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Me quedo en el pueblo

Leache suena a música

La bilbaína Eva Pisano trabajaba en Madrid cuando conoció a su marido, Jesús Aristu, de Leache. Dejó la ciudad y desde 1999 viven en este pueblo de 21 vecinos, a 4 Km de Aibar, con sus dos hijas, Irune y Paula. Son pocos, pero nunca falta la música

Me quedo en el pueblo | Leache

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José Antonio Goñi
Eva Pisano Lacunza, y Jesús Ayesa Aristu, con sus hijas, Paula, de 10 años e Irune de 15. A la izquierda está su casa, y a la derecha, la natal de Jesús. Leache tiene una densidad de 1,43 habitantes por Km2.

Eva Pisano Lacunza, y Jesús Ayesa Aristu, con sus hijas, Paula, de 10 años e Irune de 15. A la izquierda está su casa, y a la derecha, la natal de Jesús. Leache tiene una densidad de 1,43 habitantes por Km2.

Actualizada 19/01/2018 a las 12:37

Son 21 habitantes, como el último tanto de un partido de pelota. Bien que les gustaría llegar a 22. “Porque en Leache, una persona que muere es una casa que cierra”. Lo dice, no con poca pena, Jesús Ayesa Aristu, 54 años. Nació en el pueblo. “Me he quedado a vivir aquí, porque la vida, de momento, me lo ha permitido”, reflexiona con las lágrimas a punto de difuminar un relato que es casi un alegato, “una filosofía de vida”, lo llama él, en los pequeños núcleos. Le cuesta entender por qué no son más vecinos si están bien comunicados, con Aibar, con Sangüesa, y a media hora de Pamplona por la autovía. Jesús se crió en casa de la Orden, una de tantas con historia ligada a la congregación que vivió en una ermita del siglo XII de la que aún quedan vestigios. Con su pared construyeron el frontón en 1994. Faltan niños que jueguen. Ahora son tres menores de 18 años en el pueblo, dos de ellas, sus hijas, Irune, de 15 años y Paula, de 10. La tercera y benjamina, Ariane Salinas, tiene 3 y es hija de otra pareja que se instaló en Leache.

Ayesa estudió hasta los 10 años en la escuela del pueblo. Entonces eran cuadrilla. “Seríamos 7 u 8 de la misma edad”, apunta otro escenario. Luego en los Jesuitas de Javier y Bachiller en Pamplona, en el instituto Ximénez de Rada. Y volvió al campo a trabajar con su padre, agricultor con cereal y viñas. Desde hace 12 años lo compagina con la fábrica Goikoa de Sangüesa.

Hace dos décadas conoció a Eva Pisano Lacunza. Ella, con madre sangüesina, se crió en Bilbao. “Veníamos mucho a la zona, pero yo no conocía a Jesús”, apunta Eva. Hasta un puente de la Inmaculada, tras el que decidió dejarlo todo por amor. Licenciada en Económicas, trabajaba entonces en Madrid, en la compañía Alcatel. “En la vida he tomado dos decisiones sin pensarlo demasiado: ir a Madrid, y mi marido”, describe cómo solicitó una excedencia y cambió de empresa, de manera que pudo acercarse a Navarra. Un año en San Sebastián y en Zaragoza, hasta que cambió de nuevo, esta vez a Volkswagen, en su planta de Landaben, donde continúa. Construyeron una casa junto a la natal de Jesús, en Leache. Él reconoce que para Eva el cambio fue mayor. “Aunque el entorno le era familiar, venía de una ciudad muy grande a un pueblo tan pequeño”. Ella sonríe. Se adaptó pronto. Viaja cada día a Pamplona y crían a las niñas con ayuda de sus padres, que ahora viven en Sangüesa, y con la de Nati Aristu, la madre de Jesús. De 83 años y ojos despiertos como los de un colegial, vive sola en casa de la Orden. Sus otros dos hijos residen en Sangüesa y Pamplona y ella entiende que están más tranquilos porque tiene cerca a la familia de Jesús. La abuela ha estado cada día con Irune y Paula. “Me quieren mucho. A veces les grito, eh”, se emociona, y con ella Irune. No hacen falta palabras para describir los lazos entre ellas. Y luego están los gatos, cinco ya, el último, Cecilio. “Aparecieron por aquí cuando nació Irune y ella ha seguido todos sus pasos”, desvela la abuela.

Irune asiente. Estudia como su hermana en la ikastola de Sangüesa, a 11 kilómetros de casa. Y dos tardes por semana va al conservatorio Pablo Sarasate de Pamplona, donde cursa primero de Acordeón. Está contenta. “Aunque viviera en un pueblo más grande las tardes también serían para estudiar, no saldría”, resuelve. Y para ensayar. Su padre también es aficionado a la música. Y su abuela. En Leache son pocos vecinos, pero nunca la falta la música. Paula, “feliz con su hermana”, toca la guitarra. A las clases de música suma el balonmano, la pintura y la danza. Siempre en Sangüesa.

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