados por el futuro. Siempre habíamos confiado en nuestras ganas de trabajar, en nuestra capacidad y en que habría trabajo, y ahora sabemos que eso no está tan claro. A mi alrededor veo muchas personas valiosas de todas las edades que van sobreviviendo haciendo pequeños trabajos y contrataciones precarias alternadas con periodos de paro y siempre con la incertidumbre de si después de eso saldrá otra cosa que les permita pagar facturas o salir de casa de sus padres para iniciar su propio camino.

En definitiva, lo que queremos es simple y para conseguirlo no hay mucha magia: necesitamos que las empresas generen empleo.

Por eso, todos esos que nos prometen estos días el oro y el moro para los trabajadores no resultan nada creíbles si no acompañan ese gasto en sanidad, educación y otros de un programa de generación de esa riqueza que tan generosamente reparten. O hacemos más grande el pastel o solo tendremos migajas que repartir. Y yo quiero un pastel hermoso, que dé para que todo el mundo pueda tener un trabajo con un sueldo digno y para guardar porciones en el congelador para cuando vengan las vacas flacas. La utopía comunista de reparto ya sabemos que no funciona y en qué acaba, y que genera tanta o más corrupción que los sistemas capitalistas pero, además, restando mucha libertad a los individuos.

En la parte social y del reparto hay muchas entidades altruistas trabajando y haciendo un papel magnífico que no puedo sino agradecer infinitamente, pero en la parte de la generación no hay casi ninguna, parece que nos diera vergüenza... Pues señores, de donde no hay no se puede sacar, así que más vale que trabajemos mucho y bien la parte del crecimiento empresarial.

Yo voy a mirar con lupa esa parte de los programas electorales porque eso da la medida de cuan factible es la parte de las promesas. Y si no, miren a los griegos. A ver qué pueden cumplir de todo lo que prometieron. Como decía aquella, parole, parole, parole...

Frases como “subir los impuestos a los ricos”, están muy bien pero muchos ricos tienen la mala costumbre de irse cuando les suben demasiado los impuestos y, además, el ingreso que podría suponer no cubre ni de lejos el déficit de las cuentas navarras y mucho menos futuros dispendios.

Yo lo digo abiertamente, aspiro a ser una Pancracia y no voy a dejarme engañar por los cantos de sirena y las frases manidas de subir los impuestos a los ricos y demás. Si quieren que me crea lo del reparto, demuéstrenme que saben de dónde saldrá.

Belén Goñi Alegre es directora general del think tank Institución Futuro



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