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Un vecino de Pamplona recorre 1.000 km en Canadá venciendo al frío y a los lobos

José diego estébanez recorrió a pie 1.000 kilómetros del río yukón en la parte canadiense . Sus enemigos, temperaturas de -50º y lobos de descomunal tamaño que quisieron convertirlo en su presa

Foto de José Diego Estébanez en una foto que se hizo a sí mismo durante la travesía.

José Diego Estébanez en una foto que se hizo a sí mismo durante la travesía.

Actualizada 16/06/2017 a las 12:46

De nada le servía en aquel preciso instante a José Diego Estébanez (Santander, 7 de diciembre de 1966), afincado en Pamplona desde hace décadas, haber sido el primer hombre de todo el planeta en haber descendido el río Amazonas en kayak, haber pedaleado desde Moscú hasta Pekín atravesando el desierto del Gobi (Mongolia) o haber hollado el Mckinley, Aconcagua, Elbrus, Kilimanjaro o Everest, algunas de las cimas más altas del globo terráqueo. Nunca antes en las más de 30 expediciones que llevaba a sus espaldas por todo el mundo desde el año 1995 había visto la muerte tan de cerca.

Estaba solo. Incomunicado. Él era la presa. A casi -50 grados bajo cero, decidió apoyar su espalda contra una roca para evitar que le sorprendieran por su retaguardia. Despacio, vació sobre la nieve los 45 kilos que aún le quedaban de víveres en su trineo y lo uso como un improvisado burladero en el que intentar refugiarse de un ataque que parecía inminente. Con la otra mano que le quedaba libre cogió con fuerza sus dos bastones de travesía con la firme intención de utilizar su punta como cuchillos en el momento en el que aquellos dos lobos de descomunal tamaño decidieran abalanzarse contra él. Aún ni todo, sabía que apenas tendría opciones de salir victorioso de aquel encuentro con aquellas fieras de casi 70 kilos que caminaban de un lado a otro con su mirada fija en él, un extraño en el territorio del Yukón.

En realidad, los lobos lo tenían todo calculado. Durante varios días la manada, formada por unos ocho miembros, había seguido su huella y después, se había dividido. Tres fueron por la izquierda, otros tres, por su derecha, y otros dos, iban detrás. Le rodearían y le atacarían en una vaguada. O al menos ese es el pensamiento que machacaba y agobiaba a José Diego Estébanez desde que había visto aparecer a uno de ellos en el horizonte. “No podía correr, si lo hacía, despertaría su instinto depredador”, explica este aventurero de 51 años de edad, que conoce perfectamente la estrategia de caza de estos depredadores. Lo había aprendido en la decena de documentales que había visto. No tendría escapatoria. Parecía que su final estaba a punto de escribirse. Nadie sabría nada más de él.

Durante las más de tres horas que permaneció inmóvil, casi conteniendo la respiración, y con “la adrenalina disparada”, este Guardia Civil, miembro del Grupo de Rescate e Intervención en Montaña (Greim), acostumbrado a ser él el rescatador y no la víctima, tuvo tiempo para acordarse de aquella válvula del hornillo, que apenas costaba dos dólares, y que le obligó a que tuviera que abandonar hace dos años su primer intento de recorrer en solitario los 1.000 kilómetros que separan Whitehorse de Dawson, sobre el río Yukón, en Canadá.
También fueron a su mente las imágenes de las dos únicas personas con las que se había encontrando hasta entonces durante su aventura, dos cazadores que se desplazaban en moto de nieve y que le habían advertido del peligro.

-¿A dónde vas? -le preguntaron.
-A Dawson.
-¿Vas solo? -le interrogaron con incredulidad.
-Sí.
-¿Llevas armas?
-No...
-¿No te dan miedo los lobos de King Salomon Dome?
-Miedo, no...
-¿Cuántos años tienes?
- 51.
-¿Sabes que igual no cumples los 52? -le dijeron los dos cazadores pidiéndole los datos para avisar a la policía de que estaba de camino hacia Dawson.

“Nunca he despreciado el riesgo que supone la vida salvaje, siempre lo he tenido presente, pero también reconozco que suponía una especie de temor residual, un temor lejano”, señala José Diego. Hasta ese momento.

Este aventurero nato ya había tenido encontronazos con osos polares, serpientes en el Amazonas o linces. Pero jamás había sentido el miedo tan agarrado a sus entrañas como en ese momento. Y eso, sin contar que el día anterior tres lobos también le habían seguido y había vivido una escena parecida. Pero no llegaron a estar tan cerca de él como ahora, a tan solo un salto de distancia.

Y era una pena. Apenas le faltaban dos días para llegar a la civilización. Sin armas, ni teléfono satélite, José Diego Estébanez buscaba saber que es capaz de salir por sí mismo de todas las situaciones. Esta es la historia de José Diego Estébanez, un aventurero.
Vivir en un congelador
La primera vez que este aventurero visitó los territorios de Yukón, justo en la frontera entre Canadá y Alaska fue en 2004, durante una expedición en bicicleta. “Fue pedaleando a las orillas del río cuando se me ocurrió la idea. Se puede decir que siento auténtica pasión por estos territorios”.

En 2015 intentó por primera vez completar esta expedición, pero la avería en una válvula que impedía que su hornillo funcionara, y por lo tanto, que no pudiera calentar nada, hizo que desistiera.

