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Navarros expatriados que regresan a casa con un contrato

El número de navarros que han hecho las maletas en busca de un futuro se ha duplicado desde 2009. Ahora viven fuera de la comunidad foral unos 31.000

Foto de Marta Úriz junto a Javier Hernández e Íñigo Esparza en el interior de un avión de Air Nostrum, en el aeropuerto de Noáin.

A la izquierda, Marta Úriz junto a Javier Hernández e Íñigo Esparza en el interior de un avión de Air Nostrum, en el aeropuerto de Noáin.

CORDOVILLA/GOÑI/CASO/BUXENS
Actualizada 30/06/2017 a las 10:11

El tribunal que juzgaba la tesis doctoral de Elisa Salas Cintora sobre “Mecanismos genéticos de activación de la vía de transducción de señal JAK2/STAT5 en neoplasias hematológicas”, dentro del campo de la bioquímica, no pudo ser más sincero. Pese a su brillantez, le aseguraron que sus más de ocho años de formación entre la carrera y el doctorado no darían los frutos deseados en el mercado laboral, al menos, en el de Navarra. Su marido, Javier Hernández Serrano (Pamplona, 27 de julio de 1983), ingeniero por la Universidad Pública de Navarra, y que asistía a la defensa de la tesis, no necesitó más argumentos para tomar una decisión. Ya empezaba a perder la paciencia buscando un empleo que nunca llegaba. Cada currículum que entregaba sin respuesta lo empujaba un paso más hacia la puerta de embarque de un aeropuerto. Era el año 2013 y palabras como crisis, estallido de la burbuja inmobiliaria, hipotecas ‘subprime’, paro, rescate bancario, prima de riesgo, desempleo o falta de confianza minaban a diario la moral colectiva. Este matrimonio pamplonés puso entonces su mirada en Bruselas, sede de un buen número de farmacéuticas para intentar labrarse un futuro laboral. De eso hace más de cuatro años.

Marta Úriz Bacaicoa (Pamplona, 14 de octubre de 1992), graduada en Administración y Dirección de Empresas por la UPNA y Máster en Sistemas integrados de Gestión de Calidad y Medio Ambiente, ni tan siquiera pensó en 2015 en buscar un trabajo cerca de su casa. “Fue una locura”, reconoce ahora. Invirtió todos sus ahorros, unos 5.000 euros, por mudarse a Dublín, y en un plazo de unos meses, mejorar su inglés y de este modo empezar a rodar su carrera profesional. El mismo destino eligió Íñigo Esparza Langarica (Pamplona, 3 de mayo de 1991), también graduado en Administración y Dirección de Empresas y Máster en Finanzas por Esic. Ellos son solo tres de los ejemplos de los jóvenes navarros que han tenido que hacer las maletas, dejar todo su mundo atrás para empezar de cero. Con una tasa de paro juvenil de casi el 50% la situación económica de España no les permitía soñar en ningún futuro. Ellos son el reflejo de toda una generación.

El número de navarros que se han marchado al extranjero se ha duplicado desde 2009, según revelan los datos del padrón de Población Española residente en el extranjero, cifra del Instituto Nacional de Estadística. Ahora mismo hay inscritos en ese padrón más de 31.500 navarros. En España, el número se sitúa a 1 de enero de 2017 en 2.406.611. Es una emigración sin precedentes desde los años sesenta.

La balanza entre los que se van y los que vienen aún está descompensada a favor de los primeros. Ahora, con la mejora de la coyuntura económica, algunos empiezan a regresar a sus raíces navarras. Y lo han hecho con un trabajo. Javier Hernández trabaja en Azkoyen, Marta Úriz en BSH Electrodomésticos e Íñigo Esparza, en Findus y dando clases en una academia sobre valoración de empresas e instrumentos y mercados financieros.

EMPEZAR DE CERO

La aventura europea de Íñigo Esparza comenzó en un albergue. Pasó la primera noche en Dublín sobre una litera. A su alrededor, una treintena de desconocidos que perseguían su mismo objetivo; lograr un empleo. Él ya sabía lo qué era trabajar. Después de cursar un máster en Esic, hizo prácticas en Liebherr firma dedicada a fabricar maquinaria de construcción. Además, llevaba la contabilidad del Club Deportivo Ardoi, de Zizur Mayor. “Para buscar trabajo sabía que lo primero que tenía que hacer era mejorar mi inglés. Estuve durante cuatro meses en un curso intensivo. Cuando me sentí preparado para un cara a cara, empecé a echar currículum”.

En apenas una semana le llamaron para una docena de entrevistas de trabajo, algo que jamás hubiera ocurrido en España. “Hay mucha más oferta, pero también la competencia es mucho mayor. Te pueden llamar, pero pasar a las fases finales es complicado”, señala. Finalmente, Esparza encontró un empleo en el departamento financiero de Hedge Serv, una multinacional dedicada a andamios.
 


