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LA SEMANA NAVARRA

Los últimos inquilinos del palacio de Subiza

A Celia Frutos, cuando vivía en Subiza, le llamaban ‘La Palaciana’. Con ella y con su hija Elena Izu recorremos hoy algunos rincones de este concejo de la cuenca de Pamplona

Celia, con su hija Elena, en Subiza. Al fondo, el palacio.

Celia, con su hija Elena, en Subiza. Al fondo, el palacio.

JOSÉ A. PERALES
28/05/2017 a las 06:00
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  • José A. Perales

Lo primero que llama la atención del visitante al llegar al concejo de Subiza, en la cendea de Galar, es el imponente palacio dieciochesco que preside la calle Mayor.

“Nosotras vivimos aquí desde 1965 hasta 1981”, dice Celia Frutos. “En principio, íbamos a vivir en el barrio de la Milagrosa, pero mientras nos hacían el piso, el padre de mi marido nos ofreció venir al palacio de Subiza”.

Según dice, el suegro de Celia, José Izu Balmori, era un tratante de ganado de Biurrun, que había adquirido el palacio en los años sesenta a cambio de unas deudas contraídas con él por los anteriores inquilinos. Fue al poco tiempo cuando ofreció a su hijo Jesús llevar las 550 robadas de tierra y de huerta del palacio.

CUATRO PLANTAS

Esta señorial edificación fue construida en 1764 por encargo de Pedro Fermín Goyeneche, un burgués ilustrado de origen pamplonés y raíces baztanesas. Antes sin embargo hubo en el mismo solar otro palacio, perteneciente a la familia de los Rada, que se encontraba en ruinas, por lo que se decidió tirarlo y construir uno nuevo.

En aquella época era habitual que algunos nobles de rancio abolengo y menguados recursos se casaran con personas adineradas para mantener su preeminencia. Este pudo ser el caso de Joaquín de Rada y Mutiloa, heredero del mayorazgo de Subiza, quien casó con María Josefa, la nieta de don Pedro Fermín en abril de 1763.

Cuando Celia Frutos y su familia se instalaron aquí, casi dos siglos después, el interior del palacio estaba todavía en buen uso. Faltaban, eso sí, algunas comodidades de la vida moderna, como la calefacción, el teléfono, etc... Pero estaba la cubierta intacta, con sus dos veletas, y las dependencias conservaban parte de su antiguo esplendor.

“Nosotros nos instalamos en la segunda planta”, añade Celia. “En la primera, había una cocina enorme y un salón que llegaron a utilizar alguna vez en fiestas los vecinos del pueblo. En la ultima planta había también unas estancias donde tendíamos la ropa, y luego teníamos un palomar en una de las torres. En la planta baja, guardábamos el cereal y una carroza antigua que compramos”.

“Ah, y en la tercera estaban también las cárceles”, añade Elena. “Así llamábamos a unas dependencias que había allí. En el pueblo nos contaron que en este lugar había muerto una persona. Qué miedo nos daba”.

AÑOS FELICES

Celia Frutos y su marido, Jesús Izu, llegaron al pueblo con su hija Carmina, y en los siguientes años nacieron aquí Elena y Gonzalo. “Vinimos un poco a contracorriente, porque entonces la gente joven de Subiza como nosotros, se marchaban a Pamplona a estudiar o a vivir, y en el pueblo sólo quedaban los padres. Y sin embargo, fue una de las etapas más bonitas de nuestra vida. De hecho, vinimos para dos años, y nos quedamos dieciséis”.

Vivir en un palacio dieciochesco con cuatro plantas y dos torres, en un pueblo de menos de doscientos habitantes, fue una experiencia extraordinaria. Mientras Jesús, el marido, trabaja en el campo, Celia se ocupaba de mantener en orden la casa-palacio. “Algunas noches, me acostaba a las dos de la mañana, después de estar pintando las escaleras con almazarrón, para levantarme a las siete a llevar a los chicos al colegio”.

