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INICIATIVA SOLIDARIA

Arranca la 'sopa caliente'

Soraya Avelino (voluntaria) y Lilyana Balabanova vuelcan la sopa caliente en el termo industrial

Arranca la 'sopa caliente'

Soraya Avelino (voluntaria) y Lilyana Balabanova vuelcan la sopa caliente en el termo industrial

JOSÉ ANTONIO GOÑI
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Actualizada 28/12/2012 a las 15:47
  • ANDREA GURBINDO/M.J.C. PAMPLONA
Se remanga el blusón. Frota sus manos en el delantal negro que lleva amarrado al cuello y cintura. Abre una bolsa de fideos y vierte la mitad en un puchero. Sonríe. "Es esencial cocinarla lentamente", señala Lilyana Balabanova desde el primer piso del comedor solidario Paris 365. Lleva desde las 9 horas preparándola. Cocinera de éste y otros muchos platos, es la primera protagonista del segundo reparto de sopa caliente que tres voluntarios llevarán a cabo después por las calles de Pamplona. Un cocido de gallina, tres cebollas, zanahoria, puerro, especias y caldo de pollo. Es miércoles y son las 19.11 horas. Todo parece estar más que listo. "Dejamos hervir la pasta diez minutos y lo volcamos en el termo", comenta Lilyana, mientras su mirada viaja hasta un recipiente hermético que reposa a sus pies. "Tiene capacidad de 20 litros. Aquí la sopa se mantiene calentita", añade la cocinera.

Iñigo Ilundáin, responsable de la salida y voluntario del Paris 365 desde hace 3 años, amarra el envase hasta trasladarlo al vehículo que les acercará a la realidad de las personas 'sin techo'. Le acompañan Aloha Romero Turrillo, también voluntaria del comedor solidario, y Alba Equiza. Esta última, estudiante de 3º de Trabajo Social en la UPNA, es la encargada de analizar qué aspecto presenta la calle un 26 de diciembre. Pamplona está abarrotada de compras y paseos navideños. "Muchos igual no han llegado todavía a donde duermen". Tomar contacto con la realidad que viven estas personas es la intención que les mueve.

"Todavía estamos en una fase de búsqueda, viendo qué hay en la calle. Es el segundo día de reparto y no sabemos con qué nos vamos a encontrar", apunta Ilundáin antes de sentarse al volante. Son las 19.23 horas y su esperanza es volver al comedor en unas horas, pero sin sopa a bordo. El mercurio marca 8 grados. La ruta prevista señala quince puntos posibles. Un cajero de la zona de autobuses es la primera parada. Fallida. "No hay nadie, aunque hay mantas y cartones. Aquí viene a dormir una persona, pero aún no está. Luego volvemos", comenta el trío, a la vez que regresan al coche.

En las inmediaciones de esta zona y al cabo de diez minutos Marqueta y Ferrari se desperezan de una siesta sobre un suelo de baldosas frías. "Venimos del comedor solidario Paris 365 a dejaros una sopita caliente. ¿Os apetece?", anima Íñigo Ilundáin, custodiado por las jóvenes. "Sí, sí", contesta Marqueta, checa de 26 años, echando a un lado el saco que les cubre a ambos. "¡Ahí va, pero si ahí está Gabri!", se sorprende el voluntario. Al lado, una tercera persona asoma la cabeza apartando una manta blanca que le cubre por completo. Unos minutos de conversación dan paso al primer contacto con la primera pareja. "¿Necesitáis algo? ¿Un saco, esterillas...?", prosigue Ilundáin. " Unas botas estaría bien. Del 41", responde Marqueta, que lleva "media vida viviendo en la calle", mientras recoge los tres cuencos de plástico que, bien calientes, le ofrecen las voluntarias. "Llevamos todo el día sin comer. Ni frío, ni caliente", admite, mientras en cuestión de segundos Ferrari destapa el recipiente y bebe los primeros sorbos.

"Muchas gracias. Tu caldo me hace buena, pero tu corazón me hace mejor", se despide la joven checa, robando reflexiones y sonrisas a los tres voluntarios.

El coche continúa su marcha. "¿Te has fijado en la frase que ha dicho? Lo importante es acompañar a las personas. Se dice que la falta de cariño es la mayor pobreza y eso es lo que intentamos llenar", resume Íñigo Ilundáin, que acude cada semana a servir cenas al comedor. Las siguientes paradas no tienen viajeros. La zona alta del Ensanche hace que los voluntarios descubran un rincón en el que parece que duermen otras tres personas. "Nos habían dicho que aquí había alguien. Ahora no están, pero tienen esto muy acondicionado", comentan. Han dejado tres recipientes a los pies de lo que simula ser una cama. "Volveremos el viernes y veremos si ha habido algún movimiento", señalan.