Sobre el sueldo, todos coinciden en que los salarios europeos son mayores que los españoles: “En Europa se cobra más, pero te dan más responsabilidad. Si ocuparas el mismo puesto en Navarra, tu nómina sería mayor, pero ese puesto aquí no te lo dan. Ascender en la empresa no solo depende de tus méritos. Depende del tiempo que lleves y de otras cuestiones...”, relata Javier Hernández, que en Bruselas ocupaba el puesto de jefe de producto de una multinacional. “No tenía gente bajo mi mando pero sí que influía en una parte grande del negocio. Te pagan por los riesgos que asumen. Allí los asumía, tomaba decisiones que aquí jamás me hubiera tocado. En el día a día te encargabas de analizar asuntos financieros de los que en España, seguramente, no me hubiera tenido que ocupar. El déficit de profesionales cualificados en estos países europeos es muy alto. Enseguida te dan responsabilidad”.

La cualificación no sólo abre las puertas a un buen número de empleos en Europa. También a la posibilidad de progresar profesionalmente. Para Marta Úriz, que trabajó en el departamento de cobro a morosos de la firma Meridian Global Services, los nuevos profesionales son “semillas” en un campo de trabajo que es Europa. “Cuanto más lo amplías, más posibilidades tienes de crecer. Una vez que estás dispuesto a irte de casa, te da más o menos igual dónde vivir”.

Ese anhelo por progresar de los jóvenes que emprenden la diáspora hace que exista una gran rotación. “Las empresas quieren quedarse con talento. Allí asumen que te puedes ir. Aquí, en España, asumen que te vas a quedar. Asumen que cuando estás a disgusto o no te guste el trabajo, cambiarás de empleo. Allí no afecta que te vayas. Aquí es un drama. En cambio, allí te desean buena suerte. Es lo normal”, relata Javier Hernández.

APOSTAR POR EL TALENTO

En Dublín resulta más sencillo encontrar un empleo que un lugar donde vivir. “En los últimos años muchas multinacionales, como Google, han trasladado su sede a Dublín. Eso ha hecho que sea una ciudad aún mucho más multicultural donde encontrar piso sea una auténtica odisea. Para ver un apartamento podía haber tranquilamente 50 personas. Tuve suerte. En el primer piso que pude ver fui con el depósito. Era un estudio situado a más de una hora de autobús por el que pagaba 1.100 euros”, relata Úriz.

Ese mismo ambiente multicultural es el que se respiraba en Bruselas, sede de las instituciones europeas. “Bruselas es como un gran estación de tren. La gente viene y se va”.

Al igual que un pájaro desea volar o un estudiante espera las vacaciones, los protagonistas de este reportaje tenían en su mente volver a casa. “Cada vez que regresabas a Pamplona para ver a la familia sientes que tu regreso está más próximo. Te preguntas por qué te tienes que volver”, dice Javier Hernández.

La cadena que ataba a estos jóvenes profesionales a Bruselas o a Irlanda era un empleo. Su búsqueda de un trabajo en España era continua: “Las empresas no creen que vayas a cambiarte de país. Estábamos buscando trabajo en Madrid, Barcelona... A una empresa le dije que al día siguiente podía coger un vuelo y estar ahí, pero no se lo creían. Piensan que no te vas a mover. Prefieren contratar a alguien que tengan cerca”, considera Íñigo Esparza.

Las ofertas de trabajo en Navarra les llegaron gracias a la ayuda de Oniria Consulting, firma navarra especializada en la selección de personal que les asesoró y les puso en contacto con las compañías en las que ahora mismo trabajan. “Se agradece la apuesta que han hecho las empresas por nosotros. Entiendo que para ellas no es fácil. No puedes ir de un día para otro. Tienes que encontrar una casa, poner un baño donde poder ducharte, pasar la ITV de tu coche porque tu matrícula es belga...”, dice Javier Hernández. “Estoy encantado de volver a trabajar en Navarra”.

Cuando se les pregunta qué es lo que más les llamó la atención a su vuelta a Navarra, todos coinciden que todo seguía casi igual que cuando se marcharon. “Quizás lo que más me llamó la atención es cómo has cambiado interiormente. Aprendes a valorar todo aquello que dejas atrás, y sobre todo, la calidad de vida que tienes en Navarra”, dice Javier Hernández.

Todos ellos aún recuerdan cómo fue su regreso. Lo primero que hizo Íñigo Esparza fue abrazarse a su hermano mellizo; Javier Hernández, la mudanza para empezar a trabajar cuanto antes en Azkoyen, y Marta Úriz, fue con sus padres, Alicia y Ubaldo a comer el bar Río, de la calle San Nicolás, un frito de huevo.


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