“Mi madre lo tenía todo impecable”, recuerda Elena. “A veces, venía gente de paso y llamaban al timbre: ¿puede enseñarnos el palacio? Pues hala, bajaba, y allí estaba ella enseñando su carroza, que la tenía preciosa, como el resto del palacio”. Lo que menos le gustaba a Celia de Subiza era la climatología. “En este pueblo, hace mucho frío. Además aquí, si no sopla el cierzo, sopla el Carrascal (bochorno). No me extraña que funcionen tan bien los molinos del Perdón”.

DESPEDIDA Y CIERRE

Celia Frutos y su familia se marcharon del palacio de Subiza en 1981. Según dice, al morir el abuelo y propietario, José Izu, el palacio lo heredaron varios hermanos de su marido.Y aunque intentaron una permuta, el acuerdo no resultaba sencillo. Además, los hijos empezaban sus estudios en la universidad, y era más cómodo para ellos vivir en Esquíroz o en Pamplona que seguir en Subiza.

“Nos fuimos con mucha pena, la verdad, porque mis hijos estaban muy ligados al pueblo y nosotros teníamos muchos amigos en Subiza”, añade Celia.

El palacio lo compró al final un médico homeópata llamado Santiago Bilbao Arrola. En Subiza comentaban que trajo unos muebles muy bonitos y algunos proyectos interesantes. Pero Santiago Bilbao falleció en 2010, y la desidia y el abandono se apoderaron del edificio.

Según dice el alcalde de la cendea de Galar, Cecilio Lusarreta, hace seis años, tras comprobar que amenazaba ruina, el ayuntamiento decidió arreglar la cubierta por su cuenta, con la intención de recuperar la inversión, si el palacio se vende. Hoy, gracias a este arreglo, el noble edificio mantiene intacta su prestancia, mientras espera un destino acorde con la calidad artística y con la importancia histórica que sin duda tiene.

GUÍA PRÁCTICA
 

CÓMO LLEGAR:

El pueblo de Subiza se encuentra en la cendea de Galar, a 13 kilómetros de Pamplona. Para llegar hasta allí desde la capital, podemos coger la AP-15 hasta Noáin y luego continuar por la carretera 121 hasta Beriáin. Tras atravesar el pueblo, tomaremos a la izquierda la carretera NA-6009 hasta Subiza. También se puede ir por la carretera de Esquíroz, hasta Salinas, Beriáin y Subiza.

QUÉ HACER:

Aunque el palacio no se puede ver por dentro, se pueden admirar desde fuera los detalles de esta hermosa construcción de planta cuadrada, y cuatro alturas en las torres (tres en el resto de la construcción). Destacan por su belleza el portalón adintelado, con dos columnas de orden toscano, y el escudo, así como la abundancia de balcones.

No dejar de visitar la parroquia de San Juan, y la curiosa placita que hay delante de la misma, dedicada al Molinero de Subiza. Desde el palacio, se puede pasear por el camino de la fuente, hasta las ruinas del antiguo molino, y subir desde aquí hasta la chabola de piedra que cubre el manantial de Subiza, situado en la parte alta del pueblo. Durante mas de dos siglos, de aquí se abastecía de agua a la ciudad de Pamplona.

El pueblo tiene además dos interesantes ermitas: la de San Cristóbal y la de la Virgen Blanca. Ambas ofrecen buenas vistas de la Cuenca de Pamplona.

DÓNDE COMER Y DORMIR:

En Subiza, hay una casa rural. Para comer, sin salir de la cendea de Galar, encontramos el asador Pozo de Beriáin y el asador Maya, de Esquíroz. Consultar las diferentes opciones en la siguiente página web: www.cendeadegalar.es

PARA SABER MÁS:

Andueza Unanua, Pilar ( 2003): El palacio de Subiza. Un palacio baztanés en la cuenca de Pamplona, en revista Príncipe de Viana, año nº64, 228, pp.59-90.


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