Primero, tomar contacto

Son las 20.30 horas y la misión continúa. Un cajero, en una de las calles anexas a Carlos III, ilumina una conversación intensa entre dos personas. "Mira, ahí hay alguien", señala Alba, estudiante de la UPNA. Íñigo detiene el coche y encabeza el grupo. "Hola, buenas noches. ¿Podemos molestarles? Venimos a traerles un poco de sopa". Sentados en el suelo y con la mirada perdida, se muestran reacios a entablar conversación alguna. "Bien, vale", contesta cortante el hombre, que aparenta haber sobrepasado los 50. Ella, impasible a los gestos de los voluntarios, inhala el cigarrillo que se ha liado. "Yo no quiero", dice tajante. Portugués él y pamplonesa ella, reflexionan en silencio sobre la situación. "Soy de aquí y de todos los sitios", dice ella. "Llevo tres años en la calle", continua él. Su tono de voz invita a los voluntarios a abandonar el lugar en el que pasarán la noche. "Duro, duro, duro", sentencia Ilundáin antes de volver al vehículo.

"Por eso es mejor tomar contacto antes, no entrar directamente con el caldo", sigue reflexionando mientras llega al parque de la Media Luna. "Saldremos cuatro personas cada día. Los lunes, miércoles y viernes, con tres equipos fijos", indica en relación al proyecto. Entretanto, y de camino a dos cajeros en los que presuponen que hay personas, Aloha Romero Turrillo, pamplonesa de 28 años, explica las motivaciones que le han empujado a participar en este proyecto. "Me gusta el trato con la gente, te sacan una sonrisa de oreja a oreja. Da gusto verles. Tenemos que aprender tanto de ellos...", comenta, tímida, pasando por alto su labor solidaria. "Y luego, nos quejamos", subraya su compañera de asiento.

Asterio José Arias Rubio es avilés y tiene 70 años. Lleva 26 días viviendo en un cajero de Pamplona. "¿Salgo guapo en las fotos? ¿O feo?", comenta divertido, mostrando una sonrisa desdentada. Tiene un compañero de habitación, natural de Badajoz quien, mientras, sorbe la sopa en el exterior. "Por no manchar", comenta optimista con la idea de que, aunque lleve seis meses en la calle, "por lo menos" mantiene la salud. "Esta sopa está muy rica, ¿eh?", vuelve a intervenir Arias, creando una cálida y cómplice escena con los voluntarios, que se van despidiendo.

A unos metros y con las manos todavía calientes por el cuenco que transportan, llegan a un segundo cajero. Ernesto, nacido en Canarias, abre los ojos lentamente. "Perdona, no quería despertarte, sólo voy a dejarte un poco de sopa", le explica Ilundáin. El joven se incorpora y sonríe. Su mirada achinada transmite confianza. Su sonrisa no se borra. "Vendremos tres días a la semana a traerte un platito caliente, ¿vale?". Agradecido, se despide asegurando que se la tomará.

Íñigo, Aloha y Alba vuelven al coche. Toman nota de esta última parada. "Desde la universidad vamos a seguir un control de cuántas personas vemos y dónde. A mí, personalmente, me inquieta la diversidad que hay", reflexiona Alba Equiza. "Lo primero es la persona, tener una relación de tú a tú. Conocer la realidad, porque sabemos que existe pero no nos acercamos a ella. Sabemos que hay personas viviendo en la calle, pero por propia supervivencia ponemos un muro para autoprotegernos..."

El coche recorre la avenida de Bayona. Los cajeros están vacíos y son las 21.50 horas. "Todavía no hay nadie, pero volveremos a buscarlos otro día. Es gente que se mueve mucho. Durante el día la mayoría está pidiendo, que es como su trabajo", apunta Ilundáin.

Conduce despacio, observando a través de la ventanilla todos y cada uno de los puntos. Decide volver al inicial para buscar a la persona que duerme entre cartones. Nada. "Nos ha sorprendido la cantidad de gente que ha querido involucrarse en el proyecto. Pero es importante que seamos conscientes de que si cuando salimos a la calle nos los encontramos y simplemente les sonreímos, ya los estamos ayudando", prosigue, ya de vuelta a la sede del Paris 365.

"Estas salidas te hacen aprender una lección. Todos nos podemos quedar en la calle en un momento dado. La pobreza no está tan lejos. Aquí nadie se muere de hambre, pero sí hay mucha gente sola". En cuestión de segundos frena el vehículo. "¿Sabes qué es lo importante de todo esto? La sopa y lo que ésta representa". Se refiere al calor. Pero al humano, a ese que se le suele llamar cariño.



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