Para preparar este segundo intento este agente del Greim llevaba en su pulka-así se llama el trineo que le sirve para transportar todo el material-una mayor cantidad de repuestos. Cuando la vida transcurre bajo temperaturas extremas cualquier detalle, por mínimo que sea, cuenta. “El saco, por ejemplo, es de fibra sintética. Uno de plumas abrigaría más, pero con el calor que emana el cuerpo mientras duermes, se humedecería y acabaría por no abrigar”.

El frío fue un auténtico ‘lobo’ para él. “Cuesta explicar qué se siente a -500. Una vez, durante un curso, un alumno me dijo que cuando él trabajaba en el equivalente al Mercairuña de Barcelona, el congelador estaba a -200 y que apenas podía aguantar con ropa térmica más de cinco minutos. De hecho, todo lo que había planificado no me sirvió de nada. Pensaba completar los 1.000 kilómetros en unas tres semanas: levantarme al amanecer, parar a comer y disfrutar del paisaje, un entorno natural donde la vida se desarrolla al margen del hombre, y seguir caminando hasta la puesta de sol. El frío hizo que quisiera terminar cuanto antes”, relata.

Así, durante jornadas maratonianas recorría más de 50 kilómetros antes de montar la tienda de campaña. “Puede parecer que llegas a la tienda de campaña y sientes confort, pero no es así. No te puedes quitar el frío de encima. Lo que hacía era cambiarme de ropa. Para secarla, la metía conmigo en el saco. Fuera o en el interior de la tienda se congelaría. Yo era el tendedero ”, cuenta entre risas.

La única población por la que atravesó fue Carmaks. “Ese día pude dormir caliente. Tuvo un doble efecto. Por una parte me recuperé, pero por otra parte, con el cuerpo ya habituado a sufrir las inclemencias del tiempo, me costó mucho continuar. Continuamente pensaba en darme media vuelta y acabar. Haber dejado atrás la comodidad me hizo luchar contra la idea de darme la vuelta y no continuar. Hubo que sacar ánimos de hasta la suela de las botas para no hacerlo... Aunque solo fuese para no tener que volver al año próximo para acabar. Por orgullo, por amor propio, y por cabezonería, seguí”, relata.

ÉL, SU ÚNICA COMPAÑÍA

Con sus pensamientos como únicos compañeros de viaje, las jornadas fueron pasando. “Era una lucha continua contra tus propios pensamientos. Estar tantos días solo, tantas horas al día caminando y con su única compañía...Al final discutes con ellos. Continuaban los días y los kilómetros. Cada vez te sientes más en el papel, pero también se hace cada mañana más duro salir del saco y ponerte la ropa helada del día anterior; cada vez tardas más en entrar en calor, porque cada vez te encuentras más al norte y más cae la temperatura”, escribe en su blog.

Pese a todo, José Diego Estébanez piensa que tuvo mucha suerte. Argumenta que casi las tres cuartas de su ruta pudo seguir las huellas abiertas por motos de nieve. “Facilitaba muchísimo el avance, no solo en velocidad si no en desgaste físico. Hubo una nevada que cubrió todo de nieve. La estampa era realmente bella pero me costaba esfuerzo avanzar en la nieve abriendo huella”.

Pero si algo mereció la pena durante su expedición fueron las auroras boreales: “Hicieron que la travesía mereciera la pena. El espectáculo que supone verlas, la grandiosidad de esos espectros en el cielo que hace que te sientas una parte insignificante en este universo”.
El final de la pesadilla.
 



Su aventura, que completó en las dos primeras semanas de febrero de este año, estuvo a punto de tener un final dramático al adentrarse en King Salomon Dome, un inhóspito territorio dominado por el frío y en el que el hombre es un animal más. Los lobos convirtieron los tres últimos días en una auténtica pesadilla.

Después de verse rodeado por una manada y ver sus intenciones para cazarlo, se guareció entre su pulka y una roca. “Permanecí quieto tres horas y media. Durante ese tiempo no pude dejar de pensar. Los lobos se fueron, pero no paraba de oír ruidos. Me los imaginaba encima de mí a punto de saltar. Después, cuando ya caía la noche, momento en el que los lobos no cazan, decidí seguir. Con la noche encima seguí caminando otras cinco horas hasta aproximadamente las diez de la noche. Monté la tienda y cené con un nerviosismo constante y latente que me obligaba a estar mirando hacia atrás y en todas direcciones constantemente. ¿Y si me atacan? ¿Y si estos lobos son la excepción que cazan de noche? Mi cabeza no dejaba de pensar en lo peor. En aquella situación de estrés no podía meterme en el saco de dormir. Si durante la noche decidieran atacarme, dentro del saco eres un cero a la izquierda. Me cubrí con él. Con esas temperaturas, alrededor de -450 , echarse el saco por encima era como rezarle al dios de la naturaleza para que saliera el sol. Me helaba de frío, los pies eran trozos de hielo y el cuerpo no era capaz de calentarse por muchas capas de ropa que tuviera puestas. No llevaría dos horas metido en la tienda cuando decidí levantarme y ponerme a caminar para llegar en ese mismo día a Dawson. Me quedaban unos 90 kilómetros. Después de 12 horas, exhausto y hambriento, llegué a la civilización”.

Cuando se le pregunta qué sintió en ese momento, José Diego Estébanez responde “alivio”. “Se me unió a la sensación de alivio, de haber finalizado, de haber podido luchar contra mí mismo y poder tachar esto de la lista de tareas pendientes...Tuve un final feliz, una sensación de dejar escapar el miedo pasado y un sentimiento de calidez a pesar de la temperatura. Estaba vivo”